¡Hazte grande o lárgate! Entender la agricultura escudriñando la historia

“Get big or get out!” Este fue no solo un eslogan ocurrente de Butz, un polémico mandatario norteamericano del siglo pasado, sino que puede considerarse el mejor resumen de lo que vertebró la política agraria de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, desde tiempos de Eisenhower hasta Nixon y Ford. Sobre esos cimientos se ha construido el desarrollo de la economía agraria en todo Occidente hasta nuestros días. También en el caso de la Unión Europea ya que, en los últimos 15 años, ha perdido casi el 40% de sus agricultores. La mayoría eran medianos o pequeños productores, que han quebrado o han sido comprados por organizaciones cada vez más grandes, su propia competencia.

Los agricultores han llevado las protestas a Bruselas coincidiendo con una cumbre de la UE. Autor: 
HATIM KAGHAT/BELGA MAG/AFP/Getty Image

Los fondos de la Política Agraria Común (PAC) en la UE se distribuyen en función de las hectáreas de tierras agrícolas en propiedad. Ello favorece a estas entidades terratenientes que son, además, las explotaciones agrarias y ganaderas más industrializadas. La normativa de la UE está articulada y orientada a este modelo macroeconómico. Por otra parte, la gran distribución y las empresas alimentarias imponen precios bajos a los productos de los agricultores y ganaderos. A su vez, las compañías multinacionales que suministran los insumos utilizados para la actividad agropecuaria (fertilizantes y abonos, herbicidas, plaguicidas, fitosanitarios, medicamentos, variedades de semillas mejoradas, etc.) controlan al alza la subida de precios de los mismos.

En los grandes acuerdos comerciales internacionales, como el de UE-Mercosur -que son siempre pactos complejos, poliédricos y ricos en conflictos de intereses- la agricultura y la ganadería son moneda de cambio frente a otros sectores productivos europeos, como el tecnológico, para acceder al mercado latinoamericano.

En el núcleo de las negociaciones para concretar las normativas y políticas que deben implementarse desde Bruselas, están las entidades que oficialmente representan a los agricultores y ganaderos, concretamente las grandes agrupaciones Copa y Cogeca. Aunque teóricamente representan a todos, adoptan posturas que defienden los intereses de las entidades poderosas, que son una minoría, y que prosperan en un sistema alimentario como el que actualmente tenemos. Orientado hacia ese tipo de producción que exige maximizar eficiencia, reducir costes, aumentar la producción general y basarse en modelos económicos actuales que son, cuando menos, injustos.

En la UE, el intento de un marco legislativo para un sistema alimentario sostenible, se estancó antes de llegar a su meta; otro tanto está ocurriendo con una pretendida actualización de las condiciones de bienestar animal. En cambio, los grandes grupos de presión agrícola sí han conseguido que vuelva a autorizarse el uso del herbicida glifosato (cancerígeno a medio/largo plazo) y pronto van a permitirse la entrada de nuevos Organismos Genéticamente Modificados (OGM) en el mercado europeo, sin requisitos de etiquetado ni de evaluación de riesgos. Esto va a poner en jaque la agricultura tradicional y ecológica, en suma, a quienes adoptan prácticas verdaderamente sostenibles. No se incentiva ni recompensa suficientemente este modelo de producción. Esta falta de regulación adecuada, es la que obliga a agricultores y ganaderos a elegir, irremediablemente, entre la producción industrial o el cierre. Proponer agricultura y naturaleza como realidades enfrentadas es establecer una falacia como dicotomía, que desvía deliberadamente la atención de las causas profundas de los problemas agroganaderos y va a contribuir a empeorar la situación hasta que sólo queden las explotaciones más grandes.

Además, el cambio climático, con las prolongaciones de periodos de sequía y el aumento de los procesos irruptivos de inundación, y las pérdidas de biodiversidad y suelo, especialmente en determinados territorios, ha agravado la situación. Incluso en el ámbito del más elemental análisis y descripción de la problemática del sector agroganadero, el medio ambiente y su defensa, no son a priori los enemigos o la causa de las dificultades del sector. Como tampoco lo es el Pacto Verde, ampliamente denostado, pese a que ninguna de sus principales normas haya sido todavía implementada en la UE.

La agricultura del futuro va a estar condicionada por dos grandes desafíos: la creciente demanda de alimentos y la lucha contra el cambio climático. Por eso muchos estiman que las políticas agrarias de la UE deben apostar por la investigación, la innovación y el desarrollo de capacidades en el sector agroalimentario, y que para eso hay que contar con el apoyo de lo que se ha dado en llamar el “marco multifinanciero”. Ahí se ubican las iniciativas focalizadas al fomento de la digitalización y lo que se denomina la innovación tecnológica en el campo. Bajo este oropel de planteamiento científico, resulta sumamente interesante contrastar la propuesta que autores como Enrique Lluch Frechina han llamado “el economicismo como religión”, desvelando el modo en que actualmente muchos consideran esa idea del mercado y sus fuerzas como algo superior a nosotros mismos.

Todo un reto para quienes, como ciudadanos y ciudadanas, hemos de votar el próximo mes de junio en las elecciones al Parlamento Europeo: informarnos, profundizar, conocer, discernir, ver, juzgar y actuar.

Autoría

  • Trinidad Ruiz Téllez

    Es una investigadora especializada en Flora y Vegetación mediterránea, Fitosociología integrada y Botánica Aplicada. Ha sido Profesora Titular en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Extremadura y está recientemente jubilada. Ha sido miembro del Grupo de Investigación en Biología de la Conservación de la Uex y del Grupo de Innovación Docente de Ética del Profesorado Universitario. En la última década, ha trabajado con comunidades indígenas sobre Usos de las Plantas en la Amazonía Ecuatoriana. Ha ocupado puestos de responsabilidad en el ámbito de la gestión y política universitaria, como la Dirección de Educación Superior y Liderazgo de la Junta de Extremadura, entre otros. Es militante de Profesionales Cristianos. Fue educada en las Siervas de San José (Josefinas), una congregación religiosa que ha marcado la iniciación a la fe cristiana a cuatro generaciones de su familia. Ha compartido su vida con Jesús Salas, que hoy es su esposo, desde los diecisiete años. Tienen dos hijos. Acaban de ser abuelos.

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