Cómo hemos cambiado

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Fotos. Txema Campillo y Monestir de Les Avellanes.Hace tres años la Pascua nos interpeló. En esta revista respondimos a preguntas nacidas de las entrañas, preguntas que verbalizaron nuestros bucles, nuestros vicios. Preguntas que nos dieron energía para apuntar hacia nuestros sueños.

Un poco más viejos y después de cargar de nuevo la cruz, caminar por el desierto y renacer, hoy retomamos esos interrogantes para hacer balance y medir el pulso al corazón. La Pascua un día después, sin conservantes ni colorantes, nos impacta de lleno y nos remueve.

¿Y qué debo hacer de ahora en adelante? ¿A qué estoy llamado? Tengo más claros algunos de mis dones y muchas de mis limitaciones. Tengo claro un camino que quiero hacer en pareja, aunque me seduce la opción comunitaria. Laboralmente me surgen incógnitas cada día que pasa, la vida en la oficina me desatina y, de la misma manera que un día salgo sonriendo, otro (muchos menos, afortunadamente), salgo rebotado y preguntándome si no soy un peón al servicio del sinsentido del afán de lucro de los cuatro accionistas. Ignoro si estoy llamado por alguien de arriba, solamente sé algunos gritos que quise inmortalizar ese 9 de abril de 2012: «Lee. Educa. Comunica. Escribe. Ama. Sé transparente. Piénsate dos y tres veces las críticas y las malas palabras pero sé el más irreflexivo posible a la hora de sonreír, agradecer y compartir».

¿Por qué piense lo que piense, me plantee lo que me plantee, acabo decidiendo a partir de la agenda? Porque no soy valiente. Porque tres años después he cambiado algunas malas costumbres, pero las costras continúan lastrando. No sé decir que no y vivo en modo multitasking. He concluido que casi todo lo que hago me hace feliz, pero muchas de las personas con las que comparto tiempo y energía agradecerían que les dedicara más tiempo. Ese es mi gran reto.

Pareja, amigos, vocación, trabajo, diversión, gimnasio, lectura, voluntariados, distracciones, dinero, niños, familia… La vida son caminos, ¿qué tengo que escoger? He superado tentaciones y he rechazado algunos caminos. Otros todavía perduran, otros morirán conmigo. A medida que pasa el tiempo invierto mis horas en lo importante
Fotos. Txema Campillo y Monestir de Les Avellanes.
¿A partir de qué motivaciones escojo los caminos? ¿Soy lo suficientemente valiente para escoger? ¿Es la agenda, la carrera, quien me ha elegido los últimos caminos? El sábado me perdí en dos ocasiones. En las dos tuve la oportunidad de volver hacia atrás porque tenía la certeza de saber dónde me había desviado. En ninguno de los dos casos lo hice. Me demostré a mí mismo una dependencia extremada de las decisiones que he tomado en el pasado. Me cuesta «volver a empezar» y siempre intento corregir el rumbo sobre la marcha. A veces, como en la montaña, se puede. En otras situaciones, en la vida, no.

Cuando tenga que escoger entre un sueldo o una vocación, entre un empleo remunerado y la llamada interior, entre el bienestar material y la buena conciencia… ¿qué escogeré? De momento, la duda persiste. Un ejemplo: si hay una huelga general cada mes, ¿estaré dispuesto a hacerla y perder el dinero que toca perder? No lo tengo nada claro.

¿De qué nos sirve esta Pascua? ¿Nos cambia el día a día o somos todos unos acomodados que preferimos construir nuestra vivencia espiritual de cánticos, buena música y gran compañía mientras los auténticos radicales ya se están “pelando los cojones” trabajando por los pobres? Tengo claro que necesito «algún contexto especial» para despertarme. Su compañía, el entorno de la naturaleza virgen, el Evangelio, la intimidad con mi pareja, la música sugerente de Pascua, el alcohol. Me cuesta hacer silencio. Me cuesta desconectar y despresurizar en el día a día. Vivo encorsetado en las agujas del reloj.

¿Qué hice en el campo de trabajo en Paraguay? ¿Me liberé de algo? ¿Un gran viaje implica un gran viaje interior? Fue una decisión fantástica de la que todavía noto las consecuencias. Estaba en el momento idóneo para tal experiencia vital, bagaje intelectual y madurez psicológica. Ahora viviría un campo de trabajo diferente, pero no más idóneo.

¿Siento no tener el valor de colaborar con las comunidades de base o me tranquiliza la conciencia de saber que tengo poco que ofrecerles? ¿Los envidio o los admiro? ¿Me atreveré algún día a hacer una opción como la suya? ¿Hasta qué punto dependo de que mi grupo me acompañe para optar por una vida comunitaria? ¿Renunciaría de verdad a la aprobación familiar, el bienestar material y la comodidad de una vida en pareja/en soledad para arriesgarme a vivir en comunidad? ¿Qué es lo que me ha seducido siempre de esta opción? Ahora tengo más claro que nunca que mi opción es la vía en pareja. Comunitaria o no, se verá más adelante. Para mí sería un sueño hecho realidad, pero el principal, hoy, es la vida en pareja, no como opción excluyente hacia nada ni nadie, sino como entrega absoluta hacia la pareja y a un proyecto común.
Fotos. Txema Campillo y Monestir de Les Avellanes.
Algunas personas cristianas se llenan la boca de tantas cosas… ¿Estamos acomodados en la retórica? ¿He vivido alguna experiencia de fe de verdad? La pregunta todavía resuena dentro de mí. Creo que con los años he apreciado aún más a la gente de acción, los silenciosos, los obreros del Reino. La experiencia de fe es el poso del vino cuando envejece, es aquel sabor de madera, contundente, vivo en cada trago, pero no es imprescindible ni necesario «para que el vino sea vino». Pero a cambio, cuando le doy vueltas, veo que el Evangelio me queda muy lejano, que el mensaje de acción es, todavía, utópico, porque ni mi tiempo ni mis energías están 100% orientadas a él. No es para martirizarse, solo es para constatarlo. No me tortura pensarlo, sería estúpido y me conduciría a la depresión, pero pienso que merece la pena repetírmelo para no acomodarme: «tío» -me digo a veces-«¿cuánto tiempo pasas entrenándote o consumiendo fútbol? ¿Cuánto tiempo pasas preparando actividades para los chavales del esplai? «.

¿Es mi tarea con la asociación juvenil menos importante que la que podría hacer con niños del cuarto mundo? Sí y no. Sí porque, necesidad por necesidad, en Barcelona tenemos colectivos con carencias materiales más importantes. Y ni entro a hablar de educación, familias… Pero no porque los chavales tienen vidas igual de importantes: como monitor con chicas y chicos generacionalmente cercanos puedo ser sal en el agua, como dice el Evangelio. Puedo darle un sabor diferente al agua y me hace feliz hacerlo.
Fotos. Txema Campillo y Monestir de Les Avellanes.
¿Cuántos buenos propósitos, cuántos sueños, cuántas opciones, cuánta felicidad estoy aplazando hoy? ¿Mi día a día es una sucesión presidencial de diálogos, experiencias y gestos superficiales o tienen algún tipo de profundidad para mí?

¿Exijo a los otros (gobierno, grandes corporaciones, tu jefe, la Iglesia, tu pareja…) cosas que no me exijo a mí mismo?

¿A qué espero para resolver los conflictos pendientes con los demás?

¿Qué significa «déjalo todo y sígueme»? ¿He pensado en hacerlo? ¿A qué tengo miedo para no hacerlo?

¿Qué papel ocupan la prostituta y el extranjero en mi vida? ¿Cómo los trato?

¿Miro detrás de la americana-corbata o el chándal o la «chupa» gastada y rota cuando hablo con las personas?

La Pascua nos inspira, multiplica las preguntas a los habitantes de la duda. Un año más siguen ausentándose respuestas pero el camino del interrogante se revela apasionante. Pascua 2013, 2014, 2050… serán oportunidades para mirar hacia atrás, hacia adelante, sonreír y ver cómo hemos cambiado.

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