Una Iglesia diferente

La Iglesia tendrá que seguir transformándose, seguir siendo una institución en movimiento.

Desde su modesta atalaya, hoy digital, esta revista ha sido testigo de la evolución que vive la Iglesia católica, una de las mayores es sus casi dos milenios de vida. En los últimos 40 años, se han sucedido cambios notables tanto en la doctrina como en el liderazgo -con una inédita renuncia papal incluida-, el funcionamiento interno, la relación con las nuevas realidades sociales y políticas o la adaptación a las nuevas tecnologías.

La globalización ha tenido un impacto profundo en la Iglesia católica. A medida que las fronteras entre culturas y naciones se han difuminado, ha tenido que enfrentarse a la diversidad cultural dentro de su propio seno. La expansión del catolicismo en África, Asia y América Latina ha resaltado la necesidad de adaptar las prácticas litúrgicas y pastorales a contextos culturales diferentes, sin perder la unidad doctrinal.

También ha tenido que afrontar los desafíos que plantea la secularización creciente en Europa y América del Norte. El declive en la asistencia, la disminución de vocaciones sacerdotales y religiosas y la progresiva indiferencia hacia la religión la han obligado a reconsiderar su papel en estas sociedades y buscar nuevas formas de evangelización.

Aunque el Concilio Vaticano II, el gran acontecimiento eclesial de los últimos tiempos, ocurrió dos décadas antes, Alandar llegó al mundo en plena aplicación de sus efectos: cambios litúrgicos, colegialidad episcopal, ecumenismo, apertura al mundo… O, por mejor decir, cuando se estaban poniendo en cuestión algunas de estas aplicaciones. 

Cambio de rumbo

En 1983, Juan Pablo II llevaba cinco años en el solio pontificio. Su elección supuso un cambio claro de orientación. Al poco de llegar al Vaticano, puso en marcha su proyecto de “nueva evangelización”, que tenía un objetivo doble: por un lado, restaurar la fuerza de una Iglesia que consideraba debilitada por las derivas del Concilio acabando con todo lo que “oliera” a marxismo y, por otro, reforzar la presencia católica en una sociedad cada vez más secularizada.

A su juicio, se había llegado demasiado lejos en la interpretación que anunciaba el Concilio, aprovechando el mar de dudas que fue Pablo VI en sus últimos años. Y no tardó en tomar medidas que marcaron el resto de su pontificado, apoyado en el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, que sería su sucesor: condena de la Teología de la Liberación en Puebla (1979); intervención de la Compañía de Jesús y destitución de su prepósito general, Pedro Arrupe (1980); procesos contra teólogos como Hans Küng (1979) o Leonardo Boff (1984); llamadas de atención a los episcopados considerados “más avanzados”, como la admonición a los obispos holandeses en 1980, etc.

El papa puso su proyecto en manos de los que hoy se conocen como “nuevos movimientos eclesiales”, entonces de reciente creación: Opus Dei, Camino Neocatecumenal, Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación. Con líderes carismáticos, conservadores, eminentemente laicales y espiritualistas, y una fidelidad absoluta al pontífice, estos movimientos le apoyaron en su firme defensa de las “verdades fundamentales” de doctrina tradicional de la Iglesia frente al relativismo ambiental, especialmente en temas como la moral sexual, el papel de la familia o la oposición al aborto.

Al mismo tiempo, promocionó la justicia social frente a los abusos del capitalismo, la dignidad de la persona y los derechos humanos en encíclicas como Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis o Centesimus annus y el diálogo ecuménico e interreligioso, tanto en encuentros con otros líderes religiosos como en eventos como la Jornada Mundial de la Paz que reunió en su primera convocatoria en Asís, en 1986, a representantes de 47 tradiciones religiosas del mundo. Fue el primer papa en visitar una sinagoga y una mezquita, gestos simbólicos que marcaron un cambio en la actitud de la Iglesia hacia otras religiones.

Juan Pablo II lanzó otras iniciativas que aún se mantienen en vigor, como la Jornada Mundial de la Juventud o el Catecismo de la Iglesia Católica, e instauró nuevos hábitos papales en consonancia con los tiempos: los viajes alrededor del mundo, los multitudinarios baños de masas o la fuerte presencia mediática que se han mantenido con sus sucesores.

No debería sorprender que el primero de ellos, Benedicto XVI, habiendo trabajado estrechamente durante 24 años con Juan Pablo II, mantuviera la misma visión eclesial. Su labor al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe le valieron las etiquetas de “guardián del dogma”, rígido o intelectual reaccionario.

En parte fue así. Abrió las puertas de la Iglesia a lefebvristas y anglicanos descontentos con la apertura de la Iglesia anglicana a mujeres y homosexuales, eliminó las restricciones para celebrar la misa tradicional en latín, recuperó antiguas normas litúrgicas en desuso, luchó por reforzar la identidad católica frente a secularización y el “relativismo moral”, y se enredó en polémicas teológicas ajenas, como el lugar de la razón en el islam.

Pero también abrió el camino para Francisco en temas como los abusos sexuales en la Iglesia -ocultados largo tiempo por su predecesor y él mismo- o el intento de limpiar las cloacas vaticanas que, a la postre, provocaron su renuncia en 2013. Por este acto, que cambió la percepción del liderazgo en la Iglesia, será posiblemente por lo único que pasará a la historia su pontificado.

Del rigor a la misericordia

Con la elección del primer papa hispanoamericano, la Iglesia comenzó, paulatinamente, un nuevo rumbo, que se ha acelerado tras la muerte de Benedicto XVI. Francisco ha promovido una visión más pastoral y menos dogmática del catolicismo, poniendo el énfasis en la misericordia por encima del rigorismo legalista y en la necesidad de una mayor inclusión, como los casos de los divorciados o las parejas homosexuales.

Del mismo modo, atento al mundo que le rodea, ha puesto el foco en la ecología, abogando por un enfoque integral que vincule la justicia social con la protección del medio ambiente, en el apoyo a la inmigración y otros sectores marginados, en la dimensión social de la economía, en el diálogo con otras religiones y, en los últimos tiempos, en la inutilidad de la violencia y las guerras.

En el plano interno, además de la reforma financiera y de gobierno de la curia vaticana, ha centrado sus esfuerzos en la lucha contra los abusos sexuales, con resultados variables. Pese a la admisión de los errores del pasado, el reconocimiento y la reparación de las víctimas, la implantación de reformas de prevención y la tolerancia cero impuestas por Roma, la respuesta de algunas iglesias locales sigue siendo más que insuficiente. Este escándalo -no cabe hablar sólo de crisis-, que ha afectado gravemente la credibilidad y la confianza en la Iglesia en muchas partes de mundo, tendrá repercusiones que aún están por ver.

La colegialidad es el otro eje de la reforma intraeclesial de Francisco. Desde su llegada, el papa ha buscado una mayor participación de todos los miembros de la Iglesia en la toma de decisiones. Esta tendencia pretende culminar con el Sínodo de la Sinodalidad, evento único de consulta a todo el pueblo de Dios que finalizará este año.

Pero tal vez el movimiento más original y trascendente del pontificado de Francisco, abundando en la descentralización, es la apertura a las periferias globales. Lo ha demostrado con la elección de cardenales africanos o asiáticos, incluso de lugares donde los católicos son minoritarios como Brunei o Mongolia. Lo ha demostrado con sus viajes, hasta el punto de que el diario francés La Croix lo ha calificado como “el papa del Sur global” tras su reciente periplo por Oceanía y el sudeste de Asia.

Frente a la creciente secularización de Occidente -sobre todo, Europa y América del Norte, el número de católicos crece significativamente en África, Asia y América Latina. Es lógico, pues, que haya una influencia igualmente creciente de estas regiones en las decisiones globales de la Iglesia. Es aquí, además, y no sólo por su población, donde se juega la inculturación y el futuro del cristianismo.

En conclusión, durante estos 40 años de vida de Alandar, la Iglesia ha procurado seguir, entre resistencias y escándalos, la indicación del Concilio de estar atenta a los signos de los tiempos, intentando ajustar su misión espiritual a las realidades de una sociedad globalizada y tecnológica. Dan fe de ello los esfuerzos por renovar sus estructuras y dialogar con el mundo contemporáneo. 

Los próximos años serán, al menos, tan agitados como estas cuatro décadas pasadas. El terremoto “tranquilo” que está suponiendo Francisco está levantando ampollas en algunos sectores y dirigentes eclesiásticos, lo que hace temer, no ya resistencias internas, sino incluso “pequeños cismas”. Y los desafíos del futuro inmediato no son moco de pavo: la secularización, el papel de la mujer, el sacerdocio, los dilemas que plantea la bioética (eutanasia incluida), la inteligencia artificial, las migraciones, la guerra…

Y la Iglesia tendrá que seguir transformándose, seguir siendo una institución en movimiento. Igual que Alandar no es la revista que surgió en octubre de 1983, la Iglesia de mañana será otra.

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