Sobre la libertad y el amor de las mujeres

El 25 de noviembre es el Día Internacional para la Erradicación de las Violencias contra las Mujeres. Un día grave que toma densidad porque recordamos a las mujeres que faltan, a las desaparecidas, a las golpeadas, a las violentadas, a las asesinadas. Es un día que levanta rumores de denuncia, que prepara un grito en común para que todas las personas digan con nosotras, con las niñas, las jóvenes, las mujeres, que nos queremos vivas.

Marta Romay haciendo un mural, como forma reivindicativa, en una concentración de Alcem la Veu, frente a la Catedral de Barcelona, en marzo de 2021. Realizada por Araceli Caballero.

Este lema de “nos queremos vivas” continúa escrito en las paredes de las ciudades, en las pancartas feministas, es un mantra o una plegaria, es un murmullo pronunciado entre dientes que da fuerza, esperanza y mantiene la voluntad para, a pesar de los obstáculos y las violencias, buscar sentido a la vida de cada una y de las comunidades donde estamos.

La genealogía feminista que ha abierto camino de libertad antes que nosotras es una muestra de que, en las más adversas circunstancias externas, la auto conciencia y el auto empoderamiento son posibles. En la antigüedad y en la Edad Media lucharon por su subjetividad y enfrentaron burlas que las desacreditaban como seres sin razón ni capacidad intelectual, incluso sin alma. A pesar de la misoginia cruel, leyeron, escribieron, entraron en la universidad y reclamaron igualdad política. Más tarde, consiguieron mejorar las condiciones de trabajo, reclamaron derechos reproductivos y derechos sexuales y procuraron tener voz propia en espacios públicos. Las circunstancias externas las condicionaron, evidentemente, pero sus actos de libertad son experiencias interiores, de firmeza y de voluntad. El auto empoderamiento no depende tanto de los estándares externos que nos marcó la sociedad o la religión, sino de la manera cómo nos relacionamos con estos estándares y normas. ¿Qué margen de acción o de libertad tomamos cada una respecto a estos estándares aprendidos o hegemónicos?

Ahora bien, a la capacidad de conciencia y de empoderamiento hay que añadirle la intersubjetividad, porque somos seres relacionales y las acciones propias afectan a las demás personas. “Amar es querer amar”, nos dice bell hooks, escritora y activista afroamericana que desmonta el mito romántico del amor y defiende que el amor, más que un sentimiento, es una acción para transformar el nihilismo, la codicia, la obsesión por el poder que domina nuestra cultura. El amor es acción y emoción participativa; el amor es una forma de asumir responsabilidad y adquirir compromiso creativo ante lo que nos ocurre a todas y al mundo. El amor es político y es un gesto ético porque busca el vínculo y el bienestar de la otra persona.

La libertad no es una respuesta, es un viaje. Es por eso que me gusta cuando las mujeres ya no se ven a sí mismas como víctimas, a pesar del dolor y el sufrimiento a causa de las guerras, de la persecución por ser líderes comunitarias y sindicales, del abuso de poder y los abusos sexuales, de la vulnerabilidad que supone tener que abandonar la propia tierra y la propia casa para aventurarse a atravesar mar y fronteras… y no se auto comprenden como víctimas porque reconocen su propia identidad (que no es identificación) y luchan por su dignidad y su libertad.

La libertad pide coraje. En las religiones y las tradiciones de sabiduría, en tanto que organizaciones humanas e institucionalizadas, también se producen abusos de poder, abusos sexuales, menosprecio y jerarquizaciones que marginan personas respecto a otras, sea a causa del machismo, del clericalismo o de concepciones de género caducas que es preciso revelar, abrir, afrontar. Las Iglesias y las comunidades religiosas harían bien en reconocer públicamente estos errores y abusos cometidos y restaurar, así, vínculos.

Las religiones y las tradiciones de sabiduría nos ofrecen, al mismo tiempo, una rica variedad de narrativas y explicaciones míticas para comprendernos como personas y como comunidades. El cristianismo y el judaísmo comparten la historia de liberación del pueblo bajo el yugo de la esclavitud. El pueblo hebreo esclavo del poder de Egipto es invitado a encontrar agua en el desierto y a buscar coraje en la palabra. En el Libro del Éxodo son importantes las palabras que, en confianza, dirigen a Dios: “actuaremos juntos y escucharemos”, es decir, “cumpliremos” tu palabra: búsqueda continua de acción y de reconstrucción de los vínculos en amor y libertad entre las personas y entre las personas con la naturaleza y con Dios. Buscar es también sentirse libre y enternecerse ante el dolor de las otras. Las tradiciones de sabiduría y las religiones buscan la paz en estas relaciones armoniosas y en el reconocimiento de la dignidad de cada persona.

En nuestros días, el proceso sinodal de la Iglesia católica se ha vivido en muchas comunidades, también en colectivos y grupos de mujeres como una posibilidad de este camino en construcción, de esta apertura al espíritu y a la escucha mutua, para abrirse a la posibilidad de renacer y reverdecer, como decía Hildegarda de Bingen en el siglo XII: la viriditas es la fuerza que vemos en la naturaleza cuando admiramos en primavera cómo crece la hierba, brotan las hojas, se renueva la savia. También las personas reverdecemos, nos vigorizamos.

El proceso sinodal no está acabado. Muchas comunidades y mujeres en multitud de organizaciones y comunidades eclesiales de diferentes países han llevado, a través del Catholic Women’s Council, las conclusiones de su trabajo al Sínodo de Obispos. Han expresado el deseo de poder servir y administrar sacramentos, de participar en las liturgias de forma plena; de poder comentar e interpretar los textos sagrados; de poder ser escuchadas y no ser tratadas con condescendencia; de poder hacer estudios de teología y dar clases; que se les reconozca su vocación y que puedan ser ordenadas si lo desean.

Todavía nos pesan, dentro de las religiones y nuestras sociedades occidentales, esquemas antiguos que subyugan unas personas a otras. En el siglo XV, por ejemplo, Isabel de Villena contradice la misoginia de su tiempo y proclama en su obra Vita Christi que la redención es universal y que Cristo asume también la salvación de las mujeres. Redención o salvación entendida como posibilidad de autenticidad y plenitud de la vida de la persona en confianza con el Cristo, con el Dios del amor y la libertad. Cristina de Pizan escribe La ciudad de las damas, donde las virtudes de la Razón, la Justicia y la Inteligencia -consideradas propias de los varones- hablan para romper los prejuicios y las concepciones discriminatorias contra las mujeres.

La figura de María Magdalena, como la penitente redimida y estimada por Cristo, será un referente para las mujeres de los siglos XIV y XV. Le dirigirán plegarias, la pintarán en cuadros y dedicarán ermitas e iglesias. María Magdalena se convierte en símbolo de liberación gracias al amor hacia la plenitud del vivir.

En el siglo XVII, Anna Maria van Schurmann escribe que “el cielo es el límite”, un alegato todavía necesario para proclamar que las mujeres tienen raciocinio, alma y palabra.

En todas las épocas, también hoy, las mujeres han desarrollado estrategias políticas de lucha social y comunitaria, así como literarias y artísticas, para expresar su subjetividad, ganar en dignidad y libertad. También hoy, cualquier mujer que resiste los embates del colonialismo, la racialización, la pérdida de derechos y libertades, sea individual o colectivamente a través de su tarea, su profesión, su testimonio espiritual o artístico, contribuye a la riqueza del viaje por la libertad y el amor.

El 25 de noviembre, con la conmemoración del día internacional, nos sentimos cerca de todas las mujeres migrantes que andan horas, días, intentando atravesar fronteras invisibles desde el este de Europa hacia Europa central; mujeres doblemente abusadas por los traficantes de personas y por los compañeros de un viaje desesperado lleno de incertidumbres y de violencia; mujeres del Sahel que son enviadas a Rusia y atraviesan los bosques de Polonia; mujeres de Siria que pasan a Turquía; mujeres palestinas que se llevan las hijas a los campos de refugiados del Líbano; mujeres centroamericanas que suben a los trenes de la muerte hacia una frontera norteamericana que ni imaginan. Mujeres que se aventuran, embarazadas y con hijos muy pequeños en los brazos, a lanzarse al mar para llegar a costas europeas.

En el día de la no violencia, os pensamos, hermanas ucranianas, que habéis tenido que despediros de la familia, de vuestros compañeros, de vuestros hijos. Hoy lloramos con las hermanas palestinas, que a pesar de luchar en red y en proyectos por la paz y la convivencia en un trozo de tierra ahogado por el miedo, la desidia política y el odio del gobierno israelí de ultraderecha y el desprecio de los gobiernos occidentales, sufren el horror y el absurdo de una guerra violenta y desbocada. 

Un día de conciencia de todos los tipos de violencias que sufren las mujeres en nuestra sociedad. Porque es violencia todo aquello que hace silenciar sus voces, su pensamiento, sus vivencias, tanto como el trato discriminatorio, los techos de cristal en el trabajo, en cargos y responsabilidades públicas o el desprecio, la condescendencia, la sobreprotección y el abuso de poder.

Las comunidades religiosas y las iglesias, como otras instituciones y asociaciones civiles, están llamadas a hacer este cambio de conciencia y a actuar con solidaridad a favor de la eliminación de la violencia contra las mujeres.

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