El cuidado como camino educativo

Durante los últimos meses, el movimiento Profesionales Cristianos (PX) ha recopilado entre sus miembros testimonios que hacen una lectura creyente de distintas realidades vitales y laborales, intentado aportar luz a situaciones social y humanamente complicadas. Gracias a su generosidad y al trabajo de Soledad del Cañizo, de nuestro Consejo de Redacción, podremos reproducir a lo largo de los siguientes meses algunos de esos textos que creemos pueden generar ese preciado elemento que siempre buscamos en Alandar: esperanza. El primero de ellos nos habla del trabajo en educación y de su relación con los cuidados.

“El cuidado es una expresión del amor que se hace servicio
y que asume la responsabilidad del otro.”
Fratelli Tutti
(n. 115)

Trabajo desde hace años en entornos de realidades sociales de pobreza y exclusión, y a lo largo de estos últimos años he ido creciendo en sensibilidad y empatía por estas realidades que, de alguna manera, han cambiado mi mirada y mi forma de entender esta sociedad de vidas normalizadas o del bienestar.

Actualmente desarrollo mi vida profesional y vocacional en un instituto de enseñanza secundaria (IES) de una barriada marginal de la ciudad de Badajoz. Cada mañana, cuando cruzo la puerta del centro, siento que entro en un espacio donde se entrecruzan la esperanza, la fragilidad y el deseo de un futuro mejor.

Mi día a día educativo está marcado por las luces y sombras propias de un contexto donde la pobreza y la exclusión social son parte del paisaje cotidiano. Aquí, la educación no es solo una tarea profesional; es un acto de fe, una llamada constante al cuidado y al compromiso.

En mis aulas conviven jóvenes que arrastran historias difíciles: familias con escasos recursos, padres y madres que luchan por llegar a fin de mes, hogares donde la inestabilidad laboral o emocional deja huella. Muchos de mis alumnos llegan cada día con mochilas cargadas no solo de libros, sino de silencios, heridas y sueños por cumplir.

Sin embargo, junto a esas sombras, también descubro signos de vida y esperanza: una sonrisa que se abre, un gesto de superación, un alumno que decide volver a intentarlo, compañeros que no se rinden… a pesar de que la propia estructura educativa y sus infinitos protocolos no ayudan mucho a esta tarea.

Como educador, me pregunto con frecuencia qué es lo que más me motiva de mi profesión y si tiene algo que ver con el cuidado. Y descubro que sí. Me motiva acompañar, escuchar, estar cerca. Me motiva creer en ellos incluso cuando ellos aún no creen en sí mismos. En medio de las limitaciones y el cansancio, me doy cuenta de que educar es cuidar: cuidar las mentes, cuidar los vínculos, cuidar los sueños.

Cuando contemplo esta realidad desde la fe, trato de leerla con los ojos de Jesús Maestro. Él caminó entre personas marginadas, entre jóvenes sin rumbo, entre pueblos olvidados. Su forma de enseñar era profundamente humana: miraba, tocaba, se conmovía. No transmitía solo ideas, sino esperanza. En muchas ocasiones me siento llamado a seguir su estilo, a ser un docente que enseña, pero, sobre todo, que acompaña con ternura.

A veces lo descubro en el silencio atento de un alumno que por fin se atreve a hablar; otras, en la complicidad con un compañero que comparte el mismo deseo de transformar la realidad. Y también en esos momentos de agotamiento en los que, al mirar al crucificado, recuerdo que la entrega diaria, silenciosa y constante también es parte del Evangelio.

A lo largo de todos estos años, he comprendido que no puedo cuidar si no me cuido. La docencia, especialmente en contextos de vulnerabilidad, exige una entrega que puede desgastar. Por eso busco momentos de silencio, oración y descanso que me permitan mantener viva la vocación. Cuidar mi cuerpo, mi mente y mi espíritu es también una forma de fidelidad al Evangelio.

El aula y el claustro son espacios donde se construye comunidad. Intento fomentar relaciones de respeto y apoyo entre mis alumnos, promover el trabajo en equipo y escuchar sus historias sin juzgar. Con mis compañeros, procuro caminar desde la colaboración y la empatía, porque nadie educa solo.

En nuestra tierra extremeña, tan unida al campo y a la naturaleza, siento la llamada a educar también en el amor a la creación, desde esa invitación que nos hace Francisco en su encíclica Laudato Si’, en su número 142: “La educación ambiental tiende a crear una ciudadanía ecológica, que no se reduce a información, sino a hábitos de cuidado y respeto”. Con mis alumnos promovemos pequeños gestos: cuidar el entorno del centro, reciclar, respetar los espacios comunes, un hueco educativo, y comprender que nuestra casa común es reflejo del amor de Dios.

El Evangelio ilumina esta mirada: “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Mi fe me impulsa a actuar: hacer del IES Reino Aftasí un espacio de Reino, un lugar donde cada persona se sienta vista, valorada y acompañada.

A diario, dedico tiempo a escuchar a mis alumnos más difíciles, trabajar por una convivencia basada en el respeto y la justicia, promover proyectos de inclusión y sostenibilidad, cuidar mis palabras, mis gestos y mi mirada para transmitir confianza, y colaborar con familias y asociaciones del barrio de San Roque.

A veces, para inspirarme, escucho canciones como Color esperanza de Diego Torres o La cara amable del mundo de Rozalén, que muestran cómo un gesto de confianza puede transformar vidas. Mi deseo es que mi presencia como docente sea un instrumento de cuidado, consuelo y fe en el futuro.

Hoy puedo decir que en mi labor docente he aprendido que Dios sigue actuando en los pasillos del instituto, en cada conversación, en cada intento por acompañar, en cada mirada que se ilumina. Él está ahí, discretamente, recordándonos que el Reino también se construye con tizas, cuadernos y paciencia.

La educación, vivida desde la fe, es una forma de discipulado: seguir a Jesús Maestro cuidando la vida. En una sociedad marcada por la prisa, la competencia y la fragmentación, la comunidad educativa está llamada a ser oasis de cuidado: lugares donde se aprenda a convivir, a escucharse, a respetar los ritmos y las diferencias.

En la barriada de San Roque, donde la necesidad se mezcla con la esperanza, siento que mi tarea es ser presencia de ese Dios que cuida, que acompaña y que sigue creyendo en la humanidad. Porque educar es creer en el otro, y al creer en el otro, creo también en el Dios que nunca deja de cuidar.

Como dijo el papa Francisco en su Discurso al Congreso Mundial de Educación Católica en noviembre de 2015: “Educar no es solo transmitir ideas, sino construir una comunidad que cuida, que acompaña y que integra.”

(Las fotos que ilustran el texto han sido extraídas de la página web del IES Reino Aftasí).

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