Javier Iguíñiz: «Identificar estrategias de salida creativas, pensadas para Latinoamérica y desde Latinoamérica»

Entrevistamos al economista e investigado español —afincado en perú desde su infancia— Javier Iguíñiz, responsable del Task Force COVID-19 Latinoamérica, proyecto creado por el Papa Francisco como respuesta a la pandemia. 

Prof. Javier Iguíñiz, responsable del Task Force COVID-19 Latinoamérica.

Es uno de los grupos que son parte de la Comisión Vaticana COVID-19 del Dicasterio de Desarrollo Humano Integral del Vaticano. Esta comisión tiene como objetivo contribuir, durante la pandemia y con posterioridad a ella, a la preparación de un futuro mejor para el mundo y especialmente los más pobres y vulnerables. Tal objetivo se busca a través del trabajo de múltiples Task Forces, abocados al estudio de temas específicos (ej. salud, seguridad, trabajo) o el diagnóstico de ciertas regiones (ej. Asia del Este). El Task Force COVID-19 Latinoamérica, en este caso, se aboca al análisis de los desafíos estructurales que se evidencian en la región a la luz de la pandemia, así como de la elaboración de soluciones integrales y creativas, con sensibilidad para con los más vulnerables y excluidos aun antes de ella.

Enfrentar de maneras creativas y sistémicas las privaciones en la vida de las personas que surgen por la COVID-19 y los problemas que comúnmente se asocian a una pandemia como esta. Las preocupaciones papales más generales se expresan bien en sus documentos principales. Laudato Sì y Fratelli Tutti están entre ellos. Reunir en un solo planteamiento, la dimensión social y natural de la vida humana en el planeta, destacar el alcance universal de la práctica de la caridad cristiana, recordar la importancia de la dimensión íntima de las personas en los asuntos públicos son algunas de las expresiones de una preocupación humanista integral por los más desfavorecidos. Los destinatarios privilegiados de la preocupación son claros, las causas de esas situaciones inhumanas son complejas y obligan a ver, juzgar y actuar en distintos planos simultánea e interactivamente.

Aún nos encontramos en la fase de diagnóstico, pero como Task Force tenemos propuesto una serie de productos: una serie de policy briefs que sinteticen iniciativas y evidencias sobre las estrategias empleadas frente a las crisis de seguridad alimentaria, trabajo y salud en la región; un conjunto de podcasts basados en el diálogo con diversos especialistas para temas de seguridad alimentaria, trabajo y salud en contexto del COVID-19; un curso sobre desarrollo humano integral subvencionado para jóvenes profesionales; y un libro sobre desarrollo humano integral en América Latina. Esperamos que con estos esfuerzos logremos atender el pedido de identificar estrategias de salida creativas, pensadas para Latinoamérica y desde Latinoamérica.

Es nuestra preocupación, además, que las estrategias identificadas logren capturar la particularidad de la región en sus propuestas, para lo que estamos consultando con diversos profesionales vinculados al desarrollo que nos ayuden a rescatar el diferencial de América Latina con relación a otras regiones.

El pedido que me hizo el Dicasterio de asumir la responsabilidad del Task Force Latinoamérica lo concretamos de una manera institucionalizada en la que el Instituto de Desarrollo Humano de América Latina (IDHAL-PUCP) del cual soy director ejecutivo tomara a su cargo la responsabilidad, obviamente junto a las actividades estrictamente académicas que tiene como toda instancia de investigación universitaria. El Instituto goza de autonomía en esa tarea y, a la vez, es sensible a la inspiración cristiana y pluralista que preside la universidad.  

Se trata de un esfuerzo por elaborar propuestas para asociar entre sí distintos campos de acción dado el carácter complejo del problema. Entre ellos, destacan las cuestiones de salud, pero también otros muy asociados de hecho como el de alimentación y trabajo. Los gobiernos están al tanto de muchas recomendaciones para atacar causas, procedimientos en curso y efectos. Muchas personas y organizaciones políticas y académicas están acercándose a ellos con propuestas interesantes, aunque no siempre desinteresadas. 

En América Latina tenemos la posibilidad de contribuir a la potenciación de la fragmentada y debilitada sociedad civil para que se haga oír en las esferas de los gobiernos y las empresas. Una Iglesia más autónoma que en el pasado facilita avances en esa tarea. Movilizaciones sociales, como las de Chile o Colombia, campañas electorales en búsqueda del voto ciudadano, son factores que influyen en las decisiones de los gobiernos y desde la Iglesia se puede enriquecer la dimensión integral de las demandas sociales. No deberíamos acabar este periodo pandémico sin un buen sistema de salud pública universal, sin un sistema educativo accesible para todos, sin alguna protección contra el desamparo.

La integralidad a la que te refieres recoge la antigua preocupación de la enseñanza social católica por la situación y el destino de todo el ser humano y de todos y todas sin excepción. La dimensión espiritual, la propia del amor desinteresado y generoso es, obviamente, parte de esa integralidad. En el enfrentamiento al COVID-19 hay que tomar en cuenta que la pandemia añade dificultades a las que muchos latinoamericanos ya tenían y que esos problemas son multidimensionales y, además acumulativos haciéndolos más difíciles de erradicar y con mayor necesidad de soluciones sistémicas y sistemáticas. Por lo primero deben apuntar a aspectos de fondo del orden social, como la capacidad de excluir impunemente a personas, familias y grupos más amplios de la plena membresía en la sociedad, y por lo segundo a la persistencia de los esfuerzos multidimensionales necesarios. La Fratelli Tutti es un llamado poderoso a ello. Los mensajes que inspiran a los Task Force acentúan la aspiración a un no retorno al orden injusto vigente.  

La pandemia ha destacado un rasgo sistémico fundamental de la realidad de los latinoamericanos: la precariedad de sus vidas y la indefensión en la que se encuentran ante los embates de las desgracias que asolan el continente como son los terremotos, las avalanchas, y otros factores de desastre, pero también por la exclusión sistémica de quienes no están protegidos por los sistemas de seguridad social, por una legislación acorde con la dignidad humana. El desamparo y descarte de los débiles, por ejemplo, en la competencia económica es un rasgo que se considera necesario para mantener el orden social en nuestros países. América Latina vive ese individualismo extremo como si no existiera; tiene un déficit de sinceridad y de verdad encubiertos por una alta dosis de hipocresía. Los cristianos y la Iglesia no estamos a la altura que esos retos exigen.

Creo que más de ambos. Hay infinidad de testimonios de lo primero que nos animan, pero también de desinterés por los demás, al momento de decidir vacunarse, por ejemplo. América Latina no es un ejemplo de justicia distributiva; no sé si aprobaríamos un test de cristianismo. Además, los intereses corporativos excluyentes son muy poderosos y se manifiestan en la lucha contra la COVID-19. Igualmente, y con efectos mortales, se observan acendrados egoísmos en las relaciones humanas de cada país marcadas por la discriminación racial, de género, territoriales, en fin… Confiamos en que lo traumático de la experiencia nos lleve a impulsar cambios que desde el interior de las personas y desde las instituciones amplíen el reconocimiento y la valoración social de comportamientos como el del samaritano. 

Muy honrado y con la abrumadora responsabilidad de escuchar a la diversidad de habitantes del subcontinente, sin dejar de lado a los más insignificantes para la sociedad. Siempre es materia de satisfacción ser parte de las iniciativas pastorales de instancias tan interesantes como el Dicasterio de Desarrollo Humano Integral.

Mi papel no proviene ni de un pedido personalizado del papa Francisco a quien admiro y considero fundamental para la urgente e imprescindible renovación de la Iglesia Católica. Tampoco, supongo, de un deseo del Dicasterio de convocar a algún grupo particular de la Iglesia. Creo que soy, espero ser, parte de una amplia y diversa gama de personas de buena voluntad que, sabiéndolo o no, quieren colaborar a su manera a hacer más presente la justicia y la caridad en el mundo, y encuentran que la Iglesia, a pesar de sus clamorosas infidelidades, sigue siendo útil para tal fin. En lo personal, dejarse guiar por el Evangelio, seguir el camino propuesto por Jesucristo es el desafío al que hay que responder, asintóticamente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *