El pasado 6 de noviembre, el papa Francisco convocó en Roma “el jubileo de los presos”, algo que no se había hecho nunca o, al menos, como Francisco lo hizo y cuya intención era que pudieran reunirse en Roma personas privadas de libertad, capellanes de prisiones, voluntarios de cárcel y familiares de los presos para poder recibir el perdón y la misericordia de parte del mismo Dios Padre-Madre que a todos nos perdona y nos da la fuerza de su amor.
Cuando se propuso nos parecía imposible el poder llevarlo a cabo, sobre todo que los presos pudieran salir de sus países pero, con mucho esfuerzo, se consiguió. De nuestra Diócesis de Getafe salieron cinco presos que se encontraban en segundo y en tercer grado, concretamente dos de ellos eran de nuestra cárcel de Navalcarnero.
Necesitábamos que nuestra Iglesia tuviera un pastor que no estuviera tan preocupado de dogmas, rituales y formas y más volcado en aquellos en los que el Maestro de Nazaret siempre se volcó
Fue una experiencia muy especial para todos, sobre todo porque pudimos comprobar de primera mano que el papa Francisco respira Evangelio por los cuatro costados, que es un hombre tan humano que, como diría José María Castillo, “por eso es especialmente divino”. Necesitábamos que nuestra Iglesia tuviera un pastor que no estuviera tan preocupado de dogmas, rituales y formas y estuviera más volcado en aquellos en los que el Maestro de Nazaret siempre se volcó: en los pobres, en los presos, en los refugiados, en los que pueden parecer más pecadores pero que nos dan especialmente lecciones de amor y fraternidad.
Los presos nos evangelizan y nos hacen descubrir la frescura de un Evangelio al estilo de Jesús de Nazaret. Nuestro papa no es un papa de formas, sino de experiencia evangélica y por eso en su corazón y en sus palabras tienen una especial cabida aquellos más marginados y desheredados de nuestra sociedad. De ahí el dedicar también, dentro del año de la misericordia, un jubileo especial para los presos.

Fue un viaje y un encuentro muy especial, porque de nuevo comprobamos que no había esclavos, ni libres, sino hijos e hijas de Dios que querían acercarse a recibir la misericordia y el perdón de Dios a través de las palabras y los gestos de nuestro papa. “Cada vez que entro en una cárcel me pregunto por qué ellos y no yo, todos tenemos la posibilidad de equivocarnos, todos de una u otra manera nos hemos equivocado”, eran palabras del papa Francisco en su homilía de aquel 6 de noviembre de 2016, palabras de ternura evangélica, lejos de las palabras de condena y de juicio porque Dios Padre-Madre no condena. Francisco no acoge en su nombre, sino en nombre del mismo Jesús resucitado.
“Pedimos que sean mejoradas las condiciones de vida en las cárceles de todo el mundo, para que sea respetada la dignidad humana de los detenidos. Además de reiterar la importancia de reflexionar sobre la necesidad de una justicia penal que no sea exclusivamente punitiva, sino abierta a la esperanza y a la perspectiva de reinsertar al reo en la sociedad”, estas fueron sus palabras después del Angelus y nuestros muchachos y sus familias las escucharon con gran emoción.
Quizá sea difícil expresar lo que cada uno de nosotros sentimos, tal vez lo expresen las palabras de Jesús a Zaqueo (“hoy ha llegado la salvación a esta casa”), pero lo que sí sentimos fue que con este papa merece la pena seguir en la Iglesia. ¿Por qué el papa no condena? Porque él también se siente pecador y no fariseo, como se pueden sentir otros miembros de nuestra Iglesia que, desde su juicio feroz e implacable, condenan, se “creen de otra pasta”, como se creían los fariseos y el poder religioso que asesinó a Jesús de Nazaret.
Gracias por hacernos creíble el Evangelio y por creerte que cuando estuve en la cárcel y fuiste a visitarme estabas visitando al mismo Jesús
Gracias, hermano Francisco, por devolvernos la frescura evangélica de una Iglesia que necesita sentirse acogida por el Dios de Jesús, gracias por acoger a nuestros presos, gracias por decirnos con tus palabras y con tus gestos que otra Iglesia es posible y que en esa Iglesia cabemos todos, pensemos lo que pensemos y hagamos lo que hagamos. Gracias por transmitirnos la frescura de un Dios cercano, misericordioso y acogedor. Y, sobre todo, gracias por hacernos creíble el Evangelio y por creerte que cuando estuve en la cárcel y fuiste a visitarme estabas visitando al mismo Jesús.
Desde nuestra cárcel de Navalcarnero sentimos tu presencia y tu abrazo de parte de Dios, así lo experimentamos en este jubileo los presos, las madres, los voluntarios y los capellanes de nuestra cárcel y ojalá que nosotros tampoco juzguemos nunca a nadie, haciendo nuestras las palabras del Evangelio de San Juan: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Jn 8, 7).
