¿Qué es la sociedad potstsecular?

Muchos analistas parecen coincidir en que en las sociedades occidentales se está inaugurando una nueva relación entre la sociedad y las comunidades religiosas. Superado el laicismo radial —que todavía existe— y los fundamentalismos religiosos —que aún perduran— parece inaugurase lo que se ha llamado una sociedad postsecular.

Ernst Wolfgang Böckenforde, fallecido hace dos años, era un prestigioso profesor y abogado alemán. En 1967 escribió en uno de sus trabajos una frase que se hizo célebre. 

Se conoce como el diktum de Böckenfrde y dice así: “El Estado laico liberal vive en premisas que no puede garantizar por sí mismo… Por un lado, solo puede subsistir si la libertad que consiente a sus ciudadanos está regulada desde dentro, desde la sustancia moral de cada individuo y desde la homogeneidad de la sociedad. Por otro lado, no es capaz de garantizar esas fuerzas internas de regulación por sí mismo, es decir, con los medios de la coacción jurídica y del mandato autoritario sin renunciar a su liberalismo y volviendo a caer en una exigencia totalitaria”.

Foto: Carlos Barberá

Pasados los siglos XIX y XX, los siglos de la ciencia y de la democracia, se echa de ver que, según la sentencia anterior, en el Estado liberal anida una contradicción básica. Vivimos en sociedades basadas en los viejos principios de la libertad, la igualdad y la fraternidad pero el mercado que todo lo regula se opone directamente a ellos. En su versión norteamericana, por ejemplo, al  individuo se le propone: tienes muchas oportunidades para triunfar. Aprovéchalas. Si no lo haces y caes en la pobreza es culpa tuya. Es sólo tu problema.

Es decir, se proclama por una parte la igualdad como idea rectora y se organiza todo para que se produzca la desigualdad. Porque en definitiva, como se ha dicho, los individuos suelen ejercer no las virtudes públicas sino los vicios privados.

La crisis económica de 2008 pudo haber sido una ocasión favorable para volcarse en beneficio de los más afectados, de los más vulnerables. Fue todo lo contrario. En España el número de pobres creció considerablemente y el de millonarios aumentó un 24 por ciento.

Foto: Carlos Barberá

Y eso ocurre mientras se mantiene todavía la Declaración de derechos humanos, porque hay autores que piensan que hay que abolirla. En su libro Sapiens, del que ha vendido 15 millones de ejemplares, Yuval Noah Hariri rebate la Declaración de Independencia de Estados Unidos: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Hariri sostiene que, puesto que Dios no existe, los hombres han sido creados por una evolución que no tiende a la igualdad sino a la diversidad. Por tanto no hay más derecho que el de la búsqueda del placer.

En un mundo informatizado y globalizado, en que la economía domina sobre la política, se constata que la gran utopía de la Ilustración no ha cumplido sus objetivos. Incluso si pensamos únicamente en Occidente, podemos decir que la libertad se ha conseguido a medias,  la igualdad en escasa medida y la fraternidad se traduce únicamente  en pequeñas acciones. Es que la sociedad carece de medios para animarlos a menos que ocurra como en la parodia humorística de Fraga: a quien no quiera ser libre, le obligaremos a ser libre.

Pero cambiemos la perspectiva. En 2012 se publica en España un pequeño libro titulado Biografía del silencio. Su autor es un sacerdote madrileño  que vende más de 150.000 ejemplares y lo ve traducido a siete idiomas. Es un signo — entre otros muchos — de que algo nuevo esta pasando en el campo del catolicismo y de la religión en general. Un aspecto antes prácticamente desdeñado, el del silencio, salta de repente al primer plano. Aparece a la vez y se hace común en muchos ámbitos luna palabra: espiritualidad. Religiosa o laica, cristiana o budista, con unas u otras raíces es la animadora de muchos gripos de meditación, contemplativos, de silencio. 

La reflexión sobre estos y otros acontecimientos llevó en 2001 al filósofo alemán Jürgen Habermas  a definir a la sociedad occidental como sociedad postsecular.

En sus primeras obras Habermas sostenía que la religión no es ya capaz de aglutinar a las sociedades occidentales. No puede ya cumplir un papel que ha ejercido durante siglos. La razón va creciendo a expensas de la religión, de tal modo que el final de ésta es sólo cuestión de tiempo. El futuro será sin duda ateo.

Foto: Carlos Barberá

 Años después cambia sin embargo de postura. En una conferencia titulada Saber y creer define la nueva sociedad como postsecular porque cuenta con la pervivencia y la influencia de las comunidades religiosas.

Ciertamente, no todos están de acuerdo con esta forma de pensar. Por ejemplo, el filósofo italiano Paolo Flores D’Arcais condena — en sus 13 Tesis sobre Jürgen Habermas — que desde hace algunos años aquel pretende lo que llama “la cuadratura de un círculo”: mantener fijos los principios de la democracia liberal apelando a la neutralidad del Estado respecto a creencias, ideologías y visiones del mundo y al mismo tiempo, reconocer como legitimas las razones religiosas y considerarlas útiles para la convivencia de la democracia liberal.

Pero Habermas sigue manteniendo que la sociedad liberal puede destruirse porque “pierde la conciencia de una solidaridad herida en todo el mundo, de lo que clama al cielo”. La democracia liberal corre el peligro de convertirse en un mero modus vivendi donde los individuos se relacionan entre sí por motivos estrictamente egoístas. De ahí la importancia de dar cabida a la fe en el escenario político. Son necesarios los contenidos motivacionales que aporta la religión. Aunque siempre teniendo en cuenta que fe y razón han de hacer una reflexión “de los límites tanto de la fe como del saber”. En caso contrario ser´n inevitables los conflictos.

Pensando en nuestro país, quiero sostener que,  para que se cumpla esa situación de sociedad postsecular es necesario por una parte que el ateismo que parece aumentar renuncie a considerarse autosuficiente y renuncie a ser   agresivo y excluyente a la vez que las comunidades religiosas se limiten a aportar a la sociedad algo que es suyo y que puede enriquecerla: fraternidad y trascendencia. O dicho de otro modo: acción y espiritualidad. Y nada más.  Pero nada menos.

Carlos F. Barberá
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