En voz alta…

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Foto. Silvia Ferrandis.Durante los últimos cuatro meses de 2010 dediqué gran parte de mi reducido tiempo libre (¿alguien tiene mucho?) a formarme como formadora de educación para la ciudadanía y la transformación social, ahí es nada con el nombre y lo que supone.

Por mi trabajo en el área de Educación para el Desarrollo (EpD) de una ONGD, ya tenía siempre como objetivo último promover una ciudadanía crítica y responsable, que ejerza sus derechos y responsabilidades para transformar la realidad.

Si bien no es un mérito personal, sino que es propio de la misión de mi organización, InteRed (y cómo entiende la EpD) y de la Institución Teresiana que la promueve. Por suerte, yo formo parte de esta familia que acaba de cumplir 100 años desde pequeñita y he vivido y crecido en esa idea buena de Poveda, que ve en la formación y la promoción humana el modo de visibilizar el Reino, invitándonos a ser sal allá donde estemos. Por ello, no puedo entender la educación de otra manera, sino convencida de su fuerza transformadora.

Formarme en esta línea y hacerlo junto a educadoras/es de organizaciones sociales de América Latina ha sido un gran paso hacia delante para mí, al poder dedicar tiempo a conocer, contrastar y/o profundizar en las propuestas y prácticas de pedagogías y teorías fundamentales como lo son la Educación Popular, la Pedagogía de la Ternura, la Enseñanza libre, las Educaciones para…(la Paz, los Derechos Humanos, etc. ), etc.

Y todo este rollo para haceros una invitación y una pregunta.

Podemos ser protagonistas. ¿Queremos?

Entre los muchos saberes todavía por asimilar, hoy en mi turno de palabra quiero privilegiar alguno de los aportes de la Pedagogía de la Ternura y, en concreto, su propuesta de Protagonismo Integral, como una invitación y una gran oportunidad que no deberíamos rechazar y que supondría devolver su papel a la educación: propiciar personas que se forman y participan de la sociedad (local y global) para cambiarla y mejorarla.

Para que esto sea posible conviene recordar que la sociedad es educadora en sí misma y lo son todos sus actores y actrices en el lugar que ocupan personal y profesionalmente. Entender la educación así supone un compromiso colectivo por la construcción de ciudadanía que no se reduce exclusivamente al ámbito educativo formal. Y nada más lejos de la realidad, pues ni la educación consigue su objetivo al priorizar (desequilibradamente) los contenidos y resultados académicos frente a la promoción de la persona y los aprendizajes significativos (para la vida), ni nuestro modelo social invita a algo parecido al trabajo comunitario.

Ante este contexto, o similares, la pregunta que nos plantea la Pedagogía de la Ternura es si basta con invitar a participar, su respuesta rotunda es que es necesario dar un paso más. Debemos ser protagonistas, tú, yo, todas y todos.

En palabras de su máximo exponente, Alejandro Cussiánovich: “El protagonismo se entiende como el deber de llegar a ser lo que somos como seres humanos, con dignidad, individualidad, pertenencia a un colectivo mayor, con identidad propia y propositiva, con absoluta valoración y respeto por el otro/a, con saber ser y saber vivir con las y los demás… podemos decir que es una necesidad inaplazable de la especie humana y de cada individuo… un derecho inherente a la condición humana y a los pueblos”.

Lo que sucede, como con todos los derechos, es que se nace protagonistas, pero se debe aprender a serlo cotidianamente. Y ésta debe ser la prioridad (a mi entender) de la educación, contribuir a que emerja definitivamente el protagonismo de la ciudadanía, de una ciudadanía global que haga frente a la transformación social que nos apremia.

Desde el enfoque basado en derechos humanos, que muchas organizaciones como InteRed asumen y tratan de poner en práctica, esto equivale al reconocimiento de todo ser humano de su condición de sujeto de derechos, que tiene a su vez el deber de ejercerlos y exigir su garantía a quienes tienen la obligación de su cumplimiento (los gobiernos y servidores públicos) en todos sus niveles.

Lo que quiero decir, en un lenguaje más cercano, es que participar no implica necesariamente conocer y ejercer nuestros derechos y deberes como ciudadanas/os. Votar cada cuatro años supone participar de la democracia, pero no ser parte activa de la sociedad ni ningún compromiso con ella. Es más, la cada vez mayor desvinculación, la desidia generalizada y la desesperación incluso frente a la clase política, hace que olvidemos o que desconozcamos que lo personal es político, que lo que yo hago como ciudadana y mi forma de estar en el mundo tiene efectos en otros rincones del planeta.

Existen múltiples barreras que nos alejan del ejercicio ciudadano y su protagonismo. Una de estas trampas es la pérdida de valor del concepto participación. Como tantas otras palabras, no es que pierdan su valor, si no que se lo roban y apropian, lo compran y venden según intereses. Se mercantilizan los procesos, las propuestas y hasta el ejercicio de los derechos, no hay más que ver el último anuncio de Coca-Cola, que casi nos hace creer que el mundo es mejor por compartir su refresco, sin hacer nada más…

De esa pérdida de significado de participación y protagonismo nace en el Perú el concepto de “participación protagónica”: “No hay protagonismo sin participación, pero no toda participación es protagónica” “…nos remite a una concepción esencial de la especie humana y a cada miembro de la misma: ser sujeto, actor social, es decir, protagonista…” Cussiánovich.

Si bien el contexto no favorece el ejercicio de una autonomía constructiva, de un protagonismo productivo de mejores condiciones de vida –y, precisamente, porque los escenarios hoy son negadores- se hace más necesario como utopía y como discurso político plantear la participación protagónica de todas/os, incluidos los niños/as, para favorecer a su vez una juventud que haya crecido ya protagonista y no “desahuciada”.

Foto. Silvia Ferrandis.Mirando a nuestra realidad, lo cierto es que la juventud española hemos/ha crecido en un momento en el que las luchas sociales pasaron de moda -y en el que creen todo conseguido, o casi- en el que las injusticias les quedaban muy lejos en algo que llamaban tercer mundo y que con meter una moneda en una hucha bastaba. Aunque los mensajes han cambiado, hoy la situación no es mucho mejor.

Por suerte han existido y existen espacios donde se dan otros discursos. Entre tantos otros, los movimientos de jóvenes cristianos son ejemplo de ello. Yo con 16 años ya participaba en asambleas nacionales y era gestora del movimiento de jóvenes al que pertenezco. Poveda nos lo dijo: “los jóvenes podéis conquistar el mundo”.

Hoy cientos de miles de jóvenes en Egipto, Túnez o Yemen están emergiendo y quieren ser protagonistas para cambiar y mejorar la situación de sus países y llevan años trabajando para ello, aunque no ocuparan portadas. Generalmente las portadas no las ocupan las luchas diarias, los pequeños triunfos… Eso lo sabemos bien quienes participamos de la Iglesia de la vida, la de Jesús que se mezcla en la realidad y avanza con ella.

En España hay cerca de un millón de personas voluntarias, el 40% son jóvenes que buscan con ello, quizá sin saberlo, ser protagonistas de otro mundo que sueñan alcanzar, para ellas y ellos y para quienes vendrán detrás. El camino se inició con el nacimiento de la propia humanidad, protagonista de su destino, pero hemos de creérnoslo, hemos de querer serlo: protagonistas.

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