¿Hay que contarlo todo?

Federico Lombardi¿Hay que contarlo todo? se preguntaba esta semana en una entrevista el jesuita Federico Lombardi, portavoz del papa, sobre la actuación del Vaticano en la polémica sobre el levantamiento de la excomunión a los obispos lefebvristas. ¿Debe prestarse la iglesia –insistía- a la regla de transparencia ante la opinión pública, a pesar de la complejidad que suponen la religión y la fe?

Responder parece, ciertamente, difícil. Sin embargo, la tardía reacción vaticana ha dejado claro que la crisis hubiera sido mucho menos crisis con un poquito más de transparencia en la toma –y, sobre todo, en la explicación- de las decisiones.

Otro caso reciente: los legionarios de Cristo, que acaban de descubrir –como el resto del mundo- las mentiras y la vida oculta de su fundador. Sí, se puede alegar que nadie, salvo de ellos mismos, dudaba a estas alturas de que había algo oscuro en el asunto Maciel, tras la sangrante desautorización que supusieron su destitución y posterior apartamiento, ordenados por el papa en 2006… Pero, ¿no hubiera sido mejor, de ese mismo momento, exponer en la plaza pública lo que algunos, en el Vaticano sabían y callaban, forzando así la congregación a llevar a cabo su propia operación de verdad y transparencia en vez de dejar creer en su interior esta malsana ambigüedad que amenaza hoy con hundir las vocaciones de buen número de jóvenes seminaristas o sacerdotes?

Y un último ejemplo: el superior de una orden religiosa le contó el mes pasado a un conocido mío –que luego me lo contó a su vez a mí- que la Congregación para la doctrina de la fe le ha pedido que sancione a un miembro de su orden, un teólogo “culpable de mantener tesis no ortodoxas”. El superior no pone en duda el derecho del Vaticano a recordar la doctrina. Pero, se pregunta, ¿por qué no hacerlo públicamente? ¿Por qué preferir el secreto a un debate teológico abierto a todos?

¿Hay que contarlo todo? ¿O tenemos mucho que ocultar? La iglesia, vieja institución donde las haya, ha cultivado el secreto durante largos siglos. Sin embargo, hoy reivindica el derecho de intervenir en el debate público, especialmente en casos que, a su juicio atañen a la moral: eutanasia, bioética, aborto, homosexualidad… El propio Benedicto reclama a los católicos que estén más presentes en la vida pública. Pero ya no es posible hablar desde lo alto de la cátedra. Para participar en el foro, hay que bajar a la arena de la opinión pública y asumir sus reglas. Con todos los riesgos –que tu opinión sea una más, que te puedan criticar, que te exijan explicaciones, etc.- que ello conlleva.

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