En Ucrania, la agenda de paz ha optado por la militarización de la respuesta

Entrevista a Itziar Ruiz-Giménez

Itziar Ruiz-Giménez, profesora de Relaciones Internacionales de la UAM. Foto: UAM

La información sobre Ucrania nos ha llevado a aceptar como normal un lenguaje bélico que presupone la guerra como única solución al conflicto. Este es el contexto en el que España acaba de comprometerse a duplicar el gasto militar. Sin embargo, ningún conflicto se ha resuelto, históricamente sin negociación. Itziar Ruíz-Giménez, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid, nos ayuda a entender el contenido hoy de una agenda pacifista.

Estamos en guerra; le pido una primera reflexión sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Las responsabilidades ¿son a repartir o el malo es Putin?

Hay una agresión miliar de  Rusia contra Ucrania que vulnera de forma flagrante el derecho internacional ya que se viola el principio de integridad territorial. Hay por tanto un reacción de legítima defensa.  Pero, para colaborar a la resolución del conflicto, hay que tener en cuenta lo que ha llevado a esto. Una agenda de paz ha de tener en cuenta las agresiones de Rusia y también las que puedan estar cometiéndose por parte de Ucrania. La guerra está generando impactos devastadores, también en la sociedad rusa, por el aumento de la represión de los que están en contra de la guerra de Putin.

Hábleme más del contenido de esa agenda de paz…

Hay, como digo, una violación flagrante del derecho internacional. Creo que una agenda de paz ha de apoyar a los movimientos de resistencia civil en Ucrania y en Rusia. Segundo en la agenda de la paz: apoyar a quienes huyen o hayan decidido salir de Ucrania o de Rusia, y una decidida protección internacional a los posibles desertores de este conflicto armado.

Abordar este conflicto es entenderlo como el final de un proceso largo que se remonta al menos a 2014 cuando se produjeron crímenes de guerra tanto por parte del gobierno de Ucrania como de las fuerzas que apoyaban a los rusos. En la agenda de resolución pacífica hay también que tener en cuenta los deseos de las poblaciones del Donbas y de Crimea. Todo eso ha de incluirse en la agenda que ha de abordar la comunidad internacional para una paz sostenible, es decir, todos los factores que han alimentado ese conflicto.

La agenda internacional de paz hasta ahora, sin embargo, no ha puesto en el centro las causas, sino que ha optado por la militarización de la respuesta.

Pero ¿no es legítima la respuesta militar en un caso de agresión?

Lo que acabo de decir no niega el derecho de los ucranianos a defenderse en esta guerra, pero ¿cómo podemos ayudar para que se llegue a un acuerdo de paz y verdad, justicia y reparación por todos los crímenes que se están produciendo en este momento de guerra? No es cierto que vender armas sea la solución. No se quiere ver por todos esos intereses del negocio de la seguridad. Eso se expulsa del debate público, solo se invita a la TV a los expertos militares. Y el conflicto no se va a resolver en el terreno militar, se resolverá a través de la negociación política, y la comunidad internacional dispone de estrategias de plantear una salida no bélica al conflicto.

Existe la legítima defensa, pero también existe un principio clave del orden internacional desde el año 1945 que es la apuesta por la resolución pacífica de conflictos, y la ONU ha de buscar y mediar para lograrlo.  Se puede hacer mucho en el ámbito político, económico y diplomático para que Rusia se siente a debatir y a negociar.

¿Hay un designio claro detrás o se ha llegado a esto por un conjunto de errores?

Todo conflicto implica una controversia sobre las causas y sobre lo que alimenta el conflicto.  Tenemos que tener en cuenta los factores de relación bilateral pero hay que introducir también los factores internacionales que inciden en ese escenario de conflictividad armada. Hay factores geopolíticos concretos, pero también cuenta la existencia de un sistema neoliberal, que produce un conflicto permanente capital-vida, que está contra la vida, contra los ecosistemas; es lo que las elites de todos estos países hacen contra el sur global desde hace siglos. Ucrania estaba especializada en la producción de trigo y eso impacta en el sistema global, al igual que el tema ruso, por su papel en la producción de gas. En el centro del conflicto, por tanto, está la lucha por los recursos que sostienen el sistema capitalista. Hay quienes no quieren que se aborde ese tema, el conflicto entre el capital y la vida, que es previo a los anteriores.

Ese sistema global está afrontando una crisis medioambiental y una crisis de legitimidad. Por lo que se precisa introducir una mirada diferente, una mirada de género y una mirada medioambiental para ver la posible resolución de cualquier conflicto. Las élites de un lado y otro están interesadas en mantener la guerra, por lo que tratan de invisibilizar esos factores, y todas las batallas ideológicas que se producen en el escenario global. Por eso hay que cuidar los relatos, leerlos críticamente: no es igual decir que hay un conflicto entre un sátrapa y la democracia que un conflicto entre el capital y la vida, entre los intereses del capital y los de las poblaciones y los recursos del planeta.

Museo de la guerra en Kiev. Foto: Jorge Franganillo

¿No hay salida pacífica posible? Al inicio de la guerra, había quien hablaba de paz, pero ese discurso ha desaparecido…

Es preocupante que la opción de los países occidentales sea un discurso belicista que solo propone la salida militar y eso invisibiliza todo lo demás y no ayuda a construir una paz sostenible.

Entonces, ¿hay que enviar armas o no?

Esta respuesta que se produce naturaliza la venta de armas como la única opción posible. Esto no es nuevo, es una forma de entender la política exterior por parte de las superpotencias que viene desde hace décadas, naturalizar la idea de que hay que resolver todo por la vía militar, algo que creció desde el 11S. De lo que se trata en realidad es sobre todo de mantener los canales y flujos económicos que necesitamos; por ejemplo, se envían o forman soldados en Mali para garantizar la salida del uranio de Níger a Francia, que lo precisa para sus centrales. Detrás de todo están los intereses económicos y sobre todo las necesidades del primer mundo de energía y de materias primas decisivas.

De paso, la venta de armas beneficia a una élite europea, a las industrias de armamento alemanas, a los ministerios correspondientes, que pueden exigir ahora un 2% de PIB de gasto militar y sin debate. Y ahí está también el negocio de la seguridad. No aumenta el gasto ahora como resultado de la guerra, sino que hace décadas que se viene desviando dinero de la transición ecológica, de la defensa de los derechos, de la mejora de la sanidad y la educación, al negocio de la seguridad, que es el gran negocio hoy día, incluido el control de las fronteras. Hay muchos intereses que empujan en el sentido de esa respuesta militar. Además, hay otros muchos conflictos que no vemos. Y solo se responde a ellos naturalizando la respuesta militar.

Dices que hay una crisis global detrás de todo esto y que hay que cambiar el sistema. ¿Por donde se empieza ese cambio? Y ¿cómo se articula hoy esa respuesta pacifista?

Estos pacifistas son utópicos, se dice, cuando las evidencias históricas demuestran que en todos los espacios de conflictividad ha habido que sentarse a negociar y la comunidad internacional ha articulado muchos mecanismos diferentes a enviar armas o colocar misiles. Esas soluciones armadas son dañinas en general para todos. Se da por hecho la eficacia de la solución militar y que las alternativas no son eficaces, pero la historia demuestra lo contrario. Incluso en la II Guerra Mundial no solo contó lo militar. En general, la estrategia militar ha llevado a una paz no justa, una paz impuesta que no soluciona el conflicto en profundidad.

¿Qué podemos hacer como ciudadanos?

Movilizarse y salir a la calle para exigir que la respuesta de nuestros gobiernos sea pacífica. Exigir que en la agenda de negociación se sienten las feministas, los defensores del medio ambiente y de los derechos dumanos de Rusia y de Ucrania, que se aborden los aspectos económicos también. Exigir a nuestros gobiernos que la respuesta sea pacífica, antirracista, feminista, medioambiental, que ponga en el centro la vida y los cuidados. Hay muchas organizaciones que proponen alternativas para la política exterior e interior diferentes. El plan de recuperación para salir de la crisis energética no pasa por un acuerdo con Marruecos que viola los derechos de los saharauis. La transición energética  no es pintar de verde las políticas sino repensar el modelo.

También tenemos que introducir cambios en nuestra vida cotidiana:  podemos combatir el machismo, el racismo, igual que podemos y debemos cambiar nuestra manera de consumir. Tenemos que plantearnos qué le pedimos a las administraciones, a qué partidos apoyamos: a los que privilegian a muy pocas personas o a los que hacen una apuesta diferente. Eso nos exige cambios personales también, como usar el transporte público, defender la educación y la sanidad pública en lugar de apostar por un seguro privado o de mandar a nuestros hijos a la enseñanza privada. Cambios todos que visibilicen que es el modelo global lo que hay que cambiar a favor de un modelo que ponga en el centro la vida y los cuidados de todos, no sólo el beneficio de las élites.

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