Suicidio: cuando la vida colapsa bajo un peso infinito

El pasado día 10 de septiembre fue el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, un tema del que apenas se habla, del que se ocultan las cifras para evitar —así se dice— el «contagio». Y sin embargo es una realidad presente, que a veces afecta dolorosamente a familiares o a amigos. Merece la pena reflexionar sobre ello.

«A veces, no vale con quitarse de en medio, cerrar los ojos o fingir indiferencia. Hay momentos que la vida te mira de frente, te agarra de las solapas y ya no puedes huir sin dar una respuesta.

A veces, no vale con tu vida ordenada, con tu familia y amigos cerca, con haber firmado un armisticio contra tus guerras interiores.

A veces, o das una respuesta o estás clínicamente muerto, aunque tu encefalograma aún oscile.

A veces, lo esporádico, que va cristalizando poco a poco, se desploma bajo un alud de materia inimaginablemente densa.

Y, entonces, ya no hay ‘a veces’ porque la vida colapsa bajo un peso infinito. Y, a partir de aquí, ya no pasa nada, nunca más pasará nada. La vida, en ese momento, atraviesa un mundo que ya no es el tuyo: Lo que la vida es ya no puedes percibirlo. Estás fuera”.

Foto: Ulrike Mai / Pixabay

Hasta aquí, una nota más de suicidio.

Las notas de suicidio, incluso las que no se escriben, son literatura que vive matando. Matan nuestro mundo, matan la sociedad donde se gestan, se desarrollan, se culminan.

Muere el suicida, sí, pero como un hongo nuclear se lleva en círculos concéntricos a todos los seres vivos: desde los más cercanos hasta la Humanidad completa, amputada por la pérdida colosal del más anónimo, quizás, de sus integrantes.

Es, dicen algunos, una pandemia vieja, resistente, sin vacunas o con vacunas muy poco eficientes. Otros, que debería llamarse postpandemia, porque viene detrás y se lleva la debilidad extrema de muchos y muchas supervivientes. Otros, que ha de permanecer en secreto y ser sufrida en la soledad de los primeros círculos. Para evitar el efecto contagio, dicen…

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2019), el 79% de los suicidios se registraron en los países de ingresos bajos y medianos, pero la tasa más elevada (de 11,5 por 100 000 habitantes) correspondió a los países de ingresos altos, en los que, además, se suicidan casi tres veces más varones que mujeres, frente a los países de ingresos bajos y medianos, en los que la tasa está más igualada. Que el suicidio es la segunda causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años, después de los accidentes de tráfico y que, en adolescentes de 15 a 19 años, el suicidio es la segunda causa de muerte entre las niñas y la tercera entre los niños. Eso dicen…

No muchos países tienen planes decididos de prevención, pero entre estos, las intervenciones que han resultado ser más eficaces en su reducción son la restricción del acceso a los medios de suicidio; la sensibilización de los medios de comunicación para que informen sobre los suicidios de forma responsable; la puesta en marcha entre los jóvenes de programas de aptitudes para la vida que les permitan hacer frente a las dificultades cotidianas; y la detección temprana, gestión y seguimiento de las personas en riesgo de suicidio. También eso dicen…

Los primeros párrafos de este artículo presentan una nota inventada de suicidio, una abatida metáfora de una realidad que se lleva una persona cada 40 segundos en el mundo, según el dato escalofriante de la OMS. Es también un grito de dolor, una llamada más de alarma, una humilde petición de ayuda.

Dicen… pero mucho más y mejor tendremos que decir y, sobre todo, tendremos que hacer.

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