40 Días, 40 Causas

quepunto2-9.jpgHay algo que no me acaba de acaba de convencer de las fechas muy señaladas, como el Día del Ahorro Energético, la Semana de los Derechos Humanos, el Día del Trabajador que, curiosamente, celebramos no trabajando, o incluso mi tan querida Operación Kilo. Sin duda, por su especial relevancia, estos asuntos (y muchos más) merecen el honor de tener un espacio destacado a lo largo del año. El problema es que, precisamente por esta celebración puntual, se instala en nuestras perezosas mentes la idea de que sólo cuando algo se nos recuerda de manera especial es cuando tenemos que prestarle atención. Quienes defienden el Medio Ambiente (aunque pasen la Navidad en un pesebre danés), a los más desfavorecidos de cada barrio o a aquellos que, con la que está cayendo, tienen la suerte de trabajar, han conseguido hacer que su ilusión y esfuerzo formen parte de sus vidas diarias. Las campañas quedan como instrumentos útiles (pero de doble filo, como hemos comentado) para darnos un toque de atención a los que a menudo viajamos despistados e impasibles por la vida.

Algo parecido pasa con los necesarios tiempos litúrgicos, que parecen decidir cómo debe sentirse uno dependiendo del domingo que corresponda y de si se es católico u ortodoxo (sin comentarios esto último). Tan rápido tenemos que cambiar de parecer que, por ejemplo, este año la Cuaresma empieza apenas un mes después de acabado el tiempo navideño. Aunque el premio gordo se lo lleva el Triduo Pascual, con la combinación ganadora de amor fraterno, dolor indescriptible, depresión post-muerte de un Dios como si fuera un perro y alegría salvadora en poco más de 48 horas (dan ganas de coger aire antes de la maratón). Y estas variaciones forzadas nos sirven a menudo de excusa para, al final, dejar pasar todos estos tiempos concretos sin profundizar nunca en ninguno. Pero no deberíamos permitir que esto nos ocurriera sin, al menos, poner bastante de nuestra parte.

En este mes, merece especial atención el Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma, que nos dice de entrada aquello de “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Como mínimo resulta curioso, al menos para los jóvenes, que solemos vivir la vida como si fuera infinita. Pero lo mejor es que la tradición marca que la ceniza se obtenga quemando los ramos bendecidos el año anterior. Esos ramos son, si recordamos, el símbolo del tremendo peloteo que recibió Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén por parte de quienes, sólo unos días después, pedirían su cabeza. Esos ramos simbolizan, en cierto modo, nuestras soberbias y seguridades, todo aquello que hemos hecho rozando la genialidad… más bien que creemos haberlo hecho así, porque somos jueces tan generosos con nosotros mismos que ensalzamos lo poco bueno para tapar lo mucho malo y, lo que es peor, lo mediocre. De hecho hay quien guarda durante años los ramos, como aferrándose aún más a eso poco que se hizo de bueno. El Miércoles de Ceniza viene para enseñarnos que lo bueno pasado, bien hecho está; pero adelante, lo más importante está por llegar. Para ello hará falta reinventarse y sacar todos los días, no sólo si toca en la campaña de turno, lo mejor de nosotros mismos. ¿Difícil? Seguro. Por eso tenemos por delante 40 días para no desperdiciar.

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