Mi portal de Belén

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pag13_quepunto_navidad1.jpgEste año, mientras se arma un belén en medio mundo, en mi casa estamos ya preparados para montar uno con las figuritas de siempre. Son las mismas que colocamos cada Navidad y, sin embargo, nunca podemos evitar sentir una cierta alegría al verlas. Quizá esta vez las he mirado con otros ojos y he visto reflejadas a muchas personas en ellas.

Hay unas cuantas nuevas, que aún no se han acabado de acostumbrar a la fauna animal y humana del grupo pero que han notado desde el principio la sensación de estar sirviendo a una causa muy importante. También falta alguna que nos ha acompañado muchos años pero que, tras hacer una labor importante e irrepetible, se rompió en mil pedazos dejándonos, sin embargo, su recuerdo y todos los momentos inolvidables vividos con ella.

Individualmente, las figuras también parecen tener un sospechoso parecido con la realidad y los comportamientos de personajes de carne y hueso (aunque no sé si con mucho corazón). En la suntuosa sala del trono está el rey Herodes, que se muestra muy orgulloso de tener su pequeña parcela de poder en la que él es la ley, aunque para conseguirla y mantenerla se haya convertido en un hombre injusto que sirve a un emperador en el que no confía.
A su vez, el emperador Augusto, empobrecido en su riqueza, manda hacer un “censo de todo el mundo”, pensando que éste se limita a la pequeña parte que él conoce. Divinificado tras su muerte y considerado hoy uno de los emperadores más grandes de Roma, es fácil imaginar sus dificultades para considerar a los demás como iguales y ser mínimamente humilde.

Numerosos soldados romanos sirven tanto al rey como al emperador, no por gloria o riquezas, sino por miedo a rebelarse. Tienen mucho miedo a decir lo que piensan porque esto puede suponer que se acaben las comodidades a las que no quieren renunciar y que se les complique la vida.

Los sumos sacerdotes se mantienen en sus palacios. Dicen entregar su vida a Dios, pero son ajenos por completo al nacimiento de Jesús porque su soberbia les impide salir de Jerusalén, relacionarse con los olvidados y ver que donde realmente está Dios es entre ellos. Se comenta que están preparando una Jornada Mundial de la Juventud para demostrar a Roma el poder del judaísmo.
Por suerte hay otras figuras más amables y que me recuerdan a gente más querida, con sus virtudes y sus defectos. Afanados en cuidar de los rebaños de ovejas y en pasar la noche tranquilamente, a los pastores les sorprende el anuncio del nacimiento de Jesús. A ellos, que eran los últimos en su sociedad, se les ofrece la posibilidad de ser los primeros en adorar al niño y no se lo piensan ni un momento. El resto de trabajadores (el carpintero, la lavandera, el herrero, el panadero) oyen el mismo mensaje y también deciden adorar a ese niño. Sin embargo, también hay algunos que consideran una falta de respeto no haber sido avisados los primeros. Se creen por encima de los sucios pastores y algo que les dé prioridad no puede ser digno de atención.
Unos viajeros descansan tras una dura jornada acampados junto a una hoguera y un poco de comida. Partieron hace semanas hacia algún destino importante. Buscaban, muchos sin saberlo, respuestas para su vida y han llegado a Belén casi de casualidad. Hoy descubrirán que su búsqueda ha acabado, que este pequeño pueblo representa el premio a todos sus esfuerzos. A pesar de ello, el camino de verdad no ha hecho más que empezar.
Los magos de Oriente, como buenos astrónomos, ya sabían qué es lo que estaban buscando y dónde tenían que ir para encontrarlo. Parece una situación inicial muy fácil, pero sólo tres han resistido ante todas las dificultades del camino sin darse media vuelta.

Los animales son testigos de primera mano del nacimiento de Jesús. A pesar de encontrarse en el lugar apropiado, no descubren el mensaje que se les ofrece, la única preocupación de sus vidas es comer y llegar al día siguiente sin muchas dificultades. La mula y el buey suponen la excepción: esa noche se desvivirán por el niño haciendo lo único que pueden, darle calor para evitarle el frío de la noche.

A María, como a cualquier mujer en esta sociedad judía, nadie le daría ninguna responsabilidad. Sin embargo, ella fue la elegida para cuidar al hijo de Dios. Ahora empieza a pensar que ser la madre de este niño puede traerle más de un disgusto. Sin embargo, al mirarle y arroparle no deja de pensar en que si volviera a tener la oportunidad de elegir, seguiría dando un sí rotundo. José apoya a su mujer aunque no termina de entender las explicaciones que ella le intenta dar. Es el que sacará adelante a toda la familia y librará Jesús de los soldados de Herodes. Y, sin embargo, pasa desapercibido porque ésa ha sido su opción.
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Por último está el niño, el hijo de Dios. No decidió encarnarse en un importante noble, en un centurión altivo ni en un rico comerciante. Ni tampoco escogió la humildad de un anciano, una lavandera o un campesino. Decidió ir más allá, mucho más. El hijo de Dios debía ser la forma más débil y desprotegida de ser humano: un recién nacido. Que nadie pueda ni por asomo verse obligado a recibirle, sino que sientan que es él quien los necesita. Por un niño hay que desvivirse, tenerle presente aun cuando no se está con él y se le mira con satisfacción y se le enseña para que todo el mundo lo conozca.

Afortunadamente, ninguno de nosotros somos una figurita con cualidades y comportamientos prefabricados. Podemos decidir a cuál nos gustaría parecernos, qué actitud tomar ante cualquier circunstancia y, por supuesto, escoger si decidimos adorar a este Niño y escuchar su Buena Noticia o perdernos en el ruido callejero y publicitario de estas fechas.

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