Y, ahora, la paz

Ya lo dijo, hace unas semanas, Gregorio Morán en La Vanguardia: la ofensiva de Israel contra Gaza tenía fecha de caducidad desde el principio: el 20 de enero, esto es, la toma de posesión de Barak Obama como presidente de EEUU. Y, tal como se esperaba, la guerra se ha parado. Pero, ¿hay motivo para la alegría, tras un diluvio de fuego que ha causado casi 1.300 muertos? Saludemos, en cualquier caso, este frágil retorno a la paz. O, al menos, al silencio de las armas.

Si algo ha demostrado el ataque israelí, en lo que a nosotros nos ocupa, es que las religiones directamente concernidas –judaísmo e islam- han sabido evitar su implicación, con la excepción de algunos actos vandálicos antisemitas y las declaraciones extremistas de costumbre. Pero, sin duda, el fundamentalismo ha salido ganando. Hamas sale debilitada militarmente del conflicto, pero los islamistas han quedado confirmados como los principales actores de la causa palestina frente a los moderados de la Autoridad Palestina. En el mismo sentido, la división de la Liga Árabe y su rechazo al plan de paz saudí relanzado en 2007 muestran una radicalización general del mundo árabe.

En tiempo de guerra, las religiones poco pueden hacer. Bastante han tenido con canalizar la rabia de unos y otros. “Tenemos la responsabilidad de evitar la confesionalización del conflicto. Se trata de un problema político que tiene que encontrar soluciones políticas”, se apresuró a decir el imán Larbi Kechat, uno de los dirigentes de la Conferencia Mundial de las Religiones por la Paz, que lanzó un mensaje de cordura.

Pero, con el alto el fuego, llega su hora. Lo urgente, ahora, es construir una paz duradera. Y aquí está todo por hacer, y las religiones dispuestas a colaborar. O, al menos, algunos líderes religiosos. En un comunicado conjunto, que recoge el diario La Croix, el teólogo musulmán Bjelloul Seddiki y el rabino hebreo Isaac Bernheim, copresidentes de la Amistad Judeo-Musulmana, abogan por ello. Me permito citar los párrafos más significativos:

“Es evidente que los judíos y los musulmanes no tienen las mismas afinidades en este conflicto (…). Sin embargo, consideramos que, más allá de las opiniones, es deber de todos elevarse a otro nivel y trabajar para instaurar la coexistencia, el reconocimiento mutuo, el respeto y la dignidad de unos y otros”.

“Hay que respaldar todas las iniciativas de paz y de negociación. No somos nosotros, religiosos, quienes tenemos que crear las condiciones de la paz, pero sí las condiciones espirituales y psicológicas para que se prefiera la negociación al lenguaje de la violencia. Cualesquiera que sean nuestras simpatías, debemos trabajar para construir el mañana, en lugar de levantar un dedo acusador o llamar a la aniquilación del enemigo”.

Hay que decir que ya hay, en ambos lados, gente trabajando en ello. En Israel, un grupo de intelectuales judíos han manifestado, con un valor ejemplar y frente a toda la presión social, su rechazo a la estrategia de destrucción masiva seguida por su Gobierno. Lo hacen “en nombre de la Torah y de la democracia”. Saben que la primera no autoriza la venganza ciega ni las respuestas desproporcionadas: nadie puede justificar seriamente que por un ojo sean los dos ojos, por un diente, la mandíbula y por un hombre, toda la tribu… Y dan cuenta claramente que el ideal de la segunda es trágicamente desvirtuado y profanado por los castigos colectivos.

En el lado palestino también hay quienes –muy pocos, es cierto, y generalmente silenciados- creen que una lucha determinada pero no violenta sería mucho más eficaz, capaz de desarmar al mayor de los ejércitos con su presión moral. Y siguiendo, además, el mandato coránico de “no tocar ni un pelo a un judío”. Sobre estas bases habrá que empezar.

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