Gaza en el corazón. Compromiso con los más débiles

La violencia y los ataques militares en Gaza no empezaron el 7 de octubre pasado, pero sí suman, desde entonces, 33.000 palestinos y 1.800 israelíes muertos más habiendo adquirido en estos seis meses una escalada que permite hablar de genocidio.

Es bien sabido de esta terrible historia, que el ejército de Israel define las proporciones “convenientes” entre los muertos propios y ajenos. Algo así como ¿cuántos muertos palestinos debe haber por cada israelí caído?

Si hacemos el doloroso cálculo según los datos primeros, la proporción se acerca a un escandaloso veinte a uno.

No hace falta entender mucho de conflictos bélicos para que el corazón no quede conmocionado con este dato brutal: 1 a 20, y, con un poco más de detalle: un israelí (básicamente militar) por 20 palestinos (aquí se amplía el perfil: niños, mujeres, viejos, militantes de Hamás…).

Y en los últimos 15 años más de 10.000 víctimas palestinas… esa proporción entre víctimas palestinas e israelíes (como poco) se mantuvo.

No hay día que los medios no abran con un “El ejército israelí bombardea la franja de Gaza…” Las imágenes de destrucción, muchas veces sin ir acompañadas de contexto o análisis, nos desbordan y saturan: nos anestesian (y no es casualidad sino manipulación que esto ocurra).

Y no podemos quedarnos así. Tras cada imagen de un barrio destruido, del éxodo de personas por campos y carretera, hay vidas truncadas, familias deshechas, niños y niñas que no habitarán su futuro porque habrán muerto. Y el corazón se rompe, por más que al cerebro se le despiste con mil estrategias poderosas, porque fuertes son unos y débiles los otros, porque unos tienen un nivel de impunidad enorme y los otros son siempre sospechosos: por su religión, por su aislamiento internacional, por su pobreza (esa maldita aporofobia que acuñó Adela Cortina).

Hemos dejado atrás la Pascua, con sus relatos de pasión y muerte, de pequeñas y grandes traiciones, de la comunicación persuasiva ya presente al principio del siglo I y del control de los medios y la opinión pública de entonces (¡Barrabás, Barrabás!), de colonizadores y colonizados, de ricos y pobres, de muerte y traición. Todo muy cerca del Gaza actual, con protagonistas muy distintos a aquellos (¿o no tanto?)

Desde Alandar, con el corazón conmocionado, hagamos una reflexión lúcida y un seguimiento de todos estos hechos que nos muevan a denunciar la desigualdad y la injusticia. Comprometámonos, una vez más, con los pequeños del mundo, con los sufrientes habituales que ya no son noticia, a ser conscientes de que ciertos políticos, aunque alcancen el poder democráticamente, son peligrosos y que las sociedades militarizadas acaban, tarde o temprano, devoradas por los halcones. 

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