¿Fiarse de alguien?

Recuerdo que Bernardino M. Hernando, antiguo director de Vida Nueva y colaborador muchos años de Alandar, solía decir: “es mejor no conocer a mucha gente, no porque no merezcan la pena, sino porque, cuando los conoces, son bien diferentes a la imagen que dan”.

Para celebrar mi 70 cumpleaños invité a una cena a un grupo de amigos. Al final fue inevitable hacer una pequeña prédica, que terminó con estas palabras: “A esta altura de mi vida, mi filosofía es que no te puedes fiar de nadie. Y vosotros sois de los que menos no me fío”.

Ahora, dieciséis años más tarde, vuelvo a reafirmarme en mi convicción, que de cuando en cuando recibe un  nuevo argumento a favor. Por ejemplo, la pandemia ha convertido a personas que uno tenía por sensatas y modosas en enviadoras compulsivas de whatsapps. Una de ellas, creyente y de talante conservador, me envía uno en el que se denuncia que Pablo Iglesias ha abandonado a su mujer y sus hijos y vive con Lilith Verstrynge en un piso del barrio de Salamanca. Cualquiera puede sospechar que se trata de lo que efectivamente es: de una fake news, como ahora se dice, de un bulo. 

Pero hace unos meses, en la misma línea, un religioso me había enviado otro whatsapp destapando que el mismo Pablo Iglesias —se conoce que no es muy querido en algunos ambientes— se había comprado un Porsche último modelo. Naturalmente —como cualquiera sospecharía, menos el remitente— se trataba de otro bulo.

Uno se pregunta: ¿cómo es posible que personas que pretenden guardar los Mandamientos y, por tanto, no quieren levantar falsos testimonios ni mentir, siembren calumnias sin el menor escrúpulo?

Otra amiga, excelente persona, discreta en tiempos normales, me envía un día sí y otro también proclamas independentistas y republicanas sabiendo que yo no soy ni lo uno ni lo otro y que eran temas de los que, por un acuerdo tácito, no tratábamos. Era una persona formada, amable y generosa, al parecer hasta que se muta en transmisora de whatsapps.

No quiero entrar en el terreno de los políticos porque, a mi modo de ver, la política obliga a decir hoy lo contrario de lo dicho ayer. Son gajes del arte de lo posible, como se ha definido a la política. Sí quiero, en cambio, traer el caso de Jordi Pujol. En septiembre de 1984, Camilo José Cela publicó una larga entrevista con el entonces president. A la pregunta de si el poder corrompe Pujol respondía que sí pero añadía: Soy un hombre ortodoxamente católico, como todo el mundo sabe, y creo en los diez mandamientos”. Nadie sospechaba que la Cataluña del España nos roba cobijaba en su interior alguien que contradecía sus honestas proclamas.

Otro caso: con motivo del escándalo de las fundaciones del Arzobispado de Madrid y de los manejos de una persona para vender inmuebles caros desalojando a los vecinos, escribí, pidiéndole explicaciones, a un eclesiástico que había estado presente en el proceso. Me contestó con una carta autógrafa asegurando que él siempre había querido seguir a Jesucristo. ¿Podrá uno fiarse de alguien que espiritualiza los asuntos mundanos y evita de este modo rendir cuentas de su actuación o en su caso confesar sus errores?

Claro está que alguien pensará que, puestos a desconfiar, también hay que hacerlo de uno mismo. Sin duda, sin duda alguna.

Acudiendo a referencias bíblicas hay que recordar que Jesús no se fiaba de sus conciudadanos (Juan 2, 24) ni tampoco —y con razón— de sus discípulos, pero el hecho es que dio la vida por ellos. Creo recordar que nos invitó a hacer lo mismo.

Carlos F. Barberá
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