Desde hace varios años trabajo en el Plan FinEs que es una propuesta educativa, elaborada por el Ministerio de Educación de la Argentina, pensada para que las personas mayores de 18 años puedan terminar sus estudios primarios y secundarios.

En este marco pedagógico ejerzo, como bendición y elección, mi profesión como docente en Villa 20 que es uno de los tantos barrios humildes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Y en ese territorio donde nada sobra, pero abunda el amor y el compromiso, coordino la Sede del Plan FinEs “Hermanos Latinoamericanos” en la que, en estos tiempos signados por la COVID-19 y la desazón, cursan en forma virtual más de un centenar de personas que, con sus necesidades e ilusiones a cuestas, sueñan con finalizar la secundaria.

Allí de “primera mano” entiendo que el aislamiento al que nos condujo la pandemia no es romántico sino que representa, inevitablemente, una “condena” compleja de respetar y aceptar para muchas familias del barrio que viven hacinadas y sin acceso a servicios sanitarios básicos.

También caigo en la cuenta de que la brecha digital que tienen mis alumnos agudiza la desigualdad social que los separa, y distancia cada vez más, de aquella fracción de la sociedad que tiene libre acceso a recursos digitales e Internet.

Así mismo comprendo lo dificultoso que es pedirle a un adulto que realice actividades educativas cuando las tiene que resolver a través de su celular que, además de ser obsoleto en muchos casos, también lo utilizan sus hijos para hacer sus tareas escolares.

Además percibo el sacrificio que implica estudiar en medio de una pandemia que, sin compasión, acecha justamente a quienes no tienen la posibilidad de llenar sus alacenas por una semana, ni tienen recursos económicos como para transitar por esta situación en forma holgada y relajada.

Pero principalmente comprendo que, por acción u omisión, el Estado tiene la responsabilidad de que mis alumnos -como tantos otros que habitan en barrios vulnerados en sus derechos- vivan en condiciones precarias.  Y, dicho sea de paso, comprendo también que el Estado es responsable por hacer que los docentes del Plan trabajemos en una situación de absoluta precariedad.

Asimismo aprendo de mis alumnos la dignidad de rebelarse contra las injusticias, la capacidad de organizarse comunitariamente para enfrentarlas, la necesidad de mantener siempre la frente en alto y lo imprescindible que resulta tener en nuestro corazón, en cualquier circunstancia, una inquebrantable ilusión que ilumine el presente y encienda el horizonte.

Y a través de sus cálidas palabras que me hacen sentir “uno más de ellos”, y siendo testigo del esfuerzo diario que realizan para mejorar sus vidas, puedo afirmar con inquebrantable convicción que la mejor herramienta para transformar la realidad habita en la educación porque a través de ella las personas pueden tender puentes de ternura, desde este presente incierto e injusto, hacia un futuro de mayor justicia y equidad.

Por todas estas razones que engrandecen mi existencia, y por tantos otros sentimientos imposibles de ser capturados en simples palabras mundanas, en este contexto tan angustiante e imprevisible estoy eternamente agradecido con todos mis alumnos de Villa 20, y con todos aquellos que estudian y viven en barrios vulnerados en sus derechos por el Estado, porque cotidianamente ellos nos brindan lecciones magistrales de solidaridad y de vida que enriquecen el alma y ensanchan la mirada.