por Rafiqul Islam (traducción de Cristina Ruiz)

Mohammad Rafique (a la derecha) y otros niños refugiados se reúnen en el mercado Kutupalong dos semanas antes del confinamiento decretado en Bangladesh. Foto: Rafiqul Islam/IPS.

Mohammad Rafique tiene nueve años y solía dedicarse a recoger verduras del Bazar de Kutupalong Bazaar para después venderlas en el mercado que existe en el campo de refugiados en el campamento de Kutupalong, un asentamiento en el que viven unas 600.000 personas de la etnia rohingya en la ciudad costera de Cox’s Bazar (Bangladesh). Pero hoy por hoy, a causa de la pandemia del coronavirus, tiene que quedarse en casa con sus padres en una chabola improvisada en las faldas de una colina en este campo de refugiados en expansión. Desde el 26 de marzo se decretó en Bangladesh un confinamiento nacional para tratar de contener la propagación del coronavirus. Las cifras más recientes reflejan que el país tiene más de 7.667 personas contagiadas de las que han muerto 168.

El gobierno de Bangladesh determinó más tarde, el 8 de abril, el aislamiento de los 34 campos de refugiados en Cox’s Bazar, cuyos habitantes no están autorizados a salir de ellos salvo para conseguir alimentos de primera necesidad o asistencia médica. Cox’s Bazar es el campo de refugiados más grande del mundo. Huyendo de la persecución en una Birmania (Myanmar) predominantemente budista, más de un millón de rohingyas viven en estos campos superpoblados al sur de Bangladesh.

“Mis padres me han insistido en que me quede en casa al saber que la gente se está contagiando de un virus letal a lo largo del mundo y que también ha empezado a contagiar personas en los campos cercanos”, cuenta Rafique. “No sólo mis padres y yo, sino toda la población rohingya que vive en el campo están muy concienciados sobre este virus porque han oído que mucha gente está muriendo en todas partes después de contagiarse”.

Pánico en el campo

Aunque no se ha detectado ningún caso de coronavirus en los campos rohingya, una persona en las inmediaciones dio positivo de COVID-19 y esto ha sembrado el pánico entre la población refugiada. “Es cierto que el pánico hace a los rohingyas permanecer en los asentamientos, pero en colaboración con las administraciones locales estamos llevando a cabo una campaña de concienciación entre los refugiados para que estén informados sobre el coronavirus”, afirma Hafez Jalal un líder comunitario. Según detalló a la agencia de noticias IPS, se ha recomendado a la población refugiada que se quede en sus casas y que sigan las recomendaciones sanitarias para estar a salvo del contagio.

El distanciamiento social es la mejor manera de prevenir el coronavirus, pero es muy difícil mantenerla en estos campos superpoblados, en los que las chabolas están construidas una al lado de la otra, separadas por calles angostas y atajos entre una zona y otra. Los puntos de abastecimiento de agua son muy escasos en el campo y –aunque no se sabe exactamente cuántos hay– cada uno de ellos abastece las necesidades de varios cientos de personas. Voces expertas han expresado su preocupación sobre la posibilidad de que, si un brote de coronavirus surgiera en el campo, se propagaría rápidamente dadas las condiciones de hacinamiento.

Niñas rohingyas se lavan las manos en una escuela en el campo de refugiados. Foto: UNICEF Himu

El desafío del distanciamiento

La portavoz del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Louise Donovan sostiene que las condiciones de superpoblación de los campos suponen un mayor riesgo para la rápida expansión del virus, en el caso de que se diera un brote, ya que la densidad de población es de 40.000 personas por kilómetro cuadrado. El distanciamiento social supone un desafío en un entorno así, a pesar de las medidas que se han puesto en marcha en los puntos de distribución para mantenerlas. “En este momento poder establecer el aislamiento y el acceso al tratamiento es una carrera contrarreloj si se quiere atender a los pacientes en el caso de que haya un brote”, señala Donovan. Los socios humanitarios que apoyan al gobierno de Bangladesh han estado trabajando sin descanso para asegurar una mínima capacidad de respuesta en el caso de que hay aun pico de infección, ya que la situación es muy preocupante.

La sensibilización en torno al coronavirus es también una de las claves. Una voluntaria del campo de refugiados explica que se ha difundido información sobre la COVID-19 a través de anuncios en radio, vídeos y pósters en los campos de refugiados tanto en idioma rohingya como en birmano y bengalí. Los mensajes de precaución también están siendo difundidos por los imanes y los lideres comunitarios, así como por personas voluntarias que explican cómo se disemina el coronavirus, cómo puede protegerse la gente, cuáles son los síntomas y cómo buscar ayuda. El gobierno está difundiendo asimismo información a través de múltiples canales, incluidas las redes de telefonía móvil y altavoces.

Control policial

La población local constata que fuerzas del orden y miembros del ejército han instalado retenes en las principales vías del distrito y están patrullando tanto dentro como alrededor de los campos de refugiados para evitar que la gente se desplace. En una publicación a través de Facebook uno de los diputados locales, Kamal Hossain señaló que los 34 campos rohingya estaban aislados y que estaban prohibidas las reuniones multitudinarias y las manifestaciones. “Los refugiados no pueden ir de un campo a otro y no pueden establecer mercados anárquicamente dentro de los campos. Pero se están dando pasos para que los refugiados puedan quedarse en sus casas y asegurar el abastecimiento de bienes de primera necesidad para ellos. Las fuerzas del orden han intensificado la vigilancia”. Hossain también advirtió que se emprenderían acciones legales contra quienes violasen esa orden. Pero a pesar de conocer los riesgos, muchas personas no tienen otra opción que abandonar sus casas en busca de comida y agua.

“Muchos refugiados salen de sus casas diariamente para abastecer sus necesidades, ignorando las recomendaciones de las autoridades, lo cual es preocupante”, subraya el líder comunitario Hafez Jalal. El futuro es incierto y, en el momento de escribir este artículo el gobierno de Bangladesh había extendido ya el confinamiento nacional hasta el 25 de abril, en un país en el que apenas hay 45 respiradores para una población de más de 160 millones de personas.