“Enrique fue un hombre bueno”

personal-4.jpgFue noticia hace unas pocas semanas: Enrique Miret Magdalena dejaba este mundo para unirse definitivamente con el Padre. La repercusión mediática de este suceso ha sido muy grande.

Alandar se suma a estos múltiples homenajes póstumos de una persona que, en su momento, había recibido uno de nuestros premios y hasta los había entregado. Era un amigo y estas líneas no responden a ninguna convención, sino que quieren ser expresión de un sincero afecto personal y colectivo, de dolor por la pérdida y de esperanza de un futuro encuentro.

Teólogo, miembro activo de la sociedad, hombre bueno. Tales podrían ser los epígrafes que delimitan a la persona a quien dedico mi recuerdo.

Enrique se quería teólogo. Así es como solía presentarse por delante de sus otros aspectos profesionales o públicos. Y realmente lo era. Pues era un creyente cristiano que reflexionaba sobre su fe – en esto realmente consiste el quehacer teológico atendiendo a su núcleo básico- y la comunicaba a los demás. Esa reflexión fue fruto del compromiso de un creyente que trabajó en diferentes organizaciones eclesiales como la Acción Católica de los tiempos gloriosos, Mensajeros de la Paz y otras, y que quiso pensar libre y profundamente sobre aquello en que creía y vivía.

Comenzó a hacerlo cuando la teología -la de aquellos tiempos de la posguerra– estaba prácticamente monopolizada por el clero, lo cual hizo de él un precursor en unas circunstancias políticas y eclesiales nada sencillas para su labor teológica. Y lo hizo con los medios a su alcance, mediante sus enormes lecturas y sentido crítico propio del intelectual que siempre fue. No era un teólogo tal como se entendía corrientemente en este país sobre todo antes del Concilio, alguien sumergido en seminarios y en alguna facultad de teología, pero no por ello lo fue menos sino más. Enrique pensaba la fe desde su condición de seglar, por lo cual tuvo especial interés en la transmisión de ella de forma adecuada a la realidad que le rodeaba y de la que participaba tan activamente. Muestra de ello, su famosa colección de catecismos de todas las épocas.

No es fácil caracterizar la labor teológica de Enrique Miret, quizá precisamente por su amplitud de miras y perspectivas, porque no se ajustaba a los modelos más usuales en esta tarea dentro de nuestro ambiente y porque su docencia no se ceñía a los campos más tradicionales y rayaba siempre en las zonas fronterizas dialogando con la no creencia o el agnosticismo.

En esta línea, una característica muy propia de su labor teológica –no sólo de la suya, también de la de otros teólogos, aunque no tan numerosos como se querría– era la pregunta sobre Dios y lo religioso en el mundo actual planteada y tratada desde presupuestos comprensibles por muchas personas. Lo testimonian libros suyos como El nuevo rostro de Dios. El porvenir de la religión.

Espíritu ecuménico

Y como es natural dentro de una mentalidad como la suya, una de sus preferencias fue la apertura al fenómeno religioso y humano expresado en moldes diferentes de los cristianos, los orientales. Aprovechando lo que de la comunicación divina está presente y activo en esas tradiciones. Era en ese sentido un católico con auténtico espíritu ecuménico.

La crítica libre de las autoridades eclesiásticas y políticas fue otra de sus aportaciones. Crítica serena y pacífica, no agresiva pero seria. A ello precisamente le ayudaba su independencia en todos los sentidos, que le confería su condición de laico de padre de familia, de profesional y empresario. Ciertamente Enrique Miret Magdalena no fue un teólógo al uso, sino mucho más rico y enriquecedor.

Esta su peculiar forma de hacer teología hizo que algunos teólogos “profesionales” no le apreciaran tanto como hubieran debido. Porque su preocupación principal de pensar una fe en y para el ser humano en las actuales circunstancias es el mejor objetivo de cualquier teólogo, por encima de cualquier tipo de erudiciones, de las cuales, por cierto, Enrique estaba más que suficientemente abastecido. Como pertrechado estaba de otros instrumentos, como la sociología de la religión, la mentalidad científica y la vida realmente vivida, para ahondar en su reflexión sobre Dios y el ser humano.

Como puede suponerse, su actividad teológica no recibió muchos reconocimientos oficiales -¡qué gran perito hubiese sido en el Concilio, al que asistió como invitado en algunas sesiones!- pero sí por parte de algunos de sus colegas cuando le eligieron presidente de la Asociación de teólogos Juan XXIII.

Profesional y político

Además de esa actividad hay que recordar, para hacer justicia a la figura y personalidad de Enrique Miret, su faceta de hombre profesional y político. No es aquí lugar de extenderse sobre esas vertientes. Pero es imposible no mencionar, al menos, su presidencia de la Confederación de la Pequeña y Mediana Empresa y el hecho de que fuera Director General de Protección de Menores. Ello, unido a sus abundantes publicaciones teológicas, es una muestra de la capacidad de trabajo y dedicación de este hombre.

Como he insinuado más arriba, tales aspectos de su vida, lejos de distraerle de la teología, más bien le proporcionaban la materia prima y lo medios para ello. Logró en ese sentido unir vertientes no estrictamente contradictorias, pero sí aparentemente lejanas y, desde luego, incompatibles para muchos otros.

Y, por último –last not least– Enrique fue un hombre bueno. Pocas veces se encuentra uno con una persona que concentre en torno a sí tantos afectos de tan variopintas gentes. Empezando por su familia, como es natural, pero siguiendo por tanto compañeros de trabajo, colegas… o simplemente amigos, llama poderosamente la atención la cantidad y calidad de sus relaciones. Y no por compromisos o intereses, sino porque su bondad, entrega a los otros, rectitud… concitaban a su alrededor a muchas diversas personas, como mostró, por ejemplo, la asistencia a su funeral en la iglesia de los Jerónimos. La frase de Fernando Ledesma, el ministro del gobierno de Felipe González, que le nombró para la Dirección General que acabo de mencionar, “¿Porqué somos tantos los que queremos a Enrique?”, refleja adecuadamente el efecto que su persona y vida produjeron a su alrededor. En los obituarios publicados aparece con fuerza y con palabras sinceras por parte de gentes de muy diversas tendencias elogios que para otros hubieran parecido adulaciones. Es lo más parecido a una verdadera canonización,personal-4.jpgpersonal-4.jpgpersonal-4.jpg mucho más válida, ejemplar y útil que no pocas de las oficiales.

*Federico Pastor-Ramos es Presidente de la Asociación de teólogos/as Juan XXIII

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