El Camino de Santiago es una oportunidad de caminar también al encuentro de los demás y de uno mismo, es algo que afirman los peregrinos de todos los tiempos. 499.239 personas hicieron el Camino en el 2024. En el mes de septiembre, a esa oleada continua se añadieron más de 200 presos de toda España. Un voluntario de la Pastoral Penitenciaria reflexiona sobre la experiencia.

Porque estaba en la cárcel y vinisteis a mí
El pasado mes de noviembre, Francisco, en el transcurso de una audiencia con seminaristas navarros, que le habían hecho entrega de un pañuelico de los Sanfermines, les dijo que, sobre todo, no olvidaran visitar las cárceles. Si lo hacéis, les dijo, os pasará como a mí cuando salgo de visitarlas y pensaréis: “¿Por qué ellos y no yo?”
Que el Papa no olvida a la población reclusa se ha hecho patente al ser el primer pontífice que, con motivo de un Año Jubilar, ha abierto una Puerta Santa no en una basílica sino en el interior de una cárcel, la de Rebibbia, con un mensaje lleno de esperanza y compasión: que la apertura de esa puerta nos ayude a emplear nuestras manos para agarrarnos a la soga de la esperanza y abrir nuestros corazones a los demás. Unos días después, el arzobispo de Madrid, siguiendo los pasos de Francisco, abrió en la cárcel de Soto la primera Puerta Santa en esa archidiócesis, dos días antes que la de la catedral de la Almudena.
Visitar las cárceles es adentrarse en un mundo muy alejado de los estereotipos que se usan.
Normalmente se presentan en sus aspectos más sórdidos porque se utilizan en debates sobre seguridad ciudadana en los que priman las ideas de los reclusos como elementos irredentos de la sociedad que se benefician de la (imaginaria) lenidad de nuestras leyes y autoridades o sirven de argumento a obras de ficción cuya finalidad no es la de informar sobre lo que sucede en una prisión sino contar historias dramáticas. Sin embargo, estoy seguro de que cualquier voluntario de la cárcel de Soto suscribiría mi afirmación de que el sentimiento que predomina es el de solidaridad con los reclusos, pues si en todos las órdenes de la vida se cumple el aserto de que “pobre del pobre”, es en las situaciones críticas, y la cárcel es una de ellas, donde esa afirmación es todavía mucho más evidente: incapacidad para recurrir condenas por dificultad de encontrar abogados más allá de los de oficio, obtener permisos por falta de domicilio de referencia o acceder a la prisión condicional por motivos similares.
Compartir con los internos de cualquiera de los módulos de la prisión es sumergirse en un mundo de soledades, preocupaciones por la familia, por el futuro.
Una realidad de circunstancias anteriores al ingreso en prisión que disipan la tentación de juzgar y evocan una frase de Milan Kundera, sobre que no hay ser humano cuyos actos en la vida no puedan organizarse como biografía de un gran hombre o de un miserable. Muchas veces volviendo a Madrid desde Soto me entretenía pensando en circunstancias de la vida cotidiana, por ejemplo, una infracción de tráfico con consecuencias trágicas que podría desembocar en una condena, haciendo totalmente pertinente la pregunta de Francisco: ¿Por qué ellos y yo no…?

Caminando a Santiago como parte de la reinserción
El contacto frecuente con los pequeños de la Tierra (indigentes, enfermos, presos…) se traduce en una solidaridad con ellos que hace que, al salir del comedor social, el hospital o la cárcel, nos invada un sentimiento ambivalente: por una parte, agradecimiento a Dios por no estar en esas circunstancias y poder mitigar de alguna manera su sufrimiento y, por otra, de desazón por reintegrarnos a una vida mucho más cómoda que la que dejamos atrás.
Como parte de las actividades tendentes a facilitar la inserción de los internos en la vida más allá de los muros de la cárcel, la Pastoral Penitenciaria, en colaboración con la Secretaría Gral. de Instituciones Penitenciarías, incluyó hace ya unos años hacer el Camino de Santiago con reclusos de diferentes centros. El 30 de setiembre, el director de la cárcel de Soto del Real despedía a un grupo de catorce reclusos, tres funcionarios, dos trabajadoras sociales, el capellán, el padre Paulino y un voluntario que, a bordo de dos furgonetas y un coche, salíamos hacia Samos para comenzar al día siguiente en Sarria. En cinco jornadas, nuestro Camino de Santiago nos iba a llevar hasta la catedral de Santiago de Compostela, donde se iba a celebrar una misa a la que asistirían doscientos reclusos llegados de otras doce cárceles españolas.
El día del viaje a Samos no empezó muy bien porque el cocido maragato que íbamos a comer en Astorga lo tuvimos que sustituir por unos bocadillos en la gasolinera, donde esperamos a que nos trajeran la furgoneta que iba a sustituir a una averiada al poco de salir. El buen ambiente que reinó en el grupo minimizó la incidencia. La homilía del capuchino en la maravillosa iglesia de O Cebreiro, reforzando la idea de la presencia del Espíritu en el Camino como vehículo de solidaridad entre los caminantes, sirvió para cohesionar aún más y crear vínculos de afecto en un grupo de personas que solo compartían el estar recluidos en una prisión. Desde ese momento, todo lo que sucedió: días de sol y de lluvia, momentos de cansancio y de descanso, fortaleza al comenzar las etapas y cansancio al final del día, tentempiés reparadores a mitad de cada etapa, pulpo y cachelos en Melide, chaparrón inmisericorde en Santiago, plenitud en los acantilados de Finisterre, cocacolas en Tira do Cordel, unos cuantos valientes bañándose en la playa Paulino, paella junto al monumento a los emigrantes, reunión maravillosa en el albergue de Santiago después de cenar con mensajes de las familias de todos los internos, contribuyó al éxito a una experiencia de los que tuvimos la suerte de compartirla.
Catorce historias diferentes con una curiosa coincidencia: nadie esbozó la mínima excusa, todos asumieron que habían cometido una equivocación y que lo que querían era salir a la calle para recomenzar su vida.
Durante esa semana tuve la ocasión de hablar largo y tendido con mis compañeros de peregrinación; fueron catorce historias diferentes con una curiosa coincidencia: nadie esbozó la mínima excusa, todos asumieron que habían cometido una equivocación y que lo que querían era salir a la calle para rehacer su vida. Qué pena ver que al llegar a Soto los internos fueron cacheados y devolvían unos móviles que les habían permitido comunicarse con la libertad que, de nuevo, iba a volver a ser cercenada.
He hecho cinco veces el Camino desde Saint Jean Pied de Port, tres desde Sarria y, cada año, el día del Corpus, la etapa que cruza el Pirineo. Siempre había pensado que lo más hermoso del Camino era la ambivalencia de conjugar la posibilidad del encuentro con uno mismo, con la certeza de ser una gota de agua en medio del río caudaloso formado por todos los peregrinos a lo largo de la historia. Después de esta experiencia con mis amigos de Soto, siento que esa ambivalencia se ha transformado en el convencimiento de que, precisamente, a través de la solidaridad con mis compañeros de viaje, es como más me he encontrado a mi mismo.
