1. Lo primero: arriesgarse

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Lo primero es perder el miedo a pensar con libertad. Son muchos años de pensar en la misma dirección, dentro del mismo corralito. La educación, la sociedad, la catequesis… todo marca. Y los progres lo tenemos peor, porque nos creemos que ya estamos “liberados”.



 “Yo lo que quiero es morir dentro de la Iglesia”, me dijo un joven. Y por eso no quería arriesgarse a pensar ciertas cosas “heréticas”.

 “Yo lo que quiero saber es si mi persona permanece después de la muerte”, me dijo un cura. Y se respondía con mitos infantiles que no se cuestionaba (aun sabiendo que eran infantiles).

 “Pero en algo hay que creer”, dicen muchos, sin escarbar en el algo.

 “Yo sé de quién me he fiado”, dice san Pablo; pero yo creo que no lo sabía.

Lo bueno que tiene pensar lo divino es que siempre se puede ir más allá, si lo divino es –por definición– lo totalmente otro. No hay fronteras para el libre-pensador religioso (“religioso” entre comillas). Si tu religión no está en crisis, ¿qué religión es la tuya? Alguien puede plantearse qué falta hace pensar cuando hay tanto que hacer. Otros no podemos hacer sin pensar por qué lo hacemos. En cualquier caso, la religión no puede ser un obstáculo para crecer, como lo es casi siempre.
NB. El viñetista se contentaría con que estas viñetas dieran para un diálogo.

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