El papado hoy

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Foto. M. Mazur Catholic Church of England & Wales.El viaje del papa a Santiago y Barcelona y, todavía más, las reacciones de determinados medios de comunicación –como muestra puede valer el suplemento del ABC Alfa y Omega del 11 de noviembre pasado– me suscitan unas cortas reflexiones sobre el papel y la función del papa en la Iglesia actual que amplíen y aclaren algunas frases de mi entrevista en el número de alandar también del pasado noviembre.

En ella aludía a un hecho histórico: gran número de las actuaciones, títulos, (Vicario de Cristo, Sumo Pontífice, Santidad, etc.) símbolos de los papas y las correlativas consideraciones de su persona y función por parte de los católicos son fruto de las circunstancias históricas y no pertenecen a la misión que Jesucristo encomendó a Pedro. Por tanto, igual que surgieron podrían desaparecer sin que se resintiera esa misión. Más bien lo contrario. Piénsese, por ejemplo, en el Estado Vaticano, antiguos estados de la Iglesia, con su consecuencia de haber añadido al papado la función de Jefe de Estado. Por razones a mi modo de ver no demasiado claras, se desaprovechó la oportunidad que ofreció la unidad italiana y se recuperó –aunque ciertamente de modo muy limitado y simbólico– la soberanía vaticana con los Pactos de Letrán. Una purificación de toda esa parafernalia, que resulta imposible de detallar en estas cortas líneas, contribuiría a presentar, sobre todo ante los menos, o no, creyentes una organización más acorde con el mensaje evangélico.

Pero probablemente más significativo y digno de consideración sea el aumento –en su día comprensible y hasta justificado– de la extensión de las funciones papales en el interior de la Iglesia católica, sobre todo en el rito latino. Ejemplos claros son el nombramiento de obispos en prácticamente todo el mundo y la también práctica uniformidad de la liturgia romana, impuesta en Occidente durante la Edad Media a expensas de las liturgias locales, así como los continuos intentos de control e imposición de uniformidad teológica. Ejemplos que podrían multiplicarse mucho con el Código de Derecho Canónico en la mano. También en la práctica el dogma de la infalibilidad –frecuentemente mal comprendida, como ha apuntado el propio Benedicto XVI en el reciente libro– y el ejercicio del primado han contribuido a esta centralización que no tiene parangón en ningún régimen del mundo.

Sin entrar en más profundidades, hay que señalar que cuando hay que gobernar, aunque sea de una manera muy especial, a más de mil millones de católicos, esa centralización es simplemente inviable. Las noticias de todos los acontecimientos eclesiales llegan a Roma en muy poco tiempo y muchas de ellas requieren alguna decisión, dada la situación actual en la Iglesia. No hay hombre que, por bien asesorado que esté, sea capaz de llevar esa carta y ese cargo. Una de las razones de la “independencia” de la Curia Romana respecto del propio papa y de su modo de proceder es, probablemente, esta sobrecarga inabarcable de trabajo para el sucesor de Pedro.

Con el principio de la colegialidad y sus posibles consecuencias, el Vaticano Segundo puso las bases de un cambio, pero ya vemos dónde ha quedado ese intento. Hay también propuestas de teólogos en la misma línea, pero que no encuentran prácticamente ninguna audiencia real. En cambio, se multiplican actos como los que hemos visto, vemos y veremos (futura Jornada Mundial de la Juventud, por ejemplo), los cuales fomentan una sensibilidad centrada en la persona del papa.

No se trata de criticar la fe sencilla o los apoyos que ésta puede encontrar en lo humano. El inconveniente principal es que muchas personas no demasiado formadas dan más importancia en su vivencia cristiana a los medios humanos y superficiales que a la profunda relación con el Señor Jesús. Se va la fuerza por la periferia en lugar de centrarse en lo realmente fundamental para la fe. Y ello sin insistir en la imagen que se da de gregarismo y falta de sentido crítico y personal.

Un cambio en el ejercicio del papado se acercaría más a lo que encontramos en el Nuevo Testamento. Lo cual es básico. Porque, en lugar de apuntarse a lo más socorrido y semejante a cómo las masas y gentes comprenden a sus líderes y se relacionan con ellos, seríamos más fieles al sentido de los textos. La “piedra” y las “llaves” y todo el resto de Mateo 16,17-19 , en buena y moderada exégesis, no significa el monopolio del poder en la comunidad y hay que conjugarlo con los reproches y censuras públicas de Pablo, un “cardenal” del siglo I, a Pedro, el primer papa, en la Carta a los Gálatas (Gal 2,11-14), convenientemente adaptadas al siglo XXI, en lugar de colocar al papa en un pedestal fuera de toda crítica. Como siempre, el recurso a la Escritura (estamos diciendo continuamente que es Palabra de Dios) contribuye a poner las cosas en su sitio y desmonta conductas más propias del culto al jefe humano.

Cuando a veces hablamos de las dificultades de la fe o de creer podríamos también pensar en que hay momentos en que la forma de funcionar de los cristianos se ha de alejar –y por ello es más dificultosa– de los modos corrientes de proceder. En el caso de que hablo se trata de distanciarse de la manera de comprender el liderazgo diferentemente de lo habitual, de no abdicar de la propia responsabilidad y de fiarse del Señor Jesús por encima de todas las mediaciones. Y eso, en ocasiones, resulta más complicado de lo que parece a primera vista.

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