Maestras de vida: Egeria

Entre la realidad y el mito, la figura de Egeria, la religiosa gallega que en el siglo IV peregrinó desde Galicia a Jerusalén, es fascinante. Culta y aventurera, mística y poeta, Egeria es cada vez más reivindicada por los movimientos feministas católicos como una referencia ineludible. Marisa Vidal Collazo, de la Asociación Mulleres Cristiás Galegas Exeria y autora del libro Yo soy Egeria. Lectura feminista de un viaje en el siglo IV, nos cuenta su historia.

Mi nombre es Egeria… o Etheria, Aetheria… depende del códice en que me citen. Como la de tantas mujeres, mi historia estaba perdida… hasta que en 1885 Gian Francesco Gamurrimi encontró en Arezzo el Codex Aretinus 405, un códice copiado en el siglo XI en la abadía de Montecasino en el que yo misma relato mi viaje. Pero que sepáis que soy la primera escritora de Hispania y el mío es el primer libro de viajes.

El texto, un fragmento de diario fechado entre diciembre del año 383 y junio del 384, es la narración de una peregrinación de algo más de 3 años entre Gallaecia y Tierra Santa. En él voy contando mis impresiones a un grupo de mujeres amigas con las que he preparado el viaje antes de partir, y a las que voy dando cuenta detallada de mis descubrimientos.

Desde Gallaecia, atravieso los Pirineos por la Vía Narbonensis hasta Roma. De allí voy por mar a Constantinopla y por tierra a Jerusalén. Me establezco en Jerusalén para documentar un año litúrgico completo. Como no soy de estarme quieta, este trabajo lo compagino con excursiones cortas en las que, desde Jerusalén, visito lugares próximos que mis amigas y yo conocemos por las Escrituras. Me interesa de forma especial ver cómo se organiza un nuevo movimiento que está naciendo en la Iglesia y del que tenemos alguna noticia: la monástica.

¡Exacto! Habéis leído bien. A finales del siglo IV, en Gallaecia, hay un grupo de hermanas que nos dedicamos a estudiar la Escritura, que nos preocupamos por cómo organizarnos en comunidad religiosa y cómo celebrar nuestra fe del modo más ortodoxo posible. Por eso me envían de viaje a la otra punta del mundo, para que investigue y recoja por escrito todo lo que encuentre que nos pueda interesar.

La mía fue una época histórica convulsa (¿y cuál no?). En el siglo IV, el cristianismo pasa de ser religión perseguida a ser la única religión oficial del Imperio. Se redacta el credo en los Concilios de Nicea y Constantinopla, y se empieza a asentar la autoridad de la Iglesia de Roma. Las tensiones derivadas de estos procesos desembocan en Gallaecia en la persecución y ejecución de Prisciliano, obispo de Ávila, una prueba de cómo la Iglesia de Roma impone la ortodoxia sobre las diferentes costumbres cristianas que conviven en el Imperio. Acaba el siglo con la destrucción definitiva de la biblioteca de Alejandría, que marca la transición entre el mundo antiguo y el medieval.

Pero volviendo a mi escrito, imaginaos… Día tras día, después de cada jornada de viaje, con la emoción fresca de los encuentros y nuevos saberes, encendía mi candil, pluma y pergamino en mano, y anotaba. El fragmento del Itinerario que encuentra Gamurrini se inicia el sábado 16 de diciembre del año 383 en la falda del monte Sinaí. Estoy volviendo a Jerusalén después de visitar Alejandría y Tebas. No os imagináis la emoción de llegar a la cumbre del monte de la Alianza, subir al monte Nebot, desde donde Moisés avistó la Tierra Prometida y donde está enterrado. En Nebot también busqué la estela de la mujer de Lot que, por cierto, no está.

Entre febrero y marzo del 384 viajo de Jerusalén a Carneas, pasando por Sedima, la ciudad de Melquisedec, el lugar donde bautizaba Juan, y Tesbe, la ciudad del profeta Elías.

Entre marzo y abril del 384 fui a la Mesopotamia siria. Crucé el río Éufrates y fui a Edesa, hasta el sepulcro de Tomás (¿conocéis el evangelio de Tomás? Yo lo leí ante su tumba). Mi intención era ir a Ur de Caldea, la patria de Abraham, pero me recomendaron no cruzar el límite entre el imperio romano y el persa, así que visité el pozo de Jacob y me volví a Antioquía.

En mayo de 384, tres años después de haber llegado a Jerusalén, inicié el camino de regreso a mi tierra. Me desvío un poco del camino para ir a Seleucia a saludar a una amiga, la diaconisa Marthana, que dirige varios monasterios de mujeres en esa zona. Nos hicimos amigas en Jerusalén y en el viaje de vuelta me acerqué a conocer a su comunidad.

También visité la cueva de Santa Tecla, una gran mujer protagonista del Evangelio de Pablo y Tecla. Atravesé Asia (la actual Turquía) hasta Calcedonia, enfrente de Constantinopla, y allí concluí mi diario con la intención de ir a Éfeso para visitar el sepulcro del apóstol Juan.

Al diario de la peregrinación sigue una segunda parte en la que recojo las celebraciones litúrgicas y catequesis en la ciudad de Jerusalén. No sé si os dais cuenta de la importancia de este hecho: en aquel momento no hay catecismos, misales, diurnales… Todo eso vendrá después, a partir de las celebraciones de Cirilo, el obispo del que yo las estoy recogiendo.

Describo cómo son los oficios de cada día, de cada semana y las celebraciones de un año completo. Son las primeras celebraciones oficiales de la iglesia, en Jerusalén, la cabeza de la Iglesia, presididas por el propio Cirilo. De ellas derivarán los primeros misales, la liturgia de las horas… Está mal que yo lo diga, pero soy la primera referencia histórica de la liturgia cristiana y su calendario.

También describo los primeros templos erigidos por Constantino en Jerusalén: la Anástasis, el patio donde se venera la Vera Cruz, el martirium, que es la iglesia construida en el lugar de la crucifixión y enterramiento de Jesús; la Ecclesia elegans, enGetsemaní y la Eleona, la capilla de la Ascensión, situada en el punto más alto del Monte de los Olivos. Ninguno de ellos existe ya, por eso mis descripciones le sirven hoy de guía a los arqueólogos que trabajan en Tierra Santa.

A estas alturas ya veis que soy una mujer muy curiosa, una investigadora, movida por el deseo de conocer, de aprender y de profundizar en mi experiencia de fe. Mi vida se enriquece cada vez que me encuentro con personas que son auténticas maestras espirituales. Al acercarme a ellas también voy documentando el movimiento monástico. Nos interesa mucho, a mí y a mis hermanas, la transición del eremitismo al cenobitismo: cómo dejaron hombres y mujeres de retirarse solos en el desierto (eremitas) para empezar a vivir en comunidades.

Voy terminando mi relato, y dejo para el final lo que para mí es más importante: las destinatarias de mi escrito, un grupo de amigas y compañeras, todas mujeres, con las que comparto conocimientos sobre escritura, el interés por conocer, y también vida y experiencia religiosa. Que no os resulte extraño este hecho. En el mundo antiguo están documentadas varias comunidades de mujeres dedicadas al estudio de la fe, a la teología: Marcela de Roma o Paula la Mayor son buenos ejemplos. Sin ellas malamente Jerónimo podría haber llevado a cabo su trabajo de traducción al latín de los libros de la Biblia, la Vulgata.

Pero volviendo a mis amigas… somos un grupo solo de mujeres. Entre nosotras no hay jerarquías de ningún tipo (ni masculina ni femenina). Por encima de todo somos amigas y las quiero mucho. Por eso, las llamo señoras (dominae, dominae), hermanas (sorores), luz de mi vida (lumen meum), venerables hermanas (dominae venerabiles sorores), dueñas de mi alma (dominae animae meae).

Para haber podido llegar yo tan lejos ya podéis suponer que somos un grupo estable, con hondo interés teológico y cultural. Todas somos, unas para las otras, maestras cuidadoras y sabias. Por eso, cuando hablo de ellas lo hago con mucho cariño. Entre todas hemos preparado el viaje y a todas doy cuenta de mis descubrimientos porque quiero que ellas también sepan, quiero hacerlas crecer por dentro y que entre nosotras crezca la sororidad. En el grupo hay mujeres eruditas y también gente sencilla; por eso, aunque conozco el latín culto y griego, escribo con sencillez en la lengua coloquial que hablamos en Gallaecia porque, por encima de todo, quiero que me entiendan.

Muchas noches, en el silencio de mi habitación, las noto a mi lado, dándome ánimos. De algún modo, ellas viajan conmigo. Su recuerdo me ayuda a conjurar la soledad y la dureza del camino. Mi viaje, nuestro viaje, es un viaje hacia las fuentes de la Vida, hacia el amanecer. Pisar los lugares donde estuvo Jesús, recorrer el camino del pueblo que huía de Egipto, bajar a la cueva del sepulcro para volver a salir llena de luz… Así quiero yo a mis amigas. Así quiero el futuro para las mujeres en la Iglesia.

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