El día 18 de febrero cumplí 90 años, que llegaron acompañados de una vértebra aplastada y un dolor de espalda que me ha durado meses. Por esos días, una amiga de mi quinta me envió una frase que al parecer procedía de Torrente Ballester: “Uno es un anciano cuando es mayor que el Papa”. Le contesté añadiendo: “Y cuando hay tres escalones y dos personas se precipitan para ayudarte a bajarlos”.
No hace tanto, pasó un señor de mediana edad por la parroquia en la que celebro. Se presentó, me invitó a un café y me dijo que había decidido hacer un voluntariado acompañando y ayudando a curas mayores. Me quedé sin saber qué decir ante aquel protector insospechado. De todos modos, para ponerlo a prueba, lo llamé para preguntarle si podía prestarme 100 euros. Me dijo que no y ya vi que no iban por ahí los tiros. En efecto, a los pocos días me comunicó que en el seminario había un encuentro para sacerdotes mayores de 75 años. Comenzaba a las 10 y terminaba con la comida. Se brindaba a llevarme y a acompañarme. A la vista de que la tutela se ponía en marcha, decidí descararme y con el tono más amable posible le dije que yo era una persona muy rara, que nunca me había gustado que me ayudaran, que mi espalda no aguantaría una concelebración que además siempre había criticado. Por tanto, le agradecía su buena intención, pero renunciaba a sus servicios.
Por casualidad, por aquel tiempo, tuvo lugar otro suceso que tenía algunas concomitancias con éste. Por esas coincidencias de la vida, conocí a la mujer de un cura secularizado con el que hace mucho había coincidido en un arciprestazgo de mi vida clerical. Empecé entonces a recibir whatsApps con fotos piadosas, con oraciones, con vídeos edificantes. Escribí al autor que no me gustaban los whatsApps salvo para recados o comunicaciones. Me contestó que era su forma de predicar, pero le animé a que buscara otros feligreses online.
Recordé una frase oída no sé dónde: «Toda ayuda no pedida son ganas de meterse en la vida del prójimo.»
Y es que todos conocemos personas que te dicen: lo que tienes que hacer, lo que has de tomar, lo que necesitas… Una ayuda que en realidad es un deseo de mando.
Veo que todo esto me está llevando al tema de la dependencia. Un amigo catedrático emérito de Psicología suele repetir que la experiencia más costosa de asimilar es la de la dependencia y que todos hemos de pasar por ella, salvo que nos dé un infarto o un derrame cerebral.
Me da la impresión de que en todo esto se trata de armonizar de una manera sana una ayuda que no sea intromisión, acciones que ofrezcan acogida respetando la independencia, cultivo de las capacidades que no sea una negación de las carencias. En cualquier circunstancia, pero mucho más en estos casos, será necesario un cuidadoso discernimiento.
Creo, sin embargo, que el tema tiene una dimensión más amplia. Por muy independiente que haya sido la forma de encarar nuestra existencia, siempre hemos experimentado nuestra finitud. La finitud supone carencia y ésta ha menester ayuda. Repasando nuestra vida no podemos dejar de recordar una larga lista de personas que nos han ayudado, acompañado, animado, abierto horizontes. Si no ha sido así es fácil que caigamos en la definición de Julio Camba: “Era un hombre que se había hecho a sí mismo. Se notaba en lo mal hecho que estaba.”.
Para un creyente en esa larga lista de ayudas, la menos detectable, la más sutil, pero la más importante y definitiva, es la de Dios. Como decía san Pablo, en Él nos movemos, existimos y somos. Él es quien en definitiva nos salva de la finitud y sus carencias.
Pensando en todo esto no he podido por menos que recordar una frase de una antigua película brasileña: “Somos pobres y nuestra única palabra es una palabra de pobres: gracias”.
