El legado del neoliberalismo

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Foto. Dirurik Gabe/Sin Dinero Elkartea.Transcurridos más de 20 años de la revolución neoconservadora que llevó a la caída del muro de Berlín primero y a la preponderancia de los mercados sobre la sociedad después, cabe preguntarse sobre el legado de aquella. Porque difícilmente podemos entender el mundo actual sin dirigir la mirada a ese pasado inmediato, en el cual Reagan y Thatcher, con el apoyo espiritual de Juan Pablo II, no solamente derribaron el muro de Berlín sino que destruyeron el consenso socialdemócrata en el que se había basado la política europea desde la posguerra. Consenso consistente en un pacto entre el capitalismo y el socialismo para mantener la cohesión social en torno a un capitalismo de rostro humano, en el cual el Estado intervenía para redistribuir la riqueza y las oportunidades y para asegurar un bienestar lo más universal posible. La crisis de los años 30, “resuelta” con la guerra más total y destructiva que el mundo ha conocido jamás, dejó paso a deseos de paz y reconstrucción. Tras la crisis y la guerra subsiguiente quedó la idea de que la intervención estatal resultaba clave para salir de las crisis cíclicas del mercado. Y no solo eso, sino que, además, aseguraba una cohesión social tras una época caracterizada por crisis económica y por el conflicto ideológico.

En ese pacto, tanto el mundo del capital como el del trabajo renunciaron a un programa máximo. Se trataba de reconstruir Europa y el mundo del capital entendió que había que hacer concesiones porque existía una amenaza creíble al otro lado del telón de acero. Asimismo, en el mundo económico dominaba la idea de que la intervención estatal en la economía era absolutamente necesaria para conjurar las tendencias autodestructivas del capitalismo.

Este contrato social fue sustituido por un nuevo discurso centrado en la desregulación de la economía, la privatización de lo público y la disminución del gasto social. Mientras los neoconservadores criticaban tanto la falta de libertades y de eficacia económica del comunismo como la “decadencia moral” de las sociedades occidentales, sus amigos neoliberales hacían negocio comprando los antiguos monopolios públicos a precio de saldo. Lo que deberían haber sido necesarias reformas de un sistema que no era perfecto pero sí necesario se convirtió en un desmantelamiento del sistema de equilibrios y contrapesos del capitalismo.

En España esa construcción del Estado del bienestar apenas empieza con los gobiernos socialistas precisamente cuando en el resto de Europa está siendo puesto en cuestión. De ahí que nunca en España haya alcanzado el lugar que ha tenido en otros países europeos. La disminución salarial, la desigualdad en el reparto de la renta y la reducción de los impuestos llevaron a que se acumularan grandes capitales que se convirtieron en créditos al consumo. La gente compraba ahora fundamentalmente a crédito. Todo el mundo se endeudó animado por una cultura consumista, claramente insostenible. Como consecuencia de la liberalización comercial, aspectos como la mano de obra barata, la explotación laboral -incluyendo la utilización de mano obra infantil- o la ausencia de ningún respeto por el medio ambiente se convirtieron en “ventajas competitivas” arruinando a su vez a la industria europea. Se aupó así a nuevas potencias imperiales como China, convertida en la nueva fábrica del mundo y en el nuevo acreedor de occidente. Quienes hablaban apocalípticamente de la decadencia cultural y moral de occidente son los mismos que han debilitado su soberanía económica. La responsabilidad de la jerarquía católica en este proceso es grande, centrando su discurso en una moral familiar y personal pretérita que ha privatizado el cristianismo, desconectándolo de la necesaria referencia social. Pretendiendo “salvar” a la sociedad ha desviado la atención de los procesos socioeconómicos que estaban haciendo el mundo más injusto. Procesos que, además, están en la base del cambio moral que posteriormente han criticado los neoconservadores. Todo se ha vuelto más precario e inestable, no solo el trabajo, sino también la moral y la familia. En vez de un liderazgo moral para “tiempos revueltos” centrados en la lucha por un mundo más justo, intentan restaurar la moral de un mundo que ellos indirectamente han contribuido a destruir. Los dirigentes eclesiásticos están siendo cómplices de este proceso, acelerando paradójicamente el proceso de secularización. Sus “demostraciones” de masas no son sino un espejismo que les separa cada vez más del resto de la sociedad.

Mientras tanto, la crisis financiera sigue galopando y el mundo del capital y las finanzas sigue insistiendo en que para salir de la crisis neoliberal necesitamos, por supuesto, más neoliberalismo. Todo sea para la ganancia de unos pocos y la pérdida de la mayoría. Aunque el neoliberalismo haya sido derrotado por la realidad, sigue teniendo el poder. Necesitamos elaborar un nuevo contrato social más allá del Estado nacional, que tendrá que ser necesariamente posneoliberal. El proceso ya está en marcha: se trata de discernir la oportunidad, sumar esfuerzos y situarnos en un contexto de miras amplio, europeo e internacionalista. ¡Juntos podemos!

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