¿Qué se beatifica junto a Juan Pablo II?

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Foto. Harry N.L. Es 1º de mayo, en toda Europa la gente sale a la calle a exigir derechos y justicia social como respuesta ética y política ante la crisis. Juan Pablo II es beatificado en Roma. Las dos noticias abren el telediario como los acontecimientos singulares del día.

Foto. Religión digital.Un grito restalla en mi cabeza: “indignaos”. Así se llama el pequeño manifiesto que anima a la rebelión pacífica frente a la crisis y que ha vendido más de un millón de ejemplares en Francia. Su autor es Stephane Hessel, un ex combatiente de la Resistencia francesa de 94 años y redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. ¿Y qué pasaría si ese grito no lo hubiese lanzado Hessel sino el un poco más joven Benedicto XVI? Pero para una Iglesia que defiende los Derechos Humanos “extramuros” pero no siempre los respeta en su seno, eso parece un sueño, un sueño evangélico, pero un sueño. No, en su lugar, para solaz de unos y malestar de otros nos ofertan un espectáculo de masas centrado en la figura de Juan Pablo II.

La pregunta clave es porqué beatifican a Juan Pablo II y no a Juan XXIII o a Oscar Romero, que murieron hace bastante más tiempo y no reúnen menos méritos. No se trata de menospreciar sus virtudes cristianas. Todo eso ha sido ya suficientemente destacado. A la vez que ocultado o minimizado los valores de los anteriormente señalados que no merecen menos ser beatos o santos y que para mucha gente constituyen un modelo de identificación. Síntoma esto último de la creciente marginación de los sectores que no se identifican con un cristianismo tradicional y preconciliar.

A nadie se le escapa que Juan Pablo II no fue solo una persona religiosa, sino que su papado tiene una vertiente política que resulta muy difícil separar de la personal. Este carácter político ha sido resaltado por algunos medios de comunicación social, que equívocadamente ligan la beatitud a cuestiones como su indudable talla histórica o la derrota del comunismo. Pero precisamente por ese carácter político no hacen santos o beatos a Juan XXIII o a mártires como Oscar Romero o Ignacio Ellacuría. A pesar de que su sangre regó los campos de Latinoamérica por una mayor justicia. Su santidad no corresponde a lo que se quiere destacar, no encaja en un modelo eclesiológico demasiado marcado por el autoritarismo, el clericalismo, la monarquía absoluta de Roma, el rechazo de la Ilustración y la impugnación de la cultura moderna y postmoderna. Declararlos santos supondría apuntar a una Iglesia más en línea con el Evangelio, con los pobres y con los problemas y los sufrimientos de las personas del mundo de hoy.

El gran programa político y eclesiológico de Juan Pablo II fue la restauración católica. La demolición progresiva y controlada de lo poco que ya entonces quedaba del Concilio Vaticano II. Ya en el principio de su papado atacó la autonomía de una Compañía de Jesús que durante el período de Arrupe se volcó en los aspectos sociales de la evangelización. Después destituyó de su cátedra al único teólogo vivo capaz de escribir best-sellers teológicos, el suizo Hans Küng, el gran crítico de la infalibilidad papal. En lenguaje del Vaticano II, todo un signo de los tiempos de lo que se avecinaba.

Posteriormente persiguió a la teología de la liberación, acusándola de marxista, haciéndole un favor impagable a la dominación económica de los EEUU en Latinoamérica. En contraste con esto, dio poder a los grupos neoconservadores, entre ellos a Maciel, cuyos escándalos se destaparon en el pontificado de Benedicto XVI. Contribuyó a derribar muros en la Europa comunista al mismo tiempo que se edificaban en el interior de la Iglesia. Persiguió a la “disidencia” y a los “teólogos rebeldes” con celo y autoritarismo. En pocos años cambió el perfil del episcopado mundial, acabando con el legítimo pluralismo católico.

Carismático, dominador de las claves de la comunicación social y con “una puesta en escena” magistral se convirtió en uno de los líderes de la revolución conservadora. Se ha hablado mucho tanto de su conservadurismo eclesial y moral como de su dimensión social. Y mucho menos de la contradicción de pretender mayor justicia social y al mismo tiempo defender estructuras eclesiales que son la negación de las mismas. Una mayor justicia social pasa inexorablemente por democratizar el poder, no por ostentarlo autocráticamente.

No existe correspondencia posible entre estructuras eclesiales injustas y antidemocráticas y defensa de la dignidad de la persona y la justicia social en el mundo. Pero sí existe la correspondencia contraria, entre una Iglesia más evangélica, cercana a las preocupaciones de los más desfavorecidos, más actual y un mundo más justo y en paz. Perpetuó una Iglesia con unas estructuras antidemocráticas, anticuadas y en última instancia antievangélicas, que promueven la sumisión de la persona y que posibilitan persecuciones encubiertas como la del libro sobre Jesús de Nazaret de J. A. Pagola. O, lo que es peor, obstaculizan la transparencia y la respuesta adecuada a asuntos como el de la pederastia a pesar de la implicación clara y decidida de Benedicto XVI.

Foto. Infocatólica.La alternativa pasa por el reconocimiento, la democratización interna, la igualdad real entre hombres y mujeres y por una concepción más evangélica del poder, entendido más como servicio y menos como mera jurisdicción. Ya hay mucha gente y muchos grupos que están en ese camino, simplemente quieren seguir el Evangelio en el mundo de hoy, no en el siglo XIX o en la Edad Media. Gente que no se reconoce en un sistema romano ajeno al mundo y a la cultura de hoy. Gente que no quiere irse y que cree que otra Iglesia es posible y otro mundo también.

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