Modelos de unidad

El anuncio de “la vuelta al seno materno de la Iglesia católica” de un buen número de anglicanos –varias decenas de obispos, centenares de sacerdotes, cientos de miles de laicos-, aunque esperado desde hace tiempo, resulta sorprendente. Por el momento elegido, que rompe con los hábitos de la comunicación vaticana; por su contenido: la creación de una estructura inédita, concebida para la ocasión; y, sobre todo, por su contexto: el del diálogo entre Roma y los lefrevristas, por un lado, y el del ecumenismo, por otro.

Las negociaciones para adhesión de los cristianos que conforman la Comunión Tradicionalista Anglicana vienen de lejos (y, por eso, han molestado lo justo en Canterbury). Concretamente, desde que, en 1992, el sínodo general de la Iglesia de Inglaterra admitiera la ordenación de mujeres. Este acuerdo movió a un grupo inicial de sacerdotes anglicanos -que luego fue creciendo con el acceso de las mujeres al episcopado y la aprobación de ministros homosexuales- a solicitar el ingreso en la iglesia católica. Diecisiete años después, todo estaba listo, pero se suponía que se haría público el próximo mes de marzo, cuando –se supone también- se beatificará por fin al polémico cardenal Newman.

¿A qué viene, entonces, el anuncio vaticano, si ni siquiera está aún preparada la constitución apostólica que regulará la incorporación de estos anglicanos tradicionalistas al catolicismo? Pues según algunos blogs ingleses bien informados, esta repentina información sobre lo que ocurrirá dentro de unos meses se debe al inminente inicio de las programadas discusiones doctrinales entre Roma y los integristas lefevrianos: una manera de mostrar que es posible volver a la plena comunión con el papa sin renegar de la tradición propia, con la única condición de firmar el catecismo de la Iglesia católica.

Porque las modalidades de la incorporación de estos grupos anglicanos son, cuando menos, originales: circunscripciones eclesiásticas creadas ad hoc para ellos, donde permanecerán intactos su patrimonio espiritual, litúrgico y canónico (incluidos los sacerdotes casados), pero en total fidelidad con el papa. Dicho de otro modo, una especie de ordinariatos uniatas, como los que existen para las Iglesias orientales armenia, copta, etc: es decir, el reconocimiento de una iglesia de rito no romano, pero unida a Roma.

Esto, que parece una solución sensata, saca a la luz las contradicciones romanas y, sobre todo, deja muy en el aire si de verdad el ecumenismo tiene sentido para el Vaticano. La propia Iglesia católica ha considerado desfasado durante años este modelo uniata, que rechaza la autonomía de las iglesias frente al “ministerio de Pedro”. Pero en cuanto aparece una avalancha de adhesiones, Roma se apresura a crear una jurisdicción extraordinaria para ellos. ¿La unidad de todos los cristianos exige el retorno a Roma de las Iglesias hermanas “separadas”? ¿Está interesado realmente el papa en la unidad de los cristianos o su verdadera obsesión es que todos reconozcan su autoridad, empezando por los lefevristas a los que tanto quiere?

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