Rafael Narbona ha sido profesor de filosofía durante más de veinte años. En la actualidad es escritor, crítico literario y columnista. Autor de nueve libros que abarcan desde el ensayo hasta la ficción, entre los que destacan Peregrinos del absoluto(2020), Maestros de la felicidad(2024) y el que nos reúne, Elogio del amor(2025). Lo encontramos, junto con su mujer Piedad, en uno de los escenarios amados que menciona en el libro, el parque del Oeste, dispuesto a defender el amor como pilar fundamental de nuestras vidas, en una época en la que muchos incluso niegan su existencia.

En “Inventario de lugares propicios al amor” Ángel González describe la dificultad de amar en el contexto de la posguerra, y concluye con los siguientes versos: Queda el recurso de andar solo/ de vaciar el alma de ternura/ llenarla de hastío e indiferencia/ en este tiempo hostil propicio al odio. ¿Seguimos encontrándonos en un tiempo hostil y propicio al odio? ¿Por qué necesitamos actualmente una defensa del amor?
Algo muy curioso y revelador es que Elogio del amor ha vendido muchísimo menos que mi anterior libro, Maestros de la felicidad, que lleva seis ediciones y más de 20.000 ejemplares vendidos, en parte porque mucha gente lo ha interpretado como un manual de autoayuda que le podía proporcionar las claves para ser feliz.
Lo que interesa es el bienestar individual, y el amor es todo lo contrario. Una periodista amiga mía me dijo con toda claridad: «A la gente no le interesa el amor, porque la gente ya no cree en el amor». De hecho, en redes sociales he encontrado muchos comentarios del tipo «el amor es una mentira», «el amor no existe, es una ilusión». Si hubiera escrito algo titulado La mentira del amor o El negocio del amor, probablemente habría vendido más. Eso dice mucho de la época.
Una época en la que conviven los mitos tradicionales del amor romántico con nuevas tendencias como el poliamor.
El poliamor me parece la quintaesencia del capitalismo aplicada a las relaciones humanas. Consiste en reducir a la otra persona a la condición de objeto: la consumo mientras me resulta sexualmente atractiva y, cuando deja de excitarme, busco a otra. Los estudios dicen que ese período de atracción inicial dura aproximadamente dos años.
Ya conozco muchos casos de personas que cada cuatro o cinco años cambian de pareja sin llegar a construir nunca un núcleo afectivo estable. Y eso tiene consecuencias reales, como que en la vejez la gente se queda sola. En Japón, el 13% de los presos son personas mayores de 75 u 80 años que cometen pequeños delitos para entrar en prisión, porque allí al menos tienen compañía, una celda decente y actividades. El Ministerio de la Soledad japonés existe por algo. El ser humano es un animal social, y la necesidad de afecto es casi tan perentoria como la de alimento.
El amor es un concepto muy complejo de definir que, a lo largo del libro, vas alumbrando desde diferentes perspectivas. Por eso, quizá sea más fácil empezar por la vía negativa: ¿qué no es el amor?
Lo primero que hay que decir es que el amor no es únicamente la pareja. Amas a tus padres, a tus hijos, a tus amigos, a tus vecinos; deberías amar a los animales, a la naturaleza, a la verdad, a la belleza. El amor tiene muchos objetos, como bien desarrolló Erich Fromm en El arte de amar. Pero, en esencia, el amor prioriza siempre el bienestar ajeno. Su contrario no es el odio, sino el egoísmo en todas sus formas: la indiferencia, la falta de empatía, no conmoverse con el dolor del otro…
Las cartas de San Pablo lo dicen con una radicalidad que sigo encontrando asombrosa: «Si no tengo amor, no soy nada». Hay incluso quien dice que, en cierto sentido, el amor es egoísta, pues siempre enriquece, pero también hay un amor que es sacrificio y entrega total, que ahora mismo cuesta especialmente, porque hay una inercia enorme hacia el egocentrismo. No obstante, el amor tampoco puede ser un sacrificio que produzca amargura. Si cuidas a tus padres por puro sentido del deber, pero eso te genera resentimiento, eso no es un acto de amor. El amor que se hace con alegría, con espontaneidad, sin pesar, es el que te hace crecer interiormente.
Hablas del cuidado de los afectos como la vía más directa hacia la felicidad. ¿Por qué cuesta tanto hoy en día?
Porque vivimos en un modelo cultural donde todo se reduce al valor de mercado, incluido el ser humano. La mirada cosificadora, que no es solo la machista (también existe en las mujeres), busca en el otro un objeto que confiere estatus o que cubre una necesidad inmediata. Mientras no seas capaz de amar la fragilidad y la vulnerabilidad del otro, no entenderás lo que significa realmente amar. Hay parejas que me parecen admirables precisamente por eso: una persona que le cede un riñón a su compañera, dos amigos que llevan décadas hablando a diario desde ciudades distintas y que se acompañaron en la enfermedad y en la pérdida. Eso es amor: no la intensidad del principio, sino la constancia y la entrega.

En tu libro también hablas de la influencia del Romanticismo en nuestra concepción actual del amor ¿Cuáles son los peligros del apasionamiento romántico?
El amor romántico se basa en idealizar al otro y convertirlo en un absoluto en el que proyectas todas tus carencias. Lo ilustro en el libro con Vivien Leigh, que tanto en la pantalla como en su vida fue víctima de esa dinámica. En Lo que el viento se llevó, el personaje de Scarlett O´Haraidealiza a un hombre que resulta no ser lo que ella creía, lo que le impide desarrollar un amor maduro. En la vida real, dejó a su primer marido y se enamoró perdidamente de Laurence Olivier, con el que tuvo una relación de intensidad extrema y violencia recíproca que les hizo muy desgraciados.
Si el amor es sano, no duele. Al revés, debe curar, proporcionar serenidad, autoestima, estabilidad. Muchas veces se confunde el amor con un estado neurótico donde el otro debe colmar todos tus vacíos, planteamiento que siempre desemboca en el fracaso y una relación tormentosa. Lo primero cuando amas es comprender que el otro es imperfecto, que te va a defraudar en algún momento.
En El banquete, obra en la que se intercambian diferentes teorías sobre el amor, el personaje de Alcibíades irrumpe al final del diálogo, confesando su enamoramiento hacia Sócrates e ilustrando el famoso verso de “Quien lo probó lo sabe” ¿Puede el amor aprenderse, o solo puede vivirse?
Alcibíades era un personaje de cuidado, pero tenía experiencia amorosa. Aunque yo creo que en el Banquete quien mejor explica lo que es el amor es Diotima (a través de Sócrates) que lo considera una búsqueda de lo bello y lo bueno, que parte de nuestra necesidad del otro, algo con lo que estoy completamente de acuerdo, pues no estamos hechos para la soledad: incluso los eremitas buscan la compañía de Dios.
Volviendo a tu pregunta, creo que hay un componente racional en el amor que a menudo se niega. Una relación de pareja tiene que tener cierta base común: valores, intereses, un proyecto compartido. No digo que haya que buscar al otro como si fuera un currículum, porque el amor no solo se busca, sino que a veces también te encuentra; el azar juega un papel enorme.
Hay muchas personas con las que podrías ser feliz; lo que pasa es que vas construyendo con unas, y no con otras. Y lo que sí puedes hacer es cultivar la capacidad de amar, de escuchar, de ceder, de priorizar al otro. Eso sí se aprende, o al menos, se practica. Pero la idea de la media naranja como destino único me parece un mito que, por cierto, no existe en todas las culturas, y los mitos siempre tienen los pies de barro; antes o después, se derrumban.
Además de tu pasión por el cine y la música, la literatura aparece también como uno de los grandes amores de tu vida. ¿Puede el arte salvarnos?
Para mí, la literatura fue literalmente un hogar. Tuve una adolescencia difícil: mi padre murió cuando yo tenía ocho años, mi madre estaba siempre desanimada, tenía una hermana con discapacidad, y el mundo adolescente (las discotecas, el alcohol, las peleas…) no me interesaba en absoluto. Me sentía muy solo. Hasta que con dieciséis años cayó en mis manos Crimen y castigo de Dostoievski, y aquello fue una auténtica conmoción. Dije: esto es diferente, aquí están las grandes preguntas sobre Dios, el bien, el mal, la redención. Encontré un espacio que habitar y donde sentirme acogido.
Para mí el libro es como entrar en un recinto donde te sientes abrazado y reconfortado. Tengo veinte mil libros; no los he leído todos, pero su sola presencia física me proporciona paz. Mario Vargas Llosa me contó algo parecido: siendo adolescente en una academia militar, pasaba las noches de guardia bajo la lluvia sostenido por la lectura de Los Miserables. El arte no es una mera evasión, sino que proporciona sentido a la vida, nos ayuda a tener metas, nos aporta momentos de felicidad, nos acompaña en nuestro dolor…
En el libro explicas cómo, ante determinadas circunstancias como la que te lleva a emprender la escritura de Elogio del Amor, el diagnóstico de cáncer de tu mujer Piedad, lo que surge es “hambre de luz” que os lleva a explorar autores como Saint-Exupéry, normalmente denostados o considerados infantiles.
Hay quien asocia el optimismo y la bondad con la ingenuidad, y el pesimismo con la lucidez, pero es una trampa cultural. Si dices que la vida es una porquería y el amor no existe, pareces sabio. Si dices que la mayoría de las personas son buenas y que el amor es posible, se te tacha de ingenuo.
En el libro cito a Rutger Bregman, el historiador holandés que en Dignos de ser humanos desmonta el mito de que el ser humano al desnudo se comporta como un salvaje. Los casos realescomo, por ejemplo, los supervivientes de los Andes o los niños que se quedaron realmente atrapados en una Isla, como en El señor de las moscas, demuestran lo contrario: los más fuertes cuidaron a los más débiles, todo se compartió, la solidaridad les ayudó a sobrevivir. El pesimismo se ha ganado una reputación de profundidad que no siempre merece.
Por otra parte, creo que el ser humano también tiene hambre de trascendencia y sed de infinito, y yo, que he tenido experiencias cercanas a la muerte que cuento en otros libros, no puedo evitar pensar que somos algo más que materia, y que el cuerpo permanece, de otra forma, en lo que se llama el cuerpo espiritualizado, donde tú todavía puedes abrazar a los tuyos. Además, como decía George Steiner, el gran arte es donde aparece Dios, y yo creo que el amor es lo que da sentido, pero también una forma de trascendencia; es la huella de Dios en el mundo.

Con respecto al amor a Dios, otro de los pilares del libro, hay una cita que me parece especialmente interesante en estos tiempos de espiritualidad individualista: “El amor a Dios sólo es fructífero cuando se convierte en compromiso con el otro, cuando se mancha con el barro de la vida”.
La mayor desgracia del cristianismo fue ser absorbido por el Imperio Romano, que crea una estructura vertical donde el Papa es una réplica del Emperador y se convierte a Dios en un fetiche todopoderoso ante el que hay que humillarse. Ese no es el Dios de Jesús. El Dios de Jesús es Padre y Madre, se acerca a nosotros a través de la pobreza y la humildad, vive sin lugar donde reposar la cabeza, se rodea de mujeres, a las que se dirige y trata como iguales, algo escandaloso para su tiempo, y propone una comunidad horizontal donde ser el primero significa ser el servidor de todos.
Por tanto, si quieres encontrar a Dios, busca a alguien que sufre y dale un abrazo. Precisamente lo que hace Jorge, el párroco de mi barrio con los inmigrantes que acoge, o lo que hicieron Monseñor Romero o Rutilio Grande, que perdieron la vida por defender a los más humildes, o las cuatro misioneras asesinadas en El Salvador de las que nadie habla. Eso sí me parece el cristianismo. Emmanuel Lévinas lo dice filosóficamente: no somos seres para la muerte, sino seres para el otro. Cuando miras el rostro del otro, experimentas de manera espontánea la urgencia de respetar su vida. Dios se manifiesta a través de la vulnerabilidad del otro.
En el libro terminas con La casa encendida de Luis Rosales, un libro que aborda el tema del amor y la muerte dejando una puerta abierta a la esperanza.
Es uno de los mejores poemarios de la literatura española, aunque no suele leerse mucho por tratarse de un poeta católico y asociado al falangismo. Además, durante mucho tiempo, se le acusó de haber estado implicado en el asesinato de García Lorca, lo que resultó ser falso.
Es un libro que surge como respuesta al duelo y a la pérdida. En las palabras de Luis Rosales, “Las personas que no han sufrido son como iglesias sin bendecir”. El sufrimiento te puede destruir, pero también te abre a los demás, y te ayuda a ser más empático y compasivo. Como para Jesús, el sufrimiento es una forma de llegar al otro y Rosales que considera que “la palabra del alma es la memoria”, a través de la evocación y el recuerdo va reencontrándose con personas queridas a las que ha perdido, como su amigo Juan Panero, o su madre, a la que dedica el libro y, a lo largo del mismo, irá iluminando las diferentes estancias, hasta terminar de construir esa casa encendida, en la que “todo permanece porque Dios lo quiere”.
En mi caso, por ejemplo, me acuerdo de que la noche antes de que se muriera mi padre, dimos un paseo justo por aquí. Estuvimos hablando de accidentes geográficos, de las constelaciones, y yo me sentía el niño más feliz del mundo: fue una noche mágica. Y yo creo que aquello era como un mundo que jamás va a desaparecer, pues considero que la eternidad es una especie de perspectiva donde ya no hay presente, pasado y futuro, donde de alguna manera participamos de la visión que tiene Dios de las cosas, donde todo se ve simultáneamente y lo bello, lo bueno y lo verdadero permanecen y perduran.
