Por ser mujer en cualquier rincón del mundo

Al hilo de la actual situación de las mujeres en Afganistán, Charo Mármol reflexiona sobre otras esclavitudes que nos son más cercanas, como la de las mujeres del servicio doméstico en España.

Durante estos meses, y por distintos motivos, he pasado mucho tiempo en mi mecedora. He podido observar el mundo y han pasado muchas cosas. Ahora que remoto este espacio privilegiado en el que escribir y compartir lo que veo y pienso, me hubiera gustado escribir sobre vivencias positivas: igualdad, no violencia, equidad, sueños cumplidos … pero no, el mundo, a nivel global y el más cercano, me golpea con la cruda realidad que no cesa: la violencia contra las mujeres.

Estos días Afganistán ha saltado a las primeras páginas de los medios de comunicación. Era algo que quienes conocían la evolución y el pueblo afgano ya venían pronosticando, pero parece que a los gobernantes, a los nuestros y a los de otros países, esto les ha cogido por sorpresa.  Toda la población va a sufrir la injerencia y la violencia de un gobierno que condena y viola los derechos de quienes no piensan como ellos, pero principalmente esta violencia y violación la van a sufrir las mujeres.

Mujeres y niñas que han luchado por sus visibilidad y empoderamiento a lo largo de estos últimos veinte años y que ahora serán nuevamente invisibilizadas, forzadas al encarcelamiento, de sus casas y del burka, se verán obligadas a mirar el mundo el que ellos, todos varones, les dejen ver a través de esa tela tamizada. Estos días hemos visto las imágenes de la población de Afganistán invadiendo el aeropuerto de Kabul. Muchas de estas personas corren y se encaraman en el avión, ninguna mujer, a pesar de ser ellas las más vulnerables.

Foto: Maruf Rahman / Pixabay

Llevo ya muchos meses en el mediterráneo, en la playa. Un lugar donde muchos madrileños huyen de la capital y vienen a disfrutar de este mar. de su brisa, de sus gentes… Para mucha de la población autóctona estos meses y el trabajo que se genera, son los que les posibilita poder vivir medianamente bien a lo largo del año, cuando los veraneantes se van y la actividad queda muy reducida.

Principalmente ocurre en la hostelería, pero también se resienten las empleadas de hogar, las que atienden y ayudan en las labores domésticas a quienes vienen a descansar. Muchas de estas mujeres adquieren unas jornadas interminables, con distintos turnos en distintas casas.

Hace unos días estaba esperando a Nelly, la mujer que nos ayuda en las labores de la casa durante todo el año. Venía de trabajar en otra casa donde estaba una familia veraneando. Ella no llegó y en su lugar recibí una llamada que me dejó sumamente preocupada: “Hoy no puedo ir a tu casa. Me ha pasado una cosa y no me encuentro bien”, me dijo. Su voz sonaba apurada y nerviosa. La insté a que me contara que había pasado. Me dijo que lo haría personalmente, en ese momento no podía. Su hija también trabaja en la urbanización y le pregunté que le había pasado a su madre. La contestación fue igual: “Ella te lo contara”. También la noté apurada, triste, malhumorada…

Finalmente, a los dos días, pude hablar con Nelly, no personalmente porque no quiere volver por la urbanización sino que hablamos por teléfono. Y me contó lo que había pasado: La familia donde estaba limpiando: la madre, algunos de los hijos, el marido… se habían bajado a la playa. En la casa sólo había quedado un hijo, aproximadamente de 35 años. Mientras ella estaba en el salón, él desnudo y detrás de ella, se masturbaba. Lo pudo ver a través de los cristales que estaba limpiando. Consternada y asustada, sin saber qué hacer, se fue a la cocina, cambio de espacio, pero allí apareció nuevamente el individuo, desnudo y sin dejar de masturbarse. Entonces ella decidió marcharse y no volver más.

Habló con la madre y le contó lo que había pasado. Ella le pidió que guardara silencio. Lo ha hecho. Ha callado. Ha dejado el trabajo, el de esa casa y todos los que tenía —y eran varios— en la urbanización. No ha denunciado. Tiene miedo. Siempre será su palabra contra la del “señorito” y además no quiere perjudicar a su hija y a los trabajos que realiza en los mismos espacios. Esto sólo lo sé yo y me ha suplicado, por favor, que no lo diga a nadie. Ella ha perdido los trabajos. Ella tiene miedo. Ella pasó mucho miedo… Él queda impune, nadie lo sabe. ¿Sería la primera vez que lo hacía, que intimidaba y violentaba a una mujer? ¿Será la última que lo haga? Y yo recuerdo aquel eslogan de Manos Unidas: Tu silencio te hace cómplice. ¿Y si denuncio y perjudico aún más a esta mujer y a su hija que viven de su trabajo?

Y mientras tanto, me vienen imágenes de muchas mujeres: las afganas, las haitianas, las de mi Mediterráneo… siempre las más violentadas, siempre las más pobres, las más vulnerables… sólo por el hecho de ser mujer. Y esto en cualquier rincón del mundo.

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