En una ocasión mencioné ante unos amigos una frase de los “Cuatro Cuartetos” de T. S. Eliot. Ninguno había leído el poema y un par de ellos confesaron que no sabían que existiera.
Se me ha ocurrido, pues, hacer un regalo de Navidad ofreciendo una mínima antología poética con unas cuantas obras que creo que hay que leer antes de morirse.
Naturalmente no descarto a Juan Ramón Jiménez, a Antonio Machado, a García Lorca, a Miguel Hernández, a León Felipe, a Pablo Neruda. Es que los doy por leídos.
Quiero acompañar a cada autor con una pequeña cita que sea una incitación a su lectura. Allá va:
San Juan de la Cruz imaginó y memorizó su Cántico Espiritual estando secuestrado y preso por sus hermanos los carmelitas calzados, con un futuro muy incierto.
Tras un amoroso lance
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto
que le di a la caza alcance.
“Cuatro Cuartetos” es un poema de T. S. Eliot, largo y profundo, con muchas sugerencias para meditar, ayudadas por las notas de Vicente Gaos, su traductor.
En mi principio está mi fin. En sucesión
las casas se levantan y caen, se desmoronan, se extienden,
son trasladadas, destruidas, restauradas o en su lugar
existe un campo abierto o un taller o una travesía.
Vieja piedra para un nuevo edificio, vieja leña para nuevos fuegos,
viejos fuegos para cenizas y cenizas para la tierra
que es ya carne, piel, heces,
hueso de hombre y de bestia, tallo de maíz y hoja
Elegías del Duino es un largo poema de Rainer María Rilke. Quien no se atreva con él puede leer otro corto y bonito: el Canto de amor y de muerte del alférez Cristóbal Rilke.
¿Quién, si gritara yo me oiría en los coros de los ángeles? Y suponiendo que me tomara uno de repente en su corazón
me hundiría con su más potente existir.
Pues lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible que apenas soportamos.
A la Pintura de Rafael Alberti es un libro brillante. Merecería la pena leer cada poema delante del pintor al que traduce poéticamente. Traigo el comienzo del poema dedicado al Bosco.
El diablo hocicudo,
ojipelambrudo, cornicapricudo
perniculimbrudoo y rabudo
zorrea, pajarea,
mosquiconejea,
humea. ventea,
peditrompetea
por un embudo.
Pedro Salinas editó La voz a ti debida en 1936. Es un libro precioso, segundo de su trilogía amorosa.
Para vivir no quiero
palacios, villas, torres.
Qué alegría tan alta
vivir en los pronombres.
De la obra inmensa de Quevedo traigo su Epístola Censoria que, junto con otras obras, le costó el destierro y cuatro años de cárcel.
No he de callar por más que con el dedo
ya tocando la boca ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Hoy sin miedo que libre escandalice
puede hablar el ingenio asegurado
de que mayor poder lo atemorice.
Con más humor, el Arcipreste de Hita. Del Libro del Buen Amor, la “Cántiga de los clérigos”:
Allá por Talavera a comienzos de abril
llegadas son las cartas de Arzobispo don Gil
en las cuales venía un mandato no vil
que si a alguno agradó pesó a más de mil…
Las cartas recibidas eran de esta manera:
Que el cura o el casado en toda Talavera
no mantenga manceba, casada ni soltera
y el que la mantuviere excomulgado era.
Con aquestas razones que la carta decía
quedó muy quebrantada toda la clerecía.
Con Góngora tengo una debilidad. No puedo recomendar sus Soledades, demasiado difíciles, pero traigo para terminar la recomendación de leer sus ingeniosísimas letrillas y de entre ellas una que muestra su estilo y su agudeza.
Un casado en confesión
reconoció que él al fin
es, como dice el latín,
un desnudo corazón
(para quienes no sepan latín: un desnudo corazón es un cor nudo).
