Salir de ésta

Hace unos días recibí un mensaje de una compañera, pidiéndome ayuda para difundir un documento elaborado por la Coordinadora de Ecuatorianos en España sobre la crisis hipotecaria. Para ser exactos, ellos denuncian directamente el “fraude hipotecario” cometido de manera generalizada por las principales bancas del país, que durante años se han aprovechado de la situación de desventaja de la comunidad inmigrante para obtener enormes beneficios.

En el informe se explica la situación de miles de inmigrantes, prácticamente obligados a comprar piso para poder tener derecho a la reagrupación familiar, que cayeron en manos de un entramado inmobiliario y financiero en el cual no sólo acabaron endeudados por encima de sus posibilidades sino que, incluso, se vieron obligados a avalar deudas ajenas, casi siempre de desconocidos, en un sistema perverso y encadenado que hoy les tiene atrapados.

No conozco el caso en detalle ni he podido estudiarlo en mayor profundidad, pero no me sorprende en absoluto ni dudo de su veracidad. Se trata de un ejemplo más de la locura en la que estamos inmersos, esta espiral de avaricia que ahora tiene a tantas personas con apenas las cenizas de lo que un día creyeron tener. Pero no voy a dedicar una columna más a denunciar la rapacidad del capital (primero por obvio, segundo por inútil y tercero por cómodo, dado que todos y cada uno de nosotros hemos sido en algún momento eslabones más de esa cadena, aunque ahora nos apresuremos a desentendernos), quiero dedicar este espacio a pensar cómo podemos salir de ésta.

Podemos salir de ésta en primer lugar si dejamos de pensar que, en el fondo, es algo que le está pasando a otros. A los que invirtieron mal, a los que compraron por encima de sus posibilidades, a los que no fueron previsores… ¿y qué pasa con los que trabajan en la fabricación de coches?, ¿y con los trabajadores de la construcción?, ¿y con los dependientes de los grandes almacenes?, ¿y con los trabajadores de las asociaciones que ven recortados sus donativos?…

Podemos salir de ésta, en segundo lugar, si no nos dejamos llevar por las tentaciones más evidentes: el qué hay de lo mío, el dinero en mano antes de que el cambio de fondo, el olvidarnos del que sufre al lado porque su problema, tarde o temprano, acabará siendo nuestro.

Podemos salir de ésta si, además, le damos una segunda vuelta a las cosas, una mirada crítica que nos ayude a cuestionar el mensaje machacón que nos llega de los mismos sitios de siempre. ¿De verdad vamos a salir de este lío consumiendo más? ¿De verdad tenemos que renunciar a nuestros derechos para que se salve el sistema? ¿De verdad tenemos que admitir sin más que se inviertan millonadas en rescatar a la banca mientras se deja al 80% de la población mundial sin rescate alguno?

Leía un día en un periódico que un economista extranjero se había quedado muy sorprendido al llegar a Barcelona en plena crisis, puesto que leyendo nuestros datos macroeconómicos esperaba encontrarse un país en las barricadas y no daba crédito al pasear por unas ramblas llenas de gente de compras y tomando cañas. Por supuesto que esto tiene un lado bueno (él lo atribuía a las extensas y solidarias redes familiares que aún funcionan en nuestro país), pero no nos dejemos engañar: la despreocupación tiene sus riesgos, y no podemos sentarnos a esperar que otros nos solucionen el problema sin poner nada de nuestra parte. Busquemos información, cuestionemos las consignas y pasemos a la acción.

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