Las campanas de San Andrés

Desde mi casa nueva se ven los templos modernos del sur de Madrid: el Bercial, en Getafe; el Parquesur, en Leganés y el Islazul, en Carabanchel. También se ve la torre de una iglesia antigua, “la catedral de Villaverde”. Es la parroquia de San Andrés Apóstol, la que da nombre al barrio. El domingo escuché su campana y me acerqué.

Fecha: Domingo, 13 de noviembre, 33º del tiempo ordinario. Ciclo C.

Lugar: Parroquia San Andrés apóstol. C/ Oxígeno, 15. Villaverde Alto. Madrid.

Celebración: Misa de las familias (11:30).

La Alegría del Evangelio vivida en la Parroquia de San Andrés Apostol, de Villaverde, en Madrid.
Exterior de la parroquia de San Andrés Apostol de Villaverde. Foto. Santi Unermano

El sol luminoso de otoño invita a perderse entre las calles estrechas del último pueblo absorbido por Madrid. El barrio de san Andrés, en Villaverde Alto, es uno de los más humildes de la capital. La pobreza económica de sus vecinos se ve contrapesada por la riqueza cultural. Sus calles, bares y comercios son como una feria de muestras. Los hay de todos los países. La parroquia no es ajena a la realidad en la que está inserta. La comunidad es una muestra de la ONU con representantes de los cinco continentes. El templo está en medio de la calle. Tiene un pequeño atrio delante, con su verja de hierro negro y un pobre arrodillado en la puerta.

A las 11:30 no hay ni un banco libre. Los más cercanos al altar están repletos de niños. Calculo que hay más de un centenar. Suena un timbre y el coro se arranca con la canción de entrada. El pueblo acompaña tímidamente. Sale de la sacristía el cura acompañado por un monaguillo y una monaguilla revestidos con un alba de color teja. Curioso. Distinto. Bonito.

[quote_right]La parroquia no es ajena a la realidad en la que está inserta. La comunidad es una muestra de la ONU con representantes de los cinco continentes[/quote_right]

El cura se presenta: “Algunos me habréis visto por la parroquia porque llevo dos años celebrando aquí la misa, pero la de niños siempre la decía don Víctor y ya sabéis que hoy está tomando posesión en su nueva parroquia, como hizo aquí don Pedro en septiembre”. Y se disculpa porque no conoce bien las costumbres de esta celebración, pero promete poner todo de su parte y asegura que saldrá todo bien. Dicho y hecho.

Las lecturas las leen los niños. Muy bien preparados. Alto y claro. Cuando el cura encuentra el micrófono inalámbrico para comenzar el diálogo con los pequeños, aclara: “Hemos leído, por despiste, las lecturas del domingo siguiente -las de Cristo Rey- y confieso que me había preparado las de hoy. Pero no habrá problema”. Y no lo hubo. Comienza preguntando a los chavales si creen que Dios ha creado el mundo bien o mal y todos contestan a coro que “bieeeeeeen”. Entonces repregunta por las guerras y los asesinatos y la violencia. “Eso es porque Dios nos ha hecho libres” le explica Laura, una niña que no ha cumplido los 12 años. Y el cura insiste: “¿Y los terremotos y los desastres naturales?”, silencio. “Eso nadie lo sabe. Es el misterio del mal”. Continúa la homilía el sacerdote con preguntas y respuestas, aclara que son lecturas apocalípticas y que hablan de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 y que viene a ser algo así como lo que está pasando en Alepo, en Siria. Y aterriza en lo cotidiano preguntando a los niños qué es lo que hacen ellos cuando se encuentran con un conflicto en casa, en el cole, en la calle. Las respuestas no tienen desperdicio: “Huir”. “Salir corriendo”. “Rezar a Dios”.  Y ahí frena el cura y explica que hay que rezar a Dios y trabajar para que no sucedan esas cosas. Que cuando algo no va bien hay que confiar en Dios, y que eso implica rezar y trabajar. Y aprovecha para recordar que hablar de trabajo en el barrio suena feo porque mucha gente está en el paro, pero que hay que perseverar.

[quote_right]Hablar de trabajo en el barrio suena feo porque mucha gente está en el paro, pero hay que perseverar[/quote_right]

La misa transcurre familiar. Los niños pasan el cepillo y nadie dice que es el día de la Iglesia diocesana. Nos damos las manos para rezar el padrenuestro, la paz es una fiesta, después de la fila de la comunión los niños hacen otra fila para que el cura les bendiga dibujándoles con el pulgar una cruz en la frente. Y antes de desearnos un feliz domingo y una buena semana avisa sobre la misa de hermandades y el concierto del sábado siguiente. Y cuando salgo a la calle, aunque no suenan, oigo las campanas de San Andrés como si estuviera en la terraza de mi nueva casa tendiendo la ropa.

@santiriesco

 

 

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