Los disfraces del desamor: una mirada a los procesos de justicia restaurativa

Los lectores habituales ya conocéis a Enrique Pérez Guerra. En esta ocasión, comparte su visión sobre cómo los procesos de justicia restaurativa pueden favorecer o dificultar la sanación de las víctimas de abusos a menores dentro de la Iglesia

Imagen tomada del servicio de mediación de Córdoba.

Me llamo Enrique, fui nacido en Burgos, criado y abusado en Zaragoza y durante casi toda mi vida adulta (acabo de cumplir 67) he trabajado como empleado del Ministerio de Justicia en el menester de educador social de apoyo a la Fiscalía de Menores. Casado y padre, en mi currículo académico figuran las licenciaturas de psicología y pedagogía y dos másteres de criminología y victimología. Yo mismo he sido víctima: la violencia en casa me llevó a llamar, rogando ayuda, a una puerta equivocada: un carmelita descalzo dejó abierta para mí su celda. Era 1969 y yo tenía sólo doce años.

Escribo porque se están poniendo muchas expectativas, incluso ilusiones, en la justicia restaurativa. En los foros de víctimas de abuso eclesial aparece cada vez con mayor frecuencia este sintagma.

Empiezo por lo que debiera ser el final, las conclusiones, y desde ellas aconsejo:

  • No concibamos la justicia restaurativa como un acto concreto y circunscrito a una fecha y hora. Debemos contemplarla como todo un proceso de elaboración comunicativa. Primero, con nuestra vida; segundo, con quien fue (y sigue siendo) nuestro agresor sexual; tercero, con el entorno social al que pertenece este agresor (la Iglesia); cuarto, con nuestro propio entorno y, quinto, con toda la sociedad.
  • A lo largo de este proceso, nosotros tenemos la palabra. Somos o hemos de ser los protagonistas. Desde tomar la iniciativa para comenzarlo hasta dar el visto bueno para finalizarlo, manteniendo siempre la capacidad-autoridad para interrumpirlo. Cuando sintamos que vamos a remolque, hemos de saber que tal proceso de justicia restaurativa está siendo adulterado. Siendo niños-niñas en manos de estos monstruos fuimos privados de la facultad de decir “¡No!”. Ahora debemos erigirnos en dueños de nuestro “¡No!”.
  • Si no se nos convence de que hay en la parte victimizante una clara conciencia de culpabilidad y una empatía hacia nuestra experiencia victimaria, hemos de expresar que estamos siendo defraudados y que, en consecuencia, ponemos fin al proceso. Ya nos decían en catequesis: “Acto de contrición, dolor de los pecados, propósito de enmienda y cumplir la penitencia”. Que hagan suyas por una vez sus palabras.
  • Estemos atentos y rechacemos toda forma expresiva por parte de la Iglesia que contenga imperativos o prohibiciones: “Hay que superarlo”, “después de tanto tiempo, es mejor olvidar”, “tienes que pasar página”… Disfrazándose de las mejores intenciones, sólo pretenden devolvernos al silencio, nuestro eterno destierro.
  • Estemos atentos y rechacemos toda forma de minimización de su responsabilidad. “No fue más que una expresión de afecto”, “eso también sucede en otros ámbitos”… Aligerando su propia culpa pasamos a ser designados, de nuevo, como culpables.
  • El clero es muy proclive a una confidencialidad dentro de la cual todo lo que se está expresando debe quedar sellado dentro de una cápsula que aísla. Ése es su escenario comunicativo y no tiene que ser el nuestro. De hasta dónde queremos ocultar o publicitar, somos nosotros los dueños.
  • Habremos de ser acompañados por una persona conocedora de esta problemática e implicada a nuestro favor. Hasta las voces más levantiscas en esos momentos nos podemos silenciar. En mi caso sería por pena o, más probable, por simple cansancio.
  • Que el proceso de justicia restaurativa no llegue a su fin, en absoluto, ha de ser sentido como un fracaso nuestro. Tampoco si alcanza su final se debe ver en él la solución a todos nuestros pesares. Es más que conveniente adentrarnos en un proceso de este tipo pensando -sobre todo sintiendo- en términos de relatividad.

Mediación entre menores y bullying

Una experiencia que me acerca a la justicia restaurativa han sido las intervenciones de mediación que contempla la Ley Penal del Menor destinadas a la desjudicialización del procedimiento.

Para nada voy a poner en solfa la ley ni la voluntad de aquéllos a quienes corresponde llevarla a efecto, pero todo proceso de mediación destinado a acabar sentando a la mesa al menor de edad víctima de vejación delante del menor de edad promotor de la vejación, es muy propenso a la intoxicación. Voy a tomar ejemplos de las muchas denuncias de bullying que pasaron por mi mesa.

De entrada, los profesionales de la enseñanza. ¡Cuántas veces han defendido, sable en alto, una versión minimizadora de toda la sucesión de vejaciones: “No fue más que una riña de patio”!

Pongamos que, en el mejor de los casos, en la búsqueda de solución están presentes, generalmente, por iniciativa y tenacidad de la madre, el equipo de orientación del instituto o los servicios de atención primaria municipales y los organismos públicos competentes: los servicios de Protección de Menores (dependientes de la comunidad autónoma) y la Fiscalía de Menores (garante jurídico de los derechos del menor).

Desde mi experiencia diviso dos peligros: el primero, la ralentización; el segundo, la oficialización.

Me ha tocado escuchar tantas veces: “en su momento, le fue abierto el protocolo de riesgo”.Me parece muy bien esa apertura pero, después ¿ha sido designado un profesional de referencia, se ha iniciado alguna intervención, se ha hecho -al menos- una visita domiciliaria, alguien se ha puesto en contacto con el equipo del instituto, alguna entrevista…?

La representación oficial de una realidad doliente cobra total relevancia por encima de dicha realidad hasta ensombrecerla primero, esconderla después y acabar por verterla en el contenedor de basura.

Buena parte de las situaciones de acoso y vejación continuados en clase son “resueltas” con el traslado de la víctima a otro centro. El vulnerable y perjudicado lo vive como la designación pública de su culpa. Quien permanece es el agresor y quien tiene que irse es él. Imaginemos una ciudad en la que se produjesen muchísimas violaciones.

He echado mano del bullying porque lo conozco y porque puede servir como extrapolación con respecto al tema de las negras derivas por donde puede resbalar la justicia reparadora en el caso de la Iglesia y los abusos sexuales a manos de religiosos.

En definitiva, me permito aconsejar que, si se llega a impulsar una iniciativa de justicia restaurativa en nuestro ámbito, estemos atentos a las ocho recomendaciones del comienzo de este texto.

No voy de sabio. Son también consejos dirigidos hacia mí mismo. Mi yo cognitivo es muy resolutivo y hasta prepotente, pero mi yo emocional, cuando hablo delante de un rostro humano, se tambalea. Tengo todavía mucho de aquel niño.

Hará seis años me encontraba delante del actual obispo de Mallorca. Al final del encuentro en el palacio diocesano, me recomendó que pasara página. Me vino a la cabeza, en ese instante, la aseveración de otra víctima, en su caso de ETA, el periodista Gorka Landáburu: “¿Pasar página? ¡Sí! Pero antes de pasar página habrá que leer hasta la última letra de dicha página”.

El obispo fingió no haberme escuchado.

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