En voz alta…

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pag12_quepunto1_web-7.jpgJusto hace ahora un año aprovechaba éste mi turno de palabra para lanzaros una pregunta, que para mí en ese momento emergía con rotundidad ante una realidad local y global en permanente espera. Así, quizá con cierto atrevimiento, afirmaba en voz alta: «Podemos ser protagonistas», para a continuación preguntaros: ¿Queremos?

Pocos meses después, en mayo, en nuestro país, donde parecía que ya nunca pasaba nada, ocurriese lo que ocurriese, un grupo de jóvenes, de personas, de familias, de ciudadanos y ciudadanas se lanzaron a las calles, a ocupar las plazas, el espacio público, a hacerse ver y escuchar, a proponer, a preguntarse, pero sobre todo a reivindicar que las personas existimos, que respiramos, que lo que unOs pocOs deciden afecta a miles de millones de personas.

Hay quien pensará, con no poca razón, que solo se pasa del malestar a la acción cuando nos afecta en primera persona la injusticia criminal de este mundo surrealista en el que las personas son lo último… ¿desde el principio de la humanidad? Sea como fuere, nunca es tarde y, precisamente por justicia, tampoco podemos desconocer a quienes se esforzaron y esfuerzan, quienes seguiremos esforzándonos con humildad para darle, de una vez por todas, la vuelta a la tortilla.

Pues bien, si hace un año me/os preguntaba por qué las personas estábamos rechazando el papel protagonista en nuestra propia historia -un protagonismo usurpado por los siglos de los siglos, al que ni siquiera nos planteamos optar, como si no fuera para nosotras y nosotros- hoy la pregunta, la reflexión, se convierte en exigencia.

¡Otra ciudadanía ha de ser!

Poveda, a quienes formamos la Institución Teresiana, nos dejó dicho «ahora como nunca…». Llevo dándole vueltas a estas palabras desde la adolescencia y en todo momento me han parecido rabiosamente actuales. Para mí siempre ha sido «ahora como nunca», siempre.

Y quién puede decir hoy lo contrario, quién puede ignorar que nunca como ahora la realidad nos apremia, nos necesita y exige que definitivamente asumamos nuestra responsabilidad como ciudadanos y ciudadanas. Los porqués, aunque obvios, conviene recordarlos.

Nos enfrentamos a una crisis global sistémica que afecta a todas las personas independientemente del lugar de nacimiento y residencia, en países enriquecidos y empobrecidos. Una realidad mundial en la que cada vez es más patente, porque ya ni se oculta, que se han apropiado de las decisiones, que las tienen unOs pocOs. Y que el resto, todas y todos, estamos excluidos, a expensas de que nos digan por dónde y en qué forma tiene que discurrir nuestra vida.
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Es un sistema en el que las personas no pintamos nada, en nuestro contexto vivimos para trabajar, quien puede y al precio que sea, hasta no tener familia por no poderla atender. Es el mundo al revés, que sin duda merece otra reflexión en torno a la apuesta crucial por un nuevo modelo social, de «desarrollo», sostenible, en el que todas las personas vivamos una vida que merezca la pena ser vivida… Pero lo dejo para otro día.

Este capitalismo infame, prácticamente exportado, a la fuerza, a cada rincón del planeta, tiene su origen en un modelo patriarcal, que defiende la supremacía del poderoso (del macho alfa) y que ha determinado un «orden social» aparentemente inamovible. Este desorden social está asentado en una inequitativa distribución de las riquezas y recursos (acceso/uso/poder) y en la permanente vulneración de los derechos humanos (sociales, culturales y económicos), colectivos e individuales.

Un sistema que nos están obligando a parchear a base de pedirnos «un esfuerzo más». Qué barbaridad. Tenemos que esforzarnos quienes no hemos dejado de hacerlo nunca y no quienes manejan los hilos, no quienes se aprovechan de él y lo han exprimido hasta agotarlo. Y en lugar de salir a la calle, a hacer ejercicio ciudadano crítico y responsable, seguimos agachando la cabeza y apretando los dientes, reduciendo nuestras fuerzas a conversaciones sin final, en familia, con amigos/as, que apenas valen de desahogo.

Pero cuánto podemos aguantar, qué tiene que pasar más para que nos convenzamos de que no hay otra, de que somos la ciudadanía global la que tiene que revertir esta situación y empezar a trabajar por la personas, por todas y cada una. Cuándo dejaremos de ser meras piezas sustituibles de un engranaje que ya no funciona, si alguna vez lo hizo.

La tendencia del «no podemos hacer nada» hoy todavía se acrecienta más, incluso para quienes sí lo intentábamos. La tentación es rendirnos, ante la tristeza de ver que ni sufriéndolo de cerca somos capaces de reaccionar. Pero, cuidado, que ahí sí nos ganan la partida. Entonces trato de recordar esos otros rostros, nombres, pasados y presentes, cristianos y no cristianos, que comparten mi camino, el de hacer visible el Reino.

Y es que cada vez somos más las personas conscientes de que es nuestra responsabilidad ejercer y exigir el cumplimiento de los derechos humanos a quienes tienen la obligación de su cumplimiento. Las que tratamos de dar ejemplo de otros modos de comportarnos y relacionarlos. Lo personal es político, todo en nuestra vida es política, todo. Por eso, ahora como nunca, hemos de reconocernos parte del problema y parte de la solución. Estudiarnos, analizarnos individual y colectivamente para proponer alternativas y representarnos a nosotras/os mismos, ya que ahora no lo hace nadie, quizá sí a los bancos, a los mercados, pero no a la personas.

Frente a la globalización de la crisis financiera, política y económica, ha de globalizarse la solidaridad y el ejercicio real de ciudadanía corresponsable, pues mi bienestar ya no es posible sin el tuyo, estés donde estés, desde la idea del buen vivir, tan lejana hoy.
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En esa ciudadanía global, la juventud tiene un papel principal y no es discurso, es nuestra oportunidad de construir otra sociedad para nosotras/os y quienes nos sigan. Decir hoy Qué punto ser joven, puede resultar hasta insultante. Con 28 años, entre mis amigas/os, mayoritariamente universitarios y rondando los 30, tengo más de cinco y seis en el paro, otros tantos emigrados por Europa o estudiando segundas carreras, másteres o de vuelta a la casa familiar, pero solo uno o dos que hayan podido comprarse una casa, poquitos/as trabajan de lo que se formaron o tiene sueldos dignos… y podría seguir dando ejemplos.

Y es que el punto no te lo da la juventud, se lo hemos de poner, hemos de confiar y creernos que tenemos algo que decir y muchísimo por hacer. Es tiempo de ser valientes y asumir riesgos, de conquistar el mundo… y lo tenemos que hacer contigo, con todos y todas. Nunca como ahora ejerciendo ciudadanía.

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