La imprescindible sostenibilidad ambiental

El Día Mundial del Medioambiente (5 de junio) constituye una llamada a la acción para fomentar su respeto y cuidado, reconociendo su papel esencial en nuestra supervivencia y bienestar, y para adoptar un enfoque sostenible integral en nuestra vida y en la economía mundial. Los científicos nos recuerdan que tenemos un papel crucial en la conservación y mejora de nuestro entorno natural.

La disminución de los glaciares es una grave consecuencia de la crisis climática.

El término ‘medioambiente’ se usa comúnmente en referencia al ambiente natural; sin embargo, además de los elementos físicos (clima, geografía, geología…) y biológicos (población humana, flora, fauna, agua…), incluye también elementos socioeconómicos y culturales (actividad laboral, urbanización, conflictos sociales, tradiciones…) y las relaciones que se establecen entre tales elementos.

Desde hace años, las actividades industriales y productivas han ocasionado grandes cambios en el medioambiente y los ecosistemas, debido a la abusiva utilización de los combustibles fósiles y de productos químicos; a la expulsión de gases contaminantes por parte de las refinerías, industrias y vehículos terrestres, marítimos y aéreos; a la extracción de minerales radiactivos; a los bombardeos sobre complejos industriales que liberan grandes cantidades de sustancias tóxicas; a la enorme cantidad de dispositivos tecnológicos desechados (móviles, GPS, ordenadores, portátiles, grabadores, tabletas, pilas, baterías…); al consumo excesivo de bienes no renovables; a los incendios, la tala indiscriminada, la caza y la pesca sin control…

El pilar fundamental del desarrollo ha sido el modelo energético basado en los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), cuya quema libera a la atmósfera dióxido de carbono, el principal de los gases de efecto invernadero (GEI). El calentamiento global está íntimamente relacionado con el uso masivo de los combustibles fósiles. De igual manera, el modelo de producción agrícola, con la excesiva utilización de productos químicos (frecuentemente tóxicos) y de agua, ha contribuido a esquilmar los suelos, agotar los acuíferos, degradar las aguas, deteriorar la fertilidad de las tierras y destruir la biodiversidad.

Todo ello ha contribuido al cambio climático, con fenómenos meteorológicos cada vez más adversos y agresivos: inundaciones, huracanes, ciclones, olas de calor, alteraciones de regímenes de lluvias, sequías… que perjudican la salud y el bienestar de los seres humanos y la producción agrícola y ganadera.

Los desastres climatológicos se han cuadruplicado desde 1960, la mayoría de ellos en los llamados países en desarrollo, donde la seguridad alimentaria de las familias más vulnerables depende directamente de la salud de los ecosistemas y de la productividad de la tierra. El 50% de la población más pobre causa el 10% del calentamiento global, pero soporta las peores consecuencias. El cambio climático acentúa la desigualdad y la pobreza en todo el planeta.

Los científicos subrayan que, si se mantiene el ritmo actual de explotación de los recursos naturales, se habrán agotado antes de un siglo. La naturaleza se encuentra en situación de emergencia. El crecimiento ilimitado es incompatible con la preservación de la vida, porque los recursos del planeta son limitados.

Debemos adoptar prácticas sostenibles en nuestra vida diaria. Es un deber ético ahorrar agua; reciclar basuras y objetos personales; ahorrar energía eléctrica y combustibles; reducir el uso del vehículo particular y usar el transporte público; comprar con racionalidad; consumir productos orgánicos y libres de fertilizantes y pesticidas químicos; regular el uso de la calefacción y el aire acondicionado… Son acciones aparentemente insignificantes, pero determinantes si se generalizan.

Además de la acción individual, son necesarios cambios sociales, económicos y políticos muy profundos para proteger el medioambiente sin renunciar al progreso económico y social.

Urge la transición del modelo energético basado en los combustibles fósiles hacia el modelo basado en energías renovables (eólica, hidroeléctrica, solar, mareomotriz, geotérmica…), modificar el sistema de producción de alimentos descartando el uso de sustancias químicas, incorporando cultivos de cobertura y utilizando racionalmente el agua de riego y, al mismo tiempo, mejorando la gestión ganadera.

En los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Agenda 2030), Naciones Unidas ha enfatizado la necesidad de asegurar la sostenibilidad de los sistemas productivos, el mantenimiento de los ecosistemas, la lucha contra la desertificación, la degradación de la tierra y la pérdida de biodiversidad.

La palabra clave es “sostenibilidad”: la satisfacción de las necesidades presentes sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras. Con el desarrollo sostenible no se pone en peligro los recursos necesarios para el mañana.

En lo concerniente a la sostenibilidad medioambiental, los cristianos tenemos suficientes argumentos para abogar por ella. Conviene recordar las encíclicas del papa Francisco: Laudato si’ y Laudate Deum.

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