¿Seguir a Jesús? Mejor por Twitter…

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pag12_quepunto_web.jpgSe está poniendo muy de moda en España el Twitter, ese “patio virtual” en el que la gente expresa lo que piensa, lo que hace, lo que cree —en resumen, lo que le da la gana— en pequeños mensajes de no más de 140 caracteres. Muchos adolescentes y jóvenes con quienes estoy a diario usan esta red social y he de reconocer que, ciertamente, tiene su interés. Yo mismo suelo tuitear una vez al día, o dos como mucho, aunque otros informan 30 ó 40 veces al día de sus andanzas, agotando a cualquiera de sus seguidores.

Eso sí, lo cómodo de Twitter es que, si te cansas de seguir a uno de estas personas que te cuenta hasta las veces que respira, no tienes más que pulsar el botón “dejar de seguir” y se acabó. Hay quienes siguen a famosos, hay quienes comentan las noticias más recientes o escabrosas y hay quienes contribuyen a que cualquier tema se convierta en TT (Trending Topic), es decir: que mucha gente hable de ello. Pero no voy a describir todo lo que pasa por esta red social. Hablo aquí del Twitter porque, si bien es una útil herramienta de comunicación, también es símbolo de algunas de nuestras actitudes en las relaciones humanas y, en especial, de nuestra vivencia de la fe.

Lo primero que me llama la atención —en comparación con otras redes sociales— es que aquí la clave está en seguir follow» en inglés). Vamos, como lo que ocurre con Jesús… En Facebook y Tuenti se tienen amigos, pero aquí la cosa va de seguidores. Imaginemos por un momento que Jesús tuviera una cuenta en Twitter. Hay un vídeo muy sugerente, relacionado con todo esto, en Youtube. Lleva por título “Follow” y está editado por Igniter Media, se puede ver aquí: http://www.youtube.com/watch?v=oWCaXXKcHWE. Sería algo así como @JesusMesias. Probablemente tendría muchísimos seguidores, igual que los tuvo en su día: “una gran multitud le seguía” (Mc 3,7). A algunos los llamaría él mismo, especialmente a quienes andaran atareados con las redes, como @SantiagoelMayor y @JuanhijodeZebedeo (Mc 1,19). E inmediatamente le seguirían. Porque ciertamente Jesús fascina, atrae, asombra: “y todos se maravillaban” (Mc 5,20). Sus palabras cuestionan, interpelan, animan, entusiasman, también hoy. Porque tienen autoridad (Mc 1,27). Si Jesús las pusiera en mensajes de 140 caracteres, muchos y muchas incluso se animarían a retwittearlas. Probablemente incluso alguna vez serían TT y mucha gente comentaría sobre ello: “su fama se difundió por toda la comarca” (Lc 4,37). Y probablemente aumentarían aún más quienes lo siguieran: “la multitud se enteró y lo siguió” (Lc 9,11). Porque, ciertamente, la propuesta de Jesús es algo transformador, un amor que te hace nacer de nuevo (Jn 3,3). De él sale una fuerza que sana a todos (Lc 6,19). ¿A quién no le ha atraído alguna vez?

pag12_quepunto1.jpgEl problema vendría cuando @JesusMesias empezara a tuitear que el #HijodelHombre tiene que padecer, que para llevar su amor al extremo tiene que dar la vida (Mc 8,31). Seguro que, ante estas palabras, muchas personas no se replantearían si algo falla en su seguimiento, sino que le responderían con un mensaje directo de reproche o pidiendo explicaciones, como hizo @SimonPedro (Mt 16,22). Seguramente, sin pensarlo demasiado, muchos dejarían de seguirle (Jn 6,66). Alguno habría que, “calentándose junto al fuego” (Mc 14,54) —desde la comodidad y el anonimato de Twitter— continuara siguiéndole de lejos (Mt 26,58). Pero solo de lejos…

Y Jesús dejaría de tuitearNo respondería una sola palabra (Mt 27,14). Porque hay cosas que solo se expresan con gestos, con signos, a menudo en el más absoluto de los silencios. Hay experiencias que no caben en 140 caracteres, ni en 20… El amor es una de ellas. Bien lo sabía Jesús, que nos amó hasta el extremo (Jn 13,1), y que en sus horas finales apenas pronunció palabra, a no ser para dirigirse a @DiosPadre. A menudo queremos llenar cualquier situación a base de palabras —muchas veces vacías, o llenas de nuestro ego— para no enfrentarnos al peso del silencio, para no escuchar. Con frecuencia también lo hacemos en la oración. Y eso que @JesusMesias nos advertía, en uno de sus tuits desde la montaña, que cuando oremos no empleemos mucha palabrería (Mt 6,7)…

Casi ninguno de los suyos estaba allí —en el momento crucial— para dar testimonio de ello, para tuitearlo, porque no habían asumido que seguir a Jesús implica ponerse detrás de él, seguir sus pasos —no solo sus frases bonitas—, responder al amor incondicional con servicio agradecido, dando gratis lo que habían recibido gratis (Mt 10,8). O quizá habían preferido pinchar el botón y dejar de seguirle hasta que las cosas se calmaran, hasta que el seguimiento dejara de ser tan incómodo. Una tentación también nuestra, sobre todo en la vida real: ahorrarnos el compromiso, escurrir el bulto cuando alguien nos necesita, evitar “pringarnos” o implicarnos demasiado, hacer “rebajas” en el seguimiento y en la coherencia con nuestra fe…

Menos mal que había allí unas pocas mujeres para dar fe de lo sucedido, además de @Centurion, un hombre que estaba allí cumpliendo órdenes, pero que subió al Twitter una foto de la cruz de Jesús, comentando: “Una imagen vale más que 140 caracteres. Realmente este hombre era #HijoDeDios”. Y la foto fue retuiteada miles de veces, y sigue siéndolo hoy…

pag12_quepunto2.pngAl tercer día, @JesusMesias se aparece resucitado, ha cambiado su foto de perfil y no le reconocen. Ahora se muestra plenamente como #HijodeDios y no pide explicaciones de todo lo ocurrido. Primero tuitea a @MarialadeMagdala, la llama por su nombre y con eso basta para cambiar definitivamente su vida y convertirla en apóstol, enviada para anunciar que está vivo, que #havencidoalamuerte. Y a los discípulos, que estaban escondidos por miedo (Jn 20,19) les sorprende con un simple hastag: #Pazavosotros. Aunque ellos habían dejado de seguirle, él sigue amándoles y sigue llamándoles a estar con él, a retuitear no solo sus palabras, sino sobre todo sus actitudes, sus gestos, sus sentimientos (Flp 2,5). Y, como a @SimonPedro, no cesa de decirnos a cada uno y cada una hoy: yo soy el Camino, #sígueme (Jn 21,19).

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