Comienzo a escribir este artículo durante el confinamiento por el estado de alarma que ha provocado, en todos los sentidos, el coronavirus. Ojalá que cuando lean esto la situación haya mejorado y ya podamos ir volviendo poco a poco a la vida cotidiana. Sin querer ser pesimista, creo que esto va para largo.

por Juan Carlos Prieto Torres jukaprieto@abadju2hotmail-com

Estamos en tiempo de Pascua, estación primaveral. Los que creemos en los efectos de la Resurrección y los que creen en otros temas o en nada concreto tenemos el reto de aportar un enfoque esperanzador a esta situación a pesar de las circunstancias.

Desde el principio de la pandemia, tuve la sensación de que este bicho había venido para algo más que traernos desajustes, incomodidades, dolor y muerte. Creo que íbamos locamente por el mundo, al menos los del hemisferio norte: tanto consumo descorazonado, tanto viaje a altas velocidades y tanta desigualdad no podían derivar en nada bueno. De pronto aparece este virus, que tiene más poder que el Fondo Monetario Internacional (FMI), y pone todo patas arriba. De repente, tenemos que frenar, pararnos y quedarnos en casa. No debemos aproximarnos mucho ni tocarnos para evitar el contagio. Entonces empezamos a darnos cuenta de lo que es no poder sentir la cercanía, los abrazos y los besos. Nos toca reinventar que todas esas dimensiones las podemos sentir de otra manera aunque no se experimente lo mismo. Nos quedamos sin salir a la calle, metiditos en el hogar al grito de “yo me quedo en casa”, por obligación, por prudencia y por acojone. Comenzamos a valorar lo que es salir a la calle, mientras me vienen a la mente y al corazón aquellos que están en prisión. Me pregunto si a partir de ahora alguien pensará que se está bien en la cárcel. En cierta medida, estamos experimentando lo que es estar privados de libertad, aunque tan solo sea una poquita. ¿Esta situación nos hará más sensibles a las distintas formas de encarcelamiento?

Descubrimos que podemos vivir con poco e incluso con menos. Algunos se van haciendo conscientes de que acumulamos demasiado. La economía se desploma porque solo consumimos lo que necesitamos y usamos aquello que teníamos aparcado y olvidado. Nos apañamos con trapos y utensilios variados para dar rienda suelta a la creatividad y jugar con nuestros hijos sin que haya pantallas por medio. Pero el consumo manda y se determina que los del sector de la construcción salgan a trabajar porque para alguien es más importante que los pisos nuevos se vendan a que durante este tiempo busquemos una manera para que se habiten las viviendas vacías a precios no lucrativos. No quiero decir con esto que no sienta dolor por los parados que esta situación está ocasionando,  las pérdidas económicas que está suponiendo o los fallecidos. Es el momento de replantear que tenemos que ser más sencillos en nuestros modos de vida y prescindir de ciertos hábitos que dan caché pero, por otro lado, nos debilitan.

Vivimos una etapa de la historia de gran generosidad y creatividad. Muchas personas ofrecen su arte, sus habilidades, su dinero, su bondad y su trabajo extenuante para que entre todos salgamos adelante. Con tantas muestras de entrega generosa y desbordante nos han brotado lágrimas que habíamos guardado en el trastero.

Se destina dinero a la investigación y a la sanidad pública. Se busca con rapidez una vacuna. Se hacen campañas, conciertos, proyectos solidarios para recaudar dinero para hacer frente a la pandemia. Mientras me pregunto por qué cuando se produjo la epidemia del ébola del 2013 al 2016 en África Occidental no se actuó de la misma manera. Tal vez porque seguimos haciendo diferencias a la hora de destinar más o menos recursos, en función del país o del lugar donde nacimos. Parece que no tenemos aún conciencia de que todos estamos en el mismo mundo. Globalizados sí, pero no para afrontar el dolor. Pero esta vez nos ha tocado también a nosotros y quizá esto nos esté enseñando a ser un poco más empáticos para la próxima vez que oigamos que algún país del mundo está sufriendo una epidemia.

Mientras tanto el planeta nos ofrece una muestra de lo que es capaz de hacer por sí mismo. Se purifica y regenera. Vuelve la vida donde el cemento ser convirtió en cementerio vestido de bienestar. ¿Seremos capaces de escuchar sus gritos de resurrección que nos invitan de nuevo a la vida?

En este tiempo de aislamiento nos ofertan diversas propuestas. A mi modo de entender, a veces por ayudar nos saturan. Casi nadie advierte que este virus nos está invitando a pararnos y encontrarnos con nosotros mismos, a hacer menos, incluso nada. A no hacer tantas llamadas, ni vídeo-llamadas, a dejar de comunicarnos tanto externamente. Nos estamos perdiendo la belleza del silencio. Creo que estamos en un momento especial para redescubrir lo cercano y lo profundo porque sólo haciendo viajes a nuestro interior podremos hacernos conscientes de lo que este virus nos ha venido a enseñar.