Cuentan los sinópticos sobre un confinamiento de Jesús: después de ser bautizado, fue conducido al desierto por el Espíritu Santo, donde pasó 40 días y 40 noches sin comer para que el diablo le pusiera a prueba (cfr. Mateo 4,1-11) ¿No será esta experiencia del COVID19, también una prueba?

Día 15 ya de confinamiento desde que llegué a toda prisa del Vietnam. Nada especial que explicar de mi cotidianidad, similar a la de muchos: preocupación por mi pareja, familiares y amigos, paciencia, tranquilidad y nervios a momentos, e intentar pasar el tiempo de la mejor manera posible. Pero, ¿qué significa pasar el tiempo? ¿Mejor manera posible? No lo tengo claro del todo, pero estoy en ello.

Empecé el curso 2019/20 con un retiro espiritual de diez días en Manresa: el objetivo según el acompañante, poner orden en la propia vida y fijar las prioridades para vivir y amar en Jesucristo. De los primeros días rememoro expresiones como ir entrando, frenar la inercia, sentirse amado. De los siguientes, qué me ofrecen el Señor y el mal Espíritu y la respuesta desde mi libertad. Más adelante, una mirada compasiva al amplio mundo, al mal estructural y atenta a lo local y personal: tentaciones, hábitos, rutinas… como evitarlas o superarlas. Los días correspondientes a “la tercera semana” en la sesión de mes completo, se proponía la pasión de Cristo como espejo, el evangelio de Juan, más teológico y el de Lucas, más realista; asunción de la propia persona y realidad, y desde la esperanza, el por qué, el dolor, el abandono, las caídas, el esfuerzo, el amor… Y finalmente, se finaliza en tiempo de pascua, resurrección y liberación.

Y como si hubiera suspendido los ejercicios, me encuentro un tiempo de recuperaciones, reviviendo una sesión ampliada, confinado por ley en tiempo de cuaresma, con frenazo en seco. Solo, pero amado y amando desde la preocupación, en llamadas y vídeos. Tiempo y encuentro es lo que Dios me ofrece. Y del lado opuesto ruido, información y ansiedad, en forma de radio, televisión, ruedas de prensa, informativos, programas de entretenimiento con las últimas nuevas del personal sanitario, de emergencia, militar…; con la búsqueda del paciente cero, paseadores de perros de peluche, compradores por los espigones o familias camino de una segunda residencia y, todo ello, entre tandas de anuncios; los pasatiempos de los famosos, la rebaja de sueldo de los futbolistas, las previsiones de calendario de la selectividad o de los Juegos Olímpicos, poco me aportan en este momento, y menos, a darme paz y sosiego. Las series en Netflix me evaden a ratos, también las imágenes y vídeos que me llegan constante y repetidamente por whatsapp o los avisos infundados de un investigador amigo sobre el ibuprofeno. Responder con unas risas y reenviarlo a diestro y siniestro sin mensaje personalizado alguno, pareciendo no importarme cómo les va a mis destinatarios, me ocupa, también me preocupa, pero realmente, no me ayuda.

A mi retiro tampoco le aporta nada el saber de las luchas más o menos públicas entre políticos, los entresijos del mercado global, las centrales de compra, el funcionamiento de las impresoras 3D y respiradores o como bailar zumba para reducir la ansiedad y glotonería ante la nevera. Todo esto me recuerda la saturación informativa y participativa de muchos catalanes en otoño de 2017 ¿Realmente es esto lo que pide, lo que quiere mi libertad en este momento?

La visión del mundo en este momento me lo permiten la televisión y la red ¿Cómo de amplia es mi ventana? ¿Solo cinéfila o también comprometida? ¿Dónde me informo? ¿Qué doy por cierto? La visión del jardín desde la ventana me acerca a mí realidad. Mirarme dentro de mí es más difícil: miedos, amagos de tos, tensiones, pulsiones… ¿Por qué de todo esto? ¿Qué amaga el planeta? ¿Nos gana un pequeño virus? ¿Qué reacciones damos socialmente? ¿Y las mi Iglesia? ¿Qué puedo hacer? ¿Por qué unos caen y no otros? ¿Realmente es esto una guerra? ¿Quiero vivirla así? ¿Solo la unidad salva? ¿Qué unidad?  Y en Vietnam, Bangladesh, Paraguay o Tanzania, ¿Cómo están mis amigos? ¿Cómo lo llevan? ¿Cierran ya los comercios? ¿Qué normas imponen?

Y de mis personas conocidas, ¿cómo lo llevan? Algunas parecen encerradas en sí mismas sin responder a las llamadas; una me habla de su cura de humildad al tener que dejarse ayudar; otra lo difícil que es escuchar al anciano al teléfono llorando por su pensión; una más se pregunta por el más allá y la otra, se desvive entre ansiedad y positivismo, con el hijo que la absorbe. Cada uno lleva su cruz como le ha tocado, igual que hizo Jesús, y así revive la pasión. Demasiadas preguntas para tan pocas respuestas. Pero en la esperanza de la resurrección, leyendo que tras 40 días el diablo no encontró forma de ponerle más a prueba, confiando en el Dios que todo nos lo ha dado, animando a todas las que trabajan y se donan en esta crisis, intuyendo la necesidad de un re empezar, soñando con una sociedad adaptada, esperanzado en un futuro mejor, yo continuo colaboro con mi confinamiento y continuo buscando respuestas y el cómo implicarme. El sí, seguro. El cómo, ya lo iré viendo. Dicen que quedan 15 días de confinamiento, 25 de desierto, quizás. Y el 12 de abril es Pascua.