Cantos de Iglesia

Durante siglos el canto de la Iglesia fue el gregoriano, con su letra en latín, reservado a los monjes e indescifrable para el pueblo. Una excepción fueron el Pange lingua y el Tantum ergo, que los fieles memorizaron sin comprender la letra ni la profunda teología de lo que cantaban.

Como la Semana Santa fue tradicionalmente un tiempo de celebraciones populares, nacieron cantos que han llegado hasta nosotros, casi todos ellos con malas letras y mala teología. Echemos una ojeada.

Uno de los cantos más populares es el de Perdona a tu pueblo, Señor cuya segunda estrofa dice: No estés eternamente enojado… Ciertamente, puesto que no tenemos otros, tenemos que dedicar a Dios adjetivos humanos pero siempre con mucho cuidado y hay que reconocer que enojado no es de los mejores. ¿Es creíble un Dios que se enfada, como cualquier humano de genio pronto? ¿Y no se enfada solamente un tiempo sino eternamente?

Amante Jesús mío, oh cuánto te ofendí. Persona mi extravío y ten piedad de mí. Otro canto que supone que a Dios se le puede ofender, es decir, humillar o herir en su amor propio.

Si pasamos a la Virgen, en un mismo canto se la trata de vos y luego enseguida de tú: Tomad, Virgen pura, nuestros corazones. No nos abandones…Una exigencia de la rima.

En otro canto se pide a la Virgen que nos salve: sálvame, Virgen María; óyeme, te imploro con fe. Mi corazón en ti confía, Virgen María, sálvame, sálvame. Pero es un canto casi herético. Sólo Jesús nos salva, no la Virgen, aunque a veces se haya empleado, con evidente abuso, el título de corredentora.

Hay otro canto muy popular con una hipérbaton tan extremada que el pueblo no pudo entenderla y readaptó por tanto la letra: Quien al mirar que, exánime, pendiente de una cruz, por nuestras culpas víctima expira el buen Jesús, de compasión y lástima no siente el pecho herido, habiéndote ofendido, oh negra ingratitud.

En vez de quién al mirar que, exánime, cantaron quien al mirarte exánime. Y cómo al llegar al de ya habían perdido el hilo, lo sustituyeron por ten compasión y lástima. Y en todo caso de nuevo aparecía el tema de la ofensa, como si Dios pudiera ser alguien que se ofende y al que hay que desagraviar.

Con la llegada del Concilio hubo una ola de renovación de los cantos: Juan Antonio Espinosa, Cesáreo Gabarain, Carmelo Erdozáin y otros muchos compusieron canciones de calidad musical y letras inspiradas y con contenido teológico.

Lo malo fue que, salvo excepciones, las parroquias no se esforzaron en lograr que todos los fieles cantaran, sino que montaron un coro de unas cuantas personas, generalmente mediocres actores. Desgraciadamente, por este camino se desvirtuó el sentido del canto en la Iglesia.

En su Vida de don Quijote y Sancho, -cito de memoria- Unamuno comenta un pasaje en que el caballero canta. ¿por qué canta don Quijote? Canta porque ama. El que ama canta. Por eso -añade el autor- los jesuitas no tienen coro.

De manera semejante se puede decir que el canto en la Iglesia surge de la experiencia gozosa de participar en una comunidad y del encuentro con Dios. Pero entonces ha de cantar todo el mundo. Si no es así, si sólo lo hace un grupito, su sentido se ha desvirtuado.

Y ya que estamos en esto del canto ¿por qué de repente en ocasiones al celebrante le da por arrancarse a cantar: ¡El Señor esté con vosotros! O bien: ¡por Cristo, con Él y en Él…!  Nadie entendería que, en medio de una comida, alguien se pusiera a preguntar cantando: ¿Y tú, Manolo, cómo estás? Pues eso que no puede pasar en una comida, puede hacerse en las comidas de Jesús con sus amigos.

Cosas veredes.

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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