En voz alta

quepuntoserjoven.jpgPensar en voz Alta, opinar en voz Alta, denunciar en voz Alta… Ninguna de las tres afirmaciones es fácil, ni están al alcance de todas las personas, ni de una mujer. Por ello soy afortunada, porque desde estas páginas puedo contribuir, en voz Alta, a hacer una pizca más fuerte nuestra esperanza, pues en la medida en que nos detenemos y caemos en la cuenta de algo, sin duda, estamos más cerca de cambiar o mejorarlo.

Y ¿cómo?… Escribiendo, reflexionando, preguntándome y preguntándoos por aquello que me toca por dentro, que me da rabia, que me entristece y envalentona al mismo tiempo, porque no hay derecho, o porque precisamente es nuestro derecho y nuestra obligación.

“Las niñas, los príncipes y los cuentos”

Desde pequeñita supe que no era igual a mi hermano, y diréis ¡qué obviedad, los chicos y las chicas son diferentes!, en efecto somos diferentes, quiero decir que supe que no tenía el mismo valor, como que valía menos. Pero yo nunca me he sentido menos que mi hermano o que mis amigos varones, por supuesto que no. Diferente, sí, claro.

Vivo en una sociedad “desarrollada”, de las ricas, y de las que, como diría un profesor mío, pertenece a la culta y civilizada Europa, supongo que como a él, esa afirmación me provoca escalofríos.

Pues bien, en mi supuesta desarrollada, culta y civilizada sociedad, hoy no hay aparente discriminación por sexo, es decir que yo no debería pensar que soy menos que mi hermano, pero tendremos que hacer repaso, porque, o nos aprendimos muy bien la lección o aprobamos con reglas hechas y diretes y no nos enteramos de nada.

Un ejemplo, la tierna infancia y nuestros maravillosos cuentos, las películas de Disney y sus espléndidos principitos azules, que, acuérdate, un día vendrán a salvarnos, nos darán perdices para cenar, y nos harán reinas de la felicidad, y de la belleza, evidentemente. Lo peor es que a esa edad te lo comes con patatas, y luego resulta difícil librarse de la presión de conseguir el “sueño” de toda mujer, ¡Uy, se va a quedar sola! ¡Vaya locura, con la cantidad de príncipes sueltos!, pues queridas yo no he visto ninguno, prefiero una pareja y no un dibujo animado.

Y lo peor es que son las personas que nos quieren, frecuentemente, quienes nos aleccionan con tales mezquinas ideas, y es con la mayor inocencia e ignorancia, no la de Disney por supuesto. Y ahí está el principal problema, no somos conscientes mayoritariamente de lo que nuestra sociedad patriarcal lleva transmitiendo generación tras generación, siglos.

¿Otros Ejemplos? Demasiados. El lenguaje y su perfecto poder invisibilizador, y qué pesadas éstas, que si arroba, que si os/as, así no se puede leer, siempre ha sido así,… pues bien puede ser costoso, más aún cuando la moda es economizar al máximo los mensajes, pero es un esfuerzo necesario e imprescindible para avanzar en equidad de género y reconocimiento social.

Porque son los libros de texto y su historia, que puso cara de hombre a la humanidad, la creación que nos carga el pecado a nuestras espaldas, y nos llama costilla… Y el acceso a puestos de poder, cargos públicos, y la discriminación salarial, y la conciliación del trabajo con la vida familiar, con el embarazo, y la economía del cuidado que pluriemplea y condena a las mujeres a jornadas laborales que nunca acaban, etc., etc.

Y se repiten las respuestas siempre ha sido así, si ya sabemos que somos iguales, no lo vamos a cambiar todo ahora… Cuidado, iguales pero diferentes, y no creamos que no hay maldad cuando se perpetúan roles y estereotipos, cuando se cohíbe el futuro de más de la mitad de la población mundial.

Creo conveniente, además de la reflexión, detenernos en algunos conceptos teóricos para visibilizar que la discriminación es real, cómo y por qué se da.

La clave radica en la confusión entre sexo y género. El sexo son las características físicas y fisiológicas con las que nacemos mujeres y hombres, son naturales y universales, e inmodificables, mientras que el género es la construcción social de lo femenino y lo masculino, el conjunto de conductas aprendidas de la distribución de roles entre mujeres y hombres y las relaciones de poder y subordinación entre ambos. Está determinado por el contexto, por lo que es modificable.

Es por tanto la tradición social la que impone unas determinadas características de género asociadas a la mujer o el hombre, y las considera naturales de nacimiento, y discriminando simultáneamente discriminaciones según se cumplan o no, condicionando las conductas propias de unos y otros. Así, la mujer, por ejemplo es intuitiva, mientras que el hombre es inteligente, racional, y no necesita de un “sexto” sentido, ni llora.

Mujeres: afectivas, sensibles, sentimentales, suaves, encantadoras, sensitivas, soñadoras, tímidas, blandas, dependientes, hablantinas, etc.

Hombres: activos, aventureros, no emocionales, ingeniosos, dominantes, fuertes, sabios, lógicos, rudos, racionales, realistas, etc.

De estas características consideradas innatas han nacido y se han transmitido posteriormente los roles y estereotipos de uno y otro sexo, lo que es “normal” y lo que no. Por eso el sexismo condiciona la capacidad de las personas para desarrollar libremente su personalidad, limita su libertad de elección y atenta contra sus derechos. También concede distinto valor e importancia a estos roles impuestos, una consecuencia directa de nuestro modelo de sociedad androcéntrico que confunde la humanidad con el hombre-varón, lo propio y característico de los varones como parámetro de estudio.

Finalmente, lo anterior nos lleva al último concepto fundamental, que ya he utilizado, la invisibilización social, fenómeno por el cual las aportaciones de determinados grupos sociales como las mujeres (androcentrismo), las culturas no occidentales (etnocentrismo), las minorías sociales (racismo) o sexuales (homofobia) pasan completamente desapercibidas, dando la sensación de que nunca se han producido. Tal es el caso de las mujeres en la ciencia, la cultura, la historia, el arte o el trabajo.

Y con todo esto, decididamente, hay mucho por hacer… insisto, sabiendo cómo se da es como puede cambiarse. Si bien no es tarea fácil aquí, lo es mucho menos si traspasamos nuestras fronteras. Es por eso que éste es un camino que no se detiene, no, por haber alcanzado una tranquila apariencia de camuflada discriminación. No nos detendremos hasta que las “dos alas del mundo” planeen equilibradas, sólo así el rumbo y futuro de nuestros pueblos pueden ser diferentes.

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