Primeras impresiones

Dicen los psicólogos que los seres humanos estamos construidos para evaluarnos rápidamente unos a otros y que las primeras impresiones nos marcan mucho; por eso nos apegamos a ellas fácilmente y nos resulta tan difícil cambiarlas después. En resumen: que es esencial cuidar cómo nos acercamos a los demás por primera vez.

A partir de esto se entiende mucho mejor por qué Marcos dice lo que dice en el inicio de su Evangelio y cómo cuida que sea positiva la primera impresión sobre Dios que aparece en ella. Después de presentar a Juan Bautista, cuenta la llegada de Jesús al Jordán para ser bautizado y al salir del agua presenta a Dios hablando en primera persona:Se oyó una voz desde los cielos: -Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. (Mc 1,11)

A no ser que seamos un avefría, ya nos está marcando esta primera impresión sobre Dios: es alguien que se complace, es decir que siente placer, satisfacción, gusto, agrado, deleite, contento y gozo, algo que refuerza el verbo griego eu-dokeo con su descarada carga eufórica.

Vaya crack esta primera imagen de Dios y qué alucinante enterarnos de que lo que le habita por dentro no tiene que ver con su justicia, su omnisciencia o su omnipotencia, sino con ese mundo emocional que conocemos bien cuando queremos a alguien: hijos, pareja, amigos… se nos derrite el corazón, nos brillan los ojos y nos entran ganas de abrazar al mundo mundial.

Hacemos bien en aferrarnos a ese primer flash y en no consentir que vengan otros cargados de restricciones tipo: “complacido sí, pero condenando el pecado”; “misericordioso sí, pero sin pasarse”; “bendiciendo, claro, pero sin aprobar la promiscuidad”.

Los de mi generación tenemos como tarea extra formatear el disco duro de nuestra memoria para borrar algunas grabaciones que han acompañado nuestra infancia:

“Mira que te mira Dios, mira que te está mirando,
mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo”
“Vamos niños al sagrario que Jesús llorando está
pero al ver a tantos niños, muy contento se pondrá”
“Perdón oh Dios mío, perdón e indulgencia,
perdón y clemencia, perdón y piedad. No estés eternamente enojado…”

Pues no, lo sentimos, ni vivimos bajo la mirada de un inspector de hacienda, ni está llorando Jesús, ni está Dios enojado sino eternamente contento porque su Hijo le da motivos de sobra siendo como es y nosotros afiliados, financiados, arracimados, patrocinados, esponsorizados, empadronados y domiciliados en ese Hijo, formamos parte del pack de Su contento.

Me pregunto por qué nos habremos montado unas imágenes tan enfadosas y malhumoradas de Dios, cuando desde el comienzo del Génesis la primera impresión que recibimos es de que está satisfecho y eufórico ante su creación: “Vio entonces Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno” (Gen 1,31).

Una propuesta cuaresmal: apagar el móvil, cerrar los ojos y dejarnos envolver por la mirada del que nos llama por nuestro verdadero nombre: “Causa de mi alegría”.   

Dicen los entendidos que esa es, precisamente, la experiencia de la gracia.

Autoría

  • Dolores Aleixandre

    Jubilada feliz. Encajando el envejecer con cierto garbo (de momento). Convencida de la fuerza de la Palabra y de la bondad última de las personas. Adicta a la Biblia y a contársela a otros. Agradecida a la vida, al cariño de tantos amigos y al sentido del humor. Aficionada al cine, a la música polifónica y a Gomaespuma. Lectora desordenada y escritora de vuelo corto. Orgullosa de ser columnista de alandar. Tratando de callarme más, rezar más y vivir más atenta al latido del corazón de Dios en el corazón del mundo.

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