Eppur se muove

Cuenta la tradición que, al final de su proceso por herejía ante un tribunal de la Inquisición, y tras renegar arrodillado de su teoría matemática que establecía que la tierra giraba alrededor del sol y no a la inversa, Galileo Galilei se levantó y susurró: «Eppur se muove» («Y, sin embargo, se mueve»).

Lo hiciera o no, la frase ha quedado como símbolo de esas ocasiones en las que se intenta negar públicamente un hecho que es cierto (o intentar hacer por cierto uno que es totalmente falso) en función de las más diversas razones: de Estado, de supervivencia, de táctica política …

Viene al caso porque la Iglesia española – perdón, la jerarquía de la Iglesia española – lleva años negando públicamente un hecho que cada día que pasa es más innegablemente cierto: la existencia de numerosos abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia española. Y su encubrimiento.

Viene al caso porque la Conferencia Episcopal intenta hacer pasar por cierto un hecho que es falso: que se preocupa y ocupa de sus víctimas a través de sus oficinas diocesanas de atención a las víctimas de abusos, como defendía en un bochornoso vídeo el director de su Oficina de Información, José Gabriel Vera. Abundan los testimonios de víctimas que explican que se han sentido ninguneadas, ofendidas y revictimizadas por el trato digamos poco delicado que se les ha dado en dichas oficinas, como es el caso de Emiliano Álvarez y Javier, víctimas de abusos en el Seminario Menor de La Bañeza, de la Diócesis de Astorga.

Viene al caso porque, le guste o no a la Conferencia Episcopal – y a juzgar por su silencio sobre el tema, no le gusta demasiado – las cosas se están moviendo, dentro y fuera de la Iglesia.

Por otra parte, aunque está todavía muy abierto el debate sobre qué forma tomará (comisión de investigación parlamentaria o informe encargado a expertos, dentro o fuera del marco de la Oficina del Defensor del Pueblo) y si la Iglesia participará o no de alguna manera en ella, parece inminente la apertura de una investigación sobre el tema financiada con dinero público.

Tras demasiados años de silencio, diversos colectivos cristianos de base hicimos pública el pasado 1 de febrero una Carta Abierta a la Conferencia Episcopal en la que le exigíamos que, de una vez por todas, cree una comisión independiente de investigación de los casos de pederastia en el seno de la Iglesia Española. Respaldada inicialmente por cinco organizaciones, la carta ha conseguido el respaldo de casi 90 colectivos que representan a miles de personas y de casi 1.300 personas individuales.

Incluso dentro de la jerarquía católica española, normalmente reacia a reaccionar ante los acontecimientos que afectan a la vida de las personas y de la Iglesia, se aprecia movimiento. Varios obispos han comenzado a romper el monolitismo de la vergonzosa retahíla con la que habitualmente el episcopado de nuestro país le quita importancia al horror de los abusos. Ya saben, aquello de que «son pocos casos» y «los abusos a menores no suceden solo dentro de la Iglesia».

Ese es el camino que han empezado a recorrer varios obispos y arzobispos como los de Bilbao, Canarias, Zamora, Santiago de Compostela o Madrid. En este último caso, aunque no se conocen declaraciones recientes de Osoro sobre el tema, el vídeo publicado el pasado 14 de febrero por el Proyecto Repara, la oficina de atención a los abusos sexuales dentro de la Iglesia que funciona en el arzobispado de Madrid, ha sido unas de las tomas de postura más decidida en favor de las víctimas de abusos de una institución católica, con frases contundentes como «la denuncia ayuda», «un solo  caso de abusos ya son demasiados», «el dolor de las víctimas no prescribe».

Ojalá las cosas sigan moviéndose (entre ellas, el corazón de nuestros prelados) y esta sea la letanía que a partir de ahora repitan nuestros obispos cuando se les pregunta por nuestros hermanos y hermanas abusadas. Por supuesto, ese cambio de discurso debe ir acompañado de un cambio de actuación y los obispos deben abrir esa comisión de investigación independiente que pueda proporcionar un mínimo de verdad, justicia y reparación a las víctimas de abusos.

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