Por Miguel Ángel Vázquez, Lala Franco y David Álvarez

Cuando nos embarcamos en el ciclo electoral con mayor número de citas de nuestra democracia y del que dependerá el rumbo político y social de la próxima década, con una ultraderecha naciente queriendo apropiarse de determinadas esencias católicas, queremos detenernos a reflexionar sobre nuestra responsabilidad frente a las urnas de la mano de Victoria Camps, Pedro José Gómez Serrano y Rafael Díaz-Salazar.

Antes de nada, ¿existe el voto creyente? Y, de ser así, ¿sigue teniendo relevancia la fe de cada uno a la hora de decidir la papeleta que meteremos en la urna? ¿Condicionan nuestras creencias y las indicaciones de la jerarquía católica nuestras decisiones políticas o tienen más peso otras realidades y otros discursos? En un momento en el que las propuestas conservadoras y las nuevas fuerzas de ultraderecha se abanderan de cierta religiosidad cristiana para defender una determinada visión del Estado parece relevante, cuando menos, hacerse estas preguntas. Aún sabiendo que el desarrollo de las mismas, más allá de lo arraigado en una religiosidad tradicional, difícilmente encontrará su respuesta en partidos que defiendan la exclusión o que no tomen como base la radicalidad evangélica de poner a la persona empobrecida en el centro.

¿Existe el voto creyente? Eso preguntamos a tres expertos

Foto: Arnaud Jaegers

Propuestas que saben indefectiblemente a pasado y debates ya cerrados por una sociedad madura como los relacionados con las personas LGTBi+ o los supuestos del aborto vuelven a la palestra de la mano de una derecha que trata de buscar su lugar en el nuevo escenario que lleva creando Europa desde hace algunos años. Lo hacen, además, identificándose como aquello que representa más definidamente al votante cristiano. Sin embargo, otros temas bastante más urgentes y ajustados a nuestro tiempo como el colapso climático o la crisis por la que hacemos pasar a las miles de personas refugiadas que se ahogan en nuestras costas no parecen evocar, en sus discursos, al voto creyente. Todo esto siendo cuestiones en las que el propio Papa Francisco se ha posicionado en numerosas ocasiones y de manera clara.

Parece evidente que el sentimiento religioso volverá a ser trinchera involuntaria en los dos meses cargados de elecciones que tenemos por delante. Por eso, para despejar dudas y profundizar en estos usos que se hace de la fe para despertar determinadas pulsiones electorales, hemos querido acercarnos a las voces de tres personas expertas para saber más. En concreto son las voces de Pedro José Gómez Serrano, Rafael Díaz-Salazar y Victoria Camps.

Pedro José Gómez Serrano es profesor de la facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Complutense, especializado en temas de desigualdad y pobreza, Cooperación Internacional y Ecología y consumo responsable. Es miembro del Consejo Científico de la Fundación FOESSA. Aúna su conocimiento de los mecanismos económicos con una reflexión cristiana exigente sobre las aportaciones a realizar desde este campo en el combate contra la desigualdad. Es autor, entre otros, de ‘Teología y Economía’, ‘España en el contexto internacional’ o ‘Nos sobran los motivos, una invitación al cristianismo’.

Rafael Díaz-Salazar es profesor en la facultad de Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid y pertenece al Consejo asesor de la Revista Internacional de Sociología. Reconocido como renovador de la Sociología de la religión, ha reflexionado y escrito ampliamente sobre la aportaciones de las religiones a cultura de la Laicidad; defiende la autonomía y, a la vez, la cooperación de las confesiones religiosas con los estados y los movimientos de la sociedad civil. Entre sus libros, ‘España Laica’, ‘Democracia laica, religión pública’ y ‘El factor católico en la política española’.

Por su parte, Victoria Camps es doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona y sirve como Consejera Permanente del Consejo de Estado. En el año 2013 impulsó junto a otras firmas el documento ‘Llamamiento a la Cataluña Federalista y de Izquierdas’, de donde surgió la asociación Federalistes d’Esquerres de la que es vicepresidenta. Aparte del federalismo, entre sus mayores aportaciones realizadas a la teoría política están las relacionadas con el feminismo, la educación y la bioética. Entre sus títulos más destacados se encuentran ‘Virtudes públicas’ y ‘El gobierno de las emociones’.

Sin duda todo un lujo contar con la visión generosa de estas tres personas en las páginas de Alandar.

Influencia de la Iglesia

La primera reflexión a la que les invitábamos trataba de responder a cuestiones acerca de cómo ven la influencia de la Iglesia como colectivo ante los procesos electorales (tanto la más jerárquica como la de base): ¿Sigue movilizando?, ¿Tiene o tendría algo que decir ante los tiempos históricos que vivimos?, ¿Se podría esperar más de ella?, ¿Tendría por el contrario que ser más pasiva?

En opinión de Pedro José Gómez Serrano, “aunque la pérdida de miembros y el proceso de secularización ha reducido la influencia social de la Iglesia, ésta no puede ni debe renunciar a su presencia pública. La acción política de la Iglesia tiene que desarrollarse intensamente en planos distintos que implican posicionamientos diferentes.

La acción más importante de la Iglesia como institución es la de generar entre sus miembros personas comprometidas con el bien común, la participación ciudadana, la defensa de los derechos humanos, la promoción de la justicia y la opción por los pobres o más vulnerables. En un contexto marcado por el individualismo posesivo, esta acción pre-política o educativa resulta crucial. Sin valores compartidos no cabe democracia”.

Desde esta perspectiva, para Gómez Serrano “la jerarquía no debe entrar en cuestiones partidistas, pero sí interpelar a los partidos para que sean atendidos los desafíos sociales más importantes, desde las necesidades de los últimos y del interés general, así como denunciar las violaciones de los derechos ciudadanos o la degradación de la calidad democrática de las instituciones.

Las comunidades cristianas pueden y deben realizar acciones y signos proféticos que denuncien lo que deshumaniza a la sociedad y apunten hacia un futuro integrador y fraternal. Sus acciones simbólicas provocarán y exigirán que los partidos tengan que incluir en su agenda las exigencias de la solidaridad.

Los bautizados, a titulo individual, deberán votar a aquellos partidos que, en general, presenten un programa que integre los principales valores evangélicos. Pero, como estos valores son profundamente alternativos y pueden jerarquizarse y articularse de modos legítimamente diversos -así como las medidas posibles para plasmarlos en la realidad- resulta imposible imaginar que el Evangelio se va a identificar con el programa de cualquier partido. Por ello, cada cristiano está obligado a elegir en conciencia, entre las diversas propuestas, la que le parezca “mejor” o “menos mala”. En mi opinión, siempre será preferible votar a no hacerlo.

Algunos creyentes pueden tener vocación política que debemos fomentar pues, aunque la “caridad política” parezca más abstracta que la interpersonal, es la que más puede hacer para establecer una sociedad justa. Necesitamos personas que se comprometan a practicar la política con fines, medios y estilos evangélicos”.

Sin embargo, en la visión de Victoria Camps, “la Iglesia como tal no debe tener influencia en los procesos electorales. Otra cosa es que un grupo de cristianos quieran expresar su opinión sobre algún tema significativo electoralmente. Eso me parecería adecuado”.

En una línea parecida se posiciona Rafael Díaz-Salazar cuando afirma que “los períodos electorales no son los más apropiados para la intervención de la Iglesia. Su acción se ha de situar en los ciclos entre elecciones. Se vota según la mentalidad y la opinión ante determinados problemas sociales. Estas se configuran en ámbitos no estrictamente políticos, pero que son esenciales para la orientación del voto. El auge de la xenofobia y la aporofobia en las derechas no la pueden desmontar los partidos, sino otras instancias que incidan en la configuración de la personalidad. El gran fracaso de las Iglesias europeas ha sido y sigue siendo su incapacidad para generar una mutación antropológica centrada en una cultura samaritana. Tampoco han alentado una política y una economía que tengan como objetivo que los “últimos sean los primeros” y no las clases medias”.

Incidiendo en esta idea, Díaz-Salazar señala que “la jerarquía debe practicar la abstinencia discursiva en tiempos electorales. Son los laicos quienes han de tener el protagonismo. En el catolicismo existen culturas políticas diversas y antagónicas. En la sociedad civil es muy relevante el sector cristiano que cotidianamente trabaja en tres ámbitos: solidaridad internacional, pobreza y precariedad laboral. Estos problemas no son los prioritarios en la política española. Los partidos se cierran al contacto y a la contaminación con estas contribuciones cristianas y los medios de comunicación social de la progresía las invisibilizan. ¿Qué hacer? Seguir trabajando para ampliar la influencia social y generar creativamente “parábolas” de presencia okupando el espacio público a través de la acción directa. En períodos electorales habrá que dar mítines a los candidatos en actos organizados por estos colectivos cristianos”.

Rezar el voto

Por otro lado también nos interesaba desde Alandar profundizar en la realidad personal del voto creyente. Desde ahí les hacíamos las siguientes preguntas a nuestros tres expertos: ¿Crees que los cristianos abordan las elecciones desde sus creencias y que extraen del Evangelio sus propuestas para un mundo mejor o priman otros valores a la hora de pensar el voto? ¿Se sigue «rezando» el voto? ¿Se debería?

Para Pedro José Gómez Serrano, “la contestación a esta pregunta depende de la intensidad de la experiencia cristiana, de que ésta configure de verdad la globalidad de la vida del creyente y de la teología subyacente a esa experiencia. Si la fe es poco significativa y relevante en la vida personal, incidirá poco en la opción política de los sujetos. En aquellas personas que son verdaderamente creyentes el voto se discierne desde la fe. Otra cosa es que no podemos saber cual será su orientación final dado que en nuestra Iglesia las lecturas del Evangelio y de sus exigencias son sumamente plurales (hay cristianos de todos los colores del espectro político). Lo que sí creo, firmemente, es que la Iglesia debería crear espacios comunitarios para la reflexión, el discernimiento y la oración ante las convocatorias electorales, sin identificarse con ningún partido”.

En línea similar pero con matices interesantes se expresa Victoria Camps, quien supone que “los cristianos abordan las elecciones también, aunque no sólo, desde sus creencias religiosas. Hoy el cristianismo es tan plural que es difícil identificar como cristiano un punto de vista determinado. Lo lamentable es que, casi siempre, son las posturas más ortodoxas, de un catolicismo anacrónico, las que se expresan y se atribuyen a la iglesia o, incluso, a la religión en general (pienso en temas como el aborto, la eutanasia, etc.)”.

Rafael Díaz Salazar baja un nivel más de concreción y señala que “en las encuestas destaca un bloque conservador católico y persiste algo que nunca había existido en España: un bloque católico que apoya a las izquierdas. Salvo en algunos movimientos, no existe la práctica del discernimiento sociopolítico desde el Evangelio y desde las aportaciones de la Doctrina Social de la Iglesia”.

Una llamada a la acción

La llamada a ejercer ese compromiso político del creyente más allá de los procesos electorales parece clara. Los riesgos, dentro de la pluralidad política de las personas creyentes, de que un determinado espectro del arco de partidos acapare unas creencias concretas, también. El aumento de la xenofobia y el riesgo de que esta se institucionalice y la velocidad con la que el cambio climático puede destrozar el planeta y, con él, nuestras vidas, obligan a tomar acciones urgentes y directas. Acciones frente a lo que no pueden desmontar los partidos y es responsabilidad de la sociedad civil.

Pero, mientras tanto, voten. Voten no sea más que porque no nos podemos permitir perder el tiempo que dura una legislatura ante la dimensión de los retos que la historia nos pone por delante en esta década decisiva. Voten. Y que no les engañen.