Eutanasia                                              

Hace pocos días a una persona muy cercana a mí le han diagnosticado una ELA (esclerosis lateral amiotrófica). La noticia ha sido un duro golpe para ella, sin duda alguna, pero también para las personas cercanas.

Apenas conocida la noticia, se me ocurrió llamar a una amiga cuya hermana murió hace años de la misma enfermedad. Me dijo: “mi hermana murió en un año y menos mal, porque fue horrible. Llegó un momento en que no podía andar, no podía hablar, no podía tragar… había que alimentarla por una sonda directa al estómago…”.

Con este motivo, de forma casi inevitable, en las conversaciones que hemos tenido personas cercanas ha aparecido de refilón la palabra eutanasia. Es un término que todos hemos utilizado alguna vez… pero siempre como haciendo referencia a una realidad lejana, que afectaba a otros. Cuando aparece en tu propia vida empieza a tener un sonido muy diferente.

Con motivo de la aprobación de la ley, la Conferencia Episcopal española redactó un largo documento titulado Sembradores de esperanza. Lo vertebra una afirmación tajante: “La eutanasia es éticamente inaceptable”. Acaso la frase debería haberse matizado: es inaceptable para la Iglesia, para el cristianismo, para la doctrina católica…, porque, sin duda, hay otras posturas para las que sí puede aceptarse.

Continúan los obispos: “Se elige un mal contra la vida que es un bien en sí mismo”. Parece que a esa formulación tajante podría oponerse la siguiente pregunta: ¿es un bien en sí mismo una vida con sufrimientos intolerables y sin otra salida que la misma muerte?

Habrá sin duda quien piense que la Inquisición entregaba a los herejes relapsos al brazo secular para que fueran ajusticiados y, entonces, no parecía que la vida fuese un bien en sí mismo. Sin duda eran otros tiempos con otras valoraciones, si es que eso vale como disculpa.

Sin embargo, más allá de esas consideraciones, se puede aportar otra más radical. La declaración episcopal no puede recurrir a la voluntad de Dios, que no existe en este caso. Así pues, expresa la postura de una organización respetable, de larga trayectoria pero, al fin y al cabo, una postura entre otras y -por tanto- discutible.

Durante siglos, la Iglesia en Occidente fue la definidora de la moral, de lo que era bueno y de lo que no lo era, lo que había que hacer y lo que había que evitar. Pero ha llegado un tiempo en que la moral ya no es su patrimonio exclusivo e incluso en ocasiones se ha echado de ver que su postura no era la más acertada.

Recuérdese la cuestión del control de la natalidad y la doctrina católica, con su argumentación en una encíclica, la Humanae Vitae, que hoy nadie recuerda ni pone en práctica.

No digo con todo esto que la argumentación de los obispos, desmenuzada a lo largo del extenso documento, carezca de valor. Afirmo únicamente que no viene avalada por la voluntad de Dios, sino que es el resultado de la reflexión de una entidad religiosa, a la que pueden oponerse otras posturas y otros argumentos.

Y no quiero dejar en olvido que la palabra ‘eutanasia’ se refiere a situaciones muy diferentes, puede afectar a personas con distintas sensibilidades, con actitudes diferentes ante la vida, ante el sufrimiento y ante la muerte. Por esto he recordado algo bastante conocido y es que, en su Carta al Duque de Norkfold (1875), el cardenal Newman escribió: “En caso de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa -desde luego, no parece cosa muy probable- beberé: ¡Por el Papa! con mucho gusto. Pero primero: ¡Por la conciencia! y después: ¡Por el Papa!”

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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