Fue sin duda un momento histórico. No tanto por la presencia en las plazas de las catedrales ni quizá tampoco por las inesperadas y numerosas adhesiones de congregaciones, comunidades y movimientos al rotundo manifiesto fundacional. Lo que hizo que este pasado 1 de marzo quede para la historia es la inconfundible sensación del nacimiento de algo nuevo. Algo así como lo que vibraba en la Puerta del Sol los días inmediatamente posteriores al 15 de mayo de 2011.

Y no, esta necesaria revuelta de mujeres en la Iglesia no surge de la nada ni es del todo nueva. Tiene profundas raíces a las cuales respeta cuando recuerda cómo hace ya 20 años mujeres de todos los puntos del Estado se manifestaban para reivindicar los mismos derechos. Sin embargo, esta sensación, la convicción serena, la unidad de las distintas una vez más en torno a ese aglutinante que es el feminismo, la apuesta por la interseccionalidad, la intergeneracionalidad vivida con una naturalidad abrumadora, la ternura y la firmeza… ¡Era como si la lucha estuviera ganada! Como una celebración del triunfo de la evidencia, de lo que sí o sí acabará siendo.

Todo sonaba a la Iglesia que soñamos y fue por eso que desde Alandar convocamos. Sin embargo, urge preguntarse antes de que la euforia se diluya: ¿Y ahora qué?

El momento para organizar la esperanza despertada no puede ser más propicio. Porque “con voto, con voz, así nos quiere –a las mujeres- Dios”, ya que para “limpiar y poner flores” ya están “los señores”. Señores como el recién elegido vicepresidente de la CEE que, por lo que sea, no encontró el momento de pasarse por la concentración de la Almudena. Ojalá, desde su nueva responsabilidad, encuentro el hueco. Si no, ya se lo recordarán. Es cuestión de tiempo.