Me encontrarán danzando y sirviendo

“Sucedió que cuando el arca del Señor entraba a la ciudad de David, Mical, hija de Saúl, miró desde la ventana y vio al rey David saltando y danzando delante del Señor y lo menospreció en su corazón” (2 Sam 6,16)

Saltando al sol

Christina Moreira, presbítera trabaja por su comunidad como el que sirve
Christina Moreira ARCWP sostiene la pancarta de Mujeres Sacerdotes en una Manifestación en Roma. Foto. Evangelizadoras de los Apóstoles

En una entrevista reciente en alandar me expresaba bajo mi “nombre de catacumba”, Luz Galilea. Muchas personas se debieron preguntar quién era y por qué no “daba la cara”. A las pocas semanas aparecía en público con mi verdadero nombre en los medios y en San Pedro del Vaticano, en la Misa del Jubileo de los Sacerdotes. La entrevista salió justo después del tránsito; no dio tiempo a modificarla, pues ya estaba en imprenta.

Formo parte de la Asociación de Presbíteras Católicas ARCWP, cuyo fin es ordenar diaconisas, presbíteras y obispas católicas dentro del rito y la tradición romana. Esto conlleva un quehacer práctico y teológico por renovar los ministerios y la eclesiología; adelantamos evoluciones que nuestra querida pero anciana y lenta Iglesia irá haciendo tal vez, pero a nosotras se nos antojan urgentes.

Algunas mujeres, a pesar de poseer una vocación probada, no pueden o no quieren salir de inmediato a la luz. Ejercen su ministerio en sus comunidades pero no publican su nuevo estado. Las razones son muy diversas, desde la protección del empleo -a menudo ellas o sus familiares trabajan en la institución católica- hasta la protección de la privacidad.

En mi caso, se trató sobre todo -pero no solo- de comenzar con una vivencia más interior, volcada hacia la espiritualidad, un tiempo en calma para asimilar la nueva situación y hacerse a todo lo que implica en la vida personal y espiritual, para ir viendo cómo se va implantando el trabajo pastoral, para seguir aprendiendo y rezando. Yo identifiqué esta etapa de mi ministerio -más de dos años- como el trabajo de la levadura en la masa, inspirada en las visiones del Reino creadas por Jesús (Lc 13, 18-21): sus años de silencio y preparación antes de manifestarse plenamente para los baños de masas, las maldiciones, la enseñanza, los milagros, las risas y los llantos, la obediencia total al Padre y la cruz.

Quien dice sombra fresca y protectora sabe que, a ratos, serán tinieblas propicias a las habladurías, los juicios sin defensa, las fantasías y toda clase de maldades. Nada es completamente secreto y los esbirros de la oscuridad no descansan.

Acepté la sombra y la necesité. Mi nombre de “catacumba” fue programa de vida y misión. Viendo una fotografía del mar de Galilea me impactó la luz del paisaje, de ahí Luz Galilea, la que dejó el Maestro tras su paso. Todo tiene su momento y el cómputo del tiempo providencial tiene su propio compás. Los acontecimientos fueron dictando las etapas y, a la par, iba aclarándose en mí la necesidad de hacerme visible: la luz no se hizo para esconderla. La tarea de anunciar el Evangelio y acompañar a las comunidades, compartir a tiempo completo la vida y el amor necesita amplitud de horizonte. Un recurso -eso es lo que soy- ha de estar disponible. En la homilía de mi ordenación, mi obispa, Bridget Mary Meehan, evocaba el trabajo de la partera, que presencia el alumbramiento de la bendita ruah. Llegó la hora del parto y salió a la luz la criatura. El sol me dio en la cara y puedo afirmar que, si bien agradezco el tiempo de la sombra protectora, no volvería a ella por nada del mundo.

Chritina Moreira, sacerdote y mujer. continúa llevando a cabo su labor cada día
La mujer sacerdote a la que entrevistamos en el número de junio de alandar es Christina Moreira. Foto. Evangelizadoras de los Apóstoles

Hoy, como David, bailo al sol, ante las miradas de incomprensión, las perplejidades, las preguntas juiciosas o impertinentes que jamás harían a un varón. Bailo al sol como la Magdalena a la vuelta de las lágrimas y del consuelo, en bolero de resurrección. Bailo y existo, creo mi espacio, silabeo mi partitura y descubro la gran orquesta que me acoge y me enseña: las comunidades y los grupos maltratados, los y las excluidas de la institución.  No sabía cómo sería. Ni culpa, ni inhibición. Me poseyó una firme conciencia de dignidad absoluta, de bendición sin condiciones, la certeza de estar en mi centro y acompañada. Y, como mujer y humana hija de Dios, veo que las ropas me sientan bien, que las luzco con honra y me identifico con el servicio que predican.

 La Comisión vaticana

Ante el anuncio de la creación de una Comisión encargada de elucidar el papel de las hipotéticas diaconisas, se me ocurrían unas cuantas reflexiones:

Si lo que encuentran, como la comisión de 1975, es que no solo hubo diaconisas sino que también hubo presbíteras, ¿qué harán? La negativa milenaria parece bien anclada en las mentes.

Si deciden que no, que las mujeres -como sugieren algunos biblistas- ocupaban un papel de diaconía “distinto” del de los varones, dedicadas solo a asistir a mujeres, por ejemplo en bautizos de mujeres, para velar por su decoro y para atender la caridad (¡solo esto debería merecer un sacramento magno!), ¿inventarían entonces una suerte de misión laica con esas especificidades? Eso ya existe, incluso hay órdenes femeninas: las Diaconisas de Kaiserswerth. Punto muerto.

Postulo una tercera vía, escuchar la voz del Espíritu en las historias de vocaciones -muchas también en catacumba- y en la voz de las comunidades. Estoy dispuesta a contar mi vocación a quien la quiera oír, a compartir los frutos de mi ministerio en las comunidades. Ya tenemos una experiencia valiosa que aportar de cómo hacer y ser Iglesia, poner la mesa con amor y belleza, asegurarse de que nadie resulte excluido y que a nadie le falte de nada. Acogida gratuita y sin condiciones, solo por obediencia al Señor. ¿No es este el empeño del papa Francisco? En la plaza de San Pedro esto fue lo que entendí.

¿Por qué no imaginar que el Espíritu Santo está llamando hoy a mujeres como desde hace siglos? ¿Con qué derecho le diremos al Espíritu dónde ha de soplar? Teresa de Lisieux -un ejemplo entre mil- se alegraba de morir con 24 años porque no tendría que vivir toda su vida con el sufrimiento de no poder cumplir su vocación sacerdotal. ¿Cuántas murieron como ella? ¿Cuántas comunidades y personas fueron privadas de pan y palabra, de consuelo y evangelización porque ellas no ocuparon los puestos a los que fueron llamadas? ¿A qué esperamos para oír a quienes llama el Señor, que es también el Señor del Derecho Canónico?

De modo que en lugar de menosprecio, como Mical, podríamos encontrarnos con respeto y prestarnos unos oídos atentos y amorosos, por una vez, por el amor de Dios… Por el Reino y por la gente que nos necesita. Aquí estaré, me encontrarán trabajando, obedeciendo, sirviendo y danzando.

Más información: https://lashomiliasdeluz.wordpress.com

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