La sangre de las palabras

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Anualmente la ONG Reporteros sin fronteras publica el mapa de la libertad de prensa en el mundo. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”, Ryszard Kapuscinski

Alfonso, Antonio, Arturo, Daniel, David, Enrique, Gervasio, Javier, Jon, José, Julio, Manuel, Marc, Mercedes, Miguel, Mikel, Mayte, Mónica, Nuria, Ramón, Ricardo, Rosa. Sus apellidos, su trayectoria, su trabajo y la información que ofrecieron o que ofrecen son su mejor carta de presentación. A ninguno de ellos ni ellas les hace falta presentar su currículum vitae porque día sí, día también nos cuentan qué sucede a un lado y a otro del mundo. Algunos y algunas siguen sobreviviendo, otros ya no pueden contarlo, pero lo contaron en su día.

Todos ellos tienen algo en común, les une la guerra. Han olido el miedo, tocado la tristeza, saboreado el dolor y visto la muerte. Son reporteros y reporteras de guerra –si se permite utilizar esta expresión para simplificar- y han hecho de lo que en su día Sun Tzu llamó “El arte de la guerra” su modo de vida.

“Las guerras siempre empiezan mucho antes de que se oiga el primer disparo”. Ésta fue una de las frases más conocidas del periodista polaco Ryszard Kapuscinsky, pero, ¿quién es capaz de percibir el silbido de la primera bala? A pesar de la crudeza de las cifras, aunque el número de muertes, de secuestros, aunque la cifra de peligros no deje de aumentar, ellos y ellas han estado allí. La mayoría se han ido a hacer una cobertura de un país en guerra sin ningún tipo de colchón económico. Todos han decidido dar un paso adelante y arriesgar. Arriesgarse.

El riesgo añadido de la precariedad

El periodista Antonio Pampliega escribió un artículo en 2010 para el diario El País titulado Pagar por ir a la guerra, en el que explicaba las penurias a las que tenía que hacer frente por cumplir su sueño. ¡Hombre, por favor! Lo mínimo tendría que ser que ningún periodista espere meses para cobrar el trabajo que hizo arriesgando su vida en un país hostil como Afganistán, Siria, Libia, Irak, Ruanda o República Democrática del Congo.

Como dijo en septiembre de 2013 David Jiménez, corresponsal para El Mundo, “la crisis no puede ser una excusa para pagar 50 euros a alguien que se está jugando la vida en una guerra”. Por desgracia, parece que sí es así.

Gran parte de los reporteros y reporteras que cubren conflictos son freelance (autónomos), por lo que tienen que encargarse directamente de pagar un seguro (ninguna compañía nacional oferta seguros a la medida de quienes se van a un país en guerra), los gastos del viaje y la producción de la noticia, entre otras tareas.

Con “suerte”, hay quienes cobran entre 80 y 120 euros por una noticia, pero también están quienes van…se esfuerzan por sacar a la luz una información jugosa, útil, de interés y no les pagan nada. No sería la primera vez que un director de un medio dice: “No te pago pero, al menos, publicas con tu nombre”.

Los riesgos

La actualidad internacional, los riesgos, el periodismo, la gente, los viajes. Algo tiene el periodismo de guerra que lo hace tan especial. ¿Cómo puede ser que, a pesar de no estar demasiado pagado (o, ni siquiera, pagado) haya personas que sigan dedicando su vida a esa causa?, ¿qué hay detrás, para que estos y estas periodistas sigan persiguiendo guerras?

Como dijo Pampliega en su momento, “lo más importante es mi trabajo, no que yo sea o deje de ser conocido”. “Esto es una carrera de fondo y, al final, el trabajo de cada uno es el que hablará de lo que somos y hasta dónde podemos llegar”, añadía.

En la Universidad Carlos III de Getafe (Madrid), hace no muchos años, un profesor de periodismo decía que “es mejor trabajar como periodista sin cobrar, que no trabajar”. Idea de periodismo romántico, que dirían algunas personas. Esa frase adquiere un sentido totalmente distinto cuando tu vida está en juego, cuando tienes que pagar un alquiler o cuando te das cuenta de que los días transcurren, el mundo avanza y tú no. O eso pensarán algunas personas. Todos ellos y ellas son supervivientes, aunque muchos no se consideren como tal.

La periodista independiente Nuria Tesón, quien reside en El Cairo, afirmó en noviembre a El País que “a veces, la suerte cuenta, pero [cuenta] más el sentido común». Sin embargo, el sentido común no siempre impide que a los y las periodistas se les asesine, secuestre o encarcele.

En el 10º aniversario del asesinato de José Couso periodistas pidieron justicia ante de la embajada de EEUU en Madrid.

Balance 2013

De acuerdo con el último balance de Reporteros Sin Fronteras (RSF), 71 periodistas fueron asesinados en 2013 –un 20% menos que el año anterior- y los secuestros han aumentado “considerablemente”, un 129%. La organización también ha resaltado que Siria, Somalia, Pakistán y Filipinas son los países más peligrosos del mundo para desempeñar el periodismo.

En cuanto a la acción de los gobiernos para restringir la libertad de información, en 2013 descendió el número de detenciones de periodistas (826, un 6% menos que en 2012), blogueros o periodistas ciudadanos (127, 12% menos que el año anterior), pero hay países que se convierten en grandes cárceles para periodistas, blogueros y activistas que ejercen su derecho a informar con libertad.

China, con 30 periodistas y 70 internautas que sufren encarcelamiento por su labor, sigue siendo la mayor prisión del mundo para quienes informan. Un total de 28 periodistas permanecen, sin juicio y en condiciones inhumanas, en las prisiones de Eritrea. Turquía esgrime la lucha antiterrorista contra quienes ejercen el periodismo para llevarles a la cárcel y, aunque ha descendido el número de personas encarceladas, hay 27 profesionales en prisión en estos momentos.

Cierto es, apunta RSF, que las cifras de 2013 son similares a las de años anteriores, pero, precisa, las agresiones y amenazas han aumentado. En cuanto al número de periodistas secuestrados, el dato es angustiante. Se pasa de 38 en 2012 a más del doble en 2013, exactamente 87 y, al menos, 178 están en prisiones de China, Eritrea, Turquía o Irán. De esos 87, tres fueron capturados en Siria en septiembre de 2013: son los españoles Marc Marginedas, Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova.

¿Qué hay de las familias? Son las verdaderas sufridoras. Aguantan, apoyan, respaldan, soportan cada minuto olímpicamente. Desde el momento en el que sus hijos o hijas tomaron la decisión de dedicarse a este duro (y apasionante) oficio, desde que eligieron ese modo de vida, ellas han tenido que lidiar con los –claramente- sentimientos encontrados que genera dicha elección. Ver cómo un hijo lucha por un sueño e, incluso, llega a cumplirlo y, al mismo tiempo, lidiar con la dura y cruda realidad de no saber qué pasará. Aparte, la Federación Internacional de Periodistas (FIP) hizo hace unas semanas un llamamiento “a los gobiernos de todo el mundo para que terminen con la impunidad de la violencia ejercida contra los periodistas”. ¿Utopía? Hay quien prefiere cubrir un conflicto armado sin acreditarse como prensa. ¿Recomendable? Dentro del gremio, no todos opinan de igual manera.

En definitiva, esta profesión y, en concreto, el periodismo de guerra es sólo para unas pocas personas. No todo el mundo quiere, no todo el mundo puede dedicarse a esto. Hay que tener agallas. Y a toneladas.

Armada, Pampliega, Pérez-Reverte, Iriarte, Beriain, Jiménez, Meneses, Sánchez, Espinosa, Sistiaga, Couso, Anguita, Brabo, Leguineche, Marginedas, Gallego, Gil, Ayestarán, Carrasco, Bernabé, Tesón, García Prieto, Lobo, García Vilanova, Meneses, Calaf. Ellos y más son referencia. Puede que lo sepan. Puede que no. No obstante, lo realmente importante es que ellos, en su día, apostaron por esta profesión y debieron hacer un pacto consigo mismos para llegar al extremo de arriesgar lo más importante que tiene el ser humano, su vida, al servicio de la información.

Como diría el gran Enrique Meneses, “El periodismo es ir, escuchar, ver, volver y contarlo”.

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