El Perú vive una crisis política, institucional y social constante. Desde los tres presidentes en una semana en el 2020, pasando por el golpe de Estado fallido en el 2022 y la asunción de la primera presidenta en la historia del Perú en 2023, hasta una sociedad cada vez más desmovilizada. Salvo la gastronomía, el resto es una secuencia del drama en el que está sumido el país. Comparto dos ideas que pueden servir para la discusión de la despolitización de los jóvenes en mi país

Desde el siglo XVIII, la participación del individuo en los asuntos políticos ha aumentado. Antes, tenían poca relevancia a los ojos de las personas. Para nosotros esto parece inverosímil; sin embargo, el filósofo Jacques Ellul explica que “durante centurias los asuntos políticos, excepto en raras ocasiones, fueron muy poco movilizadores; apenas preocuparon a especialistas en un tema específico o constituyeron un juego de príncipes que afectaba a un número muy limitado de individuos”. La participación activa de las masas en los asuntos políticos es un fenómeno nuevo.
Esta politización moderna se basa en considerar todo desde el punto de vista político, subordinando los problemas del individuo a los del grupo y considerando que los asuntos políticos están al alcance de todos. Esto convierte la politización en un mito, dice Ellul. “Después, éste se revela a sí mismo en creencias y, como consecuencia, produce fácilmente un cierto fervor religioso”. La politización recibe un carisma sagrado. Hoy no podemos concebir la vida de otro modo que no sea político porque está integrado en lo hondo de nuestra conciencia. En un punto álgido, dejar de creer en ella puede convertir a las personas en “herejes” de este tiempo.
De la fe en la política
En Perú, los jóvenes están perdiendo la fe en la política y en lo que conlleva. Esta despolitización encuentra argumentos en lo que Vergara (2024) llama “la comunidad de enemigos”: el grupo falla en atender los problemas del individuo, produce una sociedad poco cohesionada, con una élite alejada de la realidad, ineficaz; los asuntos políticos no están al alcance de todos y no todos están capacitados para tratarlos; se puede analizar el desmoronamiento del proceso de descentralización y la vida en las regiones. El Estado no es un ente nuclear en la vida de la gente que inicialmente le había entregado lealtad, se revela el fenómeno de la informalidad que sirve como un descompresor de la insatisfacción con el Estado y que se impregna en la constitución de la vida de las personas o en la desconfianza generalizada en las instituciones y las autoridades públicas.
La fe de los jóvenes en la política se desmorona, pierde su sentido sacro; por eso, ante los últimos hechos en Perú, no sienten un deber hacia la política
Aunque puede ser verdad que la política solucione problemas administrativos u otros relacionados con la organización económica, nada de eso forma el nuevo mito de la política en Perú. En el país, no solo no se cumplen las expectativas de una gestión institucional eficiente, tampoco es capaz de ocuparse de los problemas personales de cada uno, anteriores a los procesos de politización: el sentido de la vida, el bien y el mal, la responsabilidad, cuestiones del ser que aquejan a los jóvenes de Perú y de todas partes.
La fe de los jóvenes en la política se desmorona, pierde su sentido sacro; por eso, no es extraño que ante los últimos hechos (asesinatos estatales, corrupción, delincuencia institucionalizada), los jóvenes no sientan un deber hacia la política.
De la sociedad y el espíritu
En una audiencia con jóvenes, el Papa Francisco decía que había que evitar tener “cara de funeral”. Quizás los jóvenes, instintivamente, experimentan los síntomas de algo que no va bien, de algo que se muere y no saben el qué. ¿Dios ha muerto? ¿El prójimo ha muerto? ¿La fe se muere?
Un amigo decía “este lugar me absorbe el alma” para expresar su agotamiento. Otras gentes dicen que hay que “ponerle más alma o espíritu” o que “nos falta espíritu”. Estas expresiones coinciden en percibir que nos movemos por algo más que nuestra autosuficiencia, nos movemos por una fuerza vital que podemos llamar espíritu y que, en palabras de Gustav Landauer, da a la vida un sentido, un carácter sacro y santo.
Instintivamente, experimentan los síntomas de algo que no va bien, de algo que se muere y no saben el qué
No sabemos si algo se está muriendo, pero sí podemos sentir que el espíritu agoniza en medio de la artificialidad de deseos y objetivos de una sociedad que se construye con sustitutos, una sociedad sin sentido.
En los estudios que analizan la pasividad juvenil ante un evidente universo político con resultados negativos y pesimistas, también podemos reconocer que la vida se ve menos con ojos de enamoramiento y cada vez más con ojos de cálculo y cuantificación. Por eso, no es extraño que la convulsión progresiva de la masa, del consumo, del espectáculo, de lo que se vende como éxito y de la aparición definitiva del dios del dinero evoquen insatisfacción y miedo al fracaso, convirtiendo estas emociones en una constante para los jóvenes, mientras que la ilusión y la alegría empiezan a ser una rara anécdota. Los jóvenes se encuentran en un estado de asmática persecución de lo nuevo por lo nuevo y de un incesante ajetreo por no atender el clamor provocado por el vacío del espíritu. Por eso, tampoco es raro que, en un ejercicio de suma y resta, no encuentren ningún beneficio en movilizarse por cuestiones políticas. A la falta de fe se le suma un espíritu ahogado en la artificialidad y el ruido de la modernidad.
Hoy, la ciencia y la técnica nos permiten palpar y disfrutar de los milagros, antes solo basados en la fe, y el cumplimiento de los deseos personales está al alcance del bolsillo, pero si esto es algo así como “el mundo feliz”, ¿por qué los jóvenes peruanos se han sumido en un estado de desesperanza, por qué el compromiso con el otro parece ser una carga pesada que nadie quiere llevar, por qué parece cernirse sobre el mundo un “aislamiento obligatorio” cotidiano? ¿Por qué si hoy es todo más maravilloso, la gente es más desdichada? Es posible que esto sea porque hay un inevitable advenimiento de “caer en el espíritu de lo falso, de lo inexacto y de lo viciado” (Landauer).
Recordar la frase “el que tiene oídos para oír, oiga” (Mt.13, 9), o el que tenga ojos para ver, vea, nos supone constatar que teniendo ojos y oídos no vemos ni escuchamos. No solo porque en ocasiones estemos negados conscientemente a ello, sino porque estamos totalmente expuestos y estimulados con información y propaganda que vemos y oímos más de lo necesario. Ver y oír son acciones ejercidas hacia uno mismo que esperan como resultado una actitud ante ellas, pero estos son tiempos de responsabilidad diluida y fragmentada y, además, nos puede revelar el sinsentido de las cosas o del falso espíritu que empieza a tomar un lugar en nuestra vida.
Estos tiempos de responsabilidad diluida y fragmentada nos pueden revelar el sinsentido de las cosas o del falso espíritu que empieza a tomar un lugar en nuestras vidas
Sin embargo, la crisis de Perú no es una fatalidad, no lo son mis inquietudes compartidas, tampoco fue una fatalidad cuando Jesús no vino a “traer paz, sino espada” y vino a “poner en conflicto” (Mt. 10,34-36): su manera incómoda de estar en el mundo fue una gracia. En esta circunstancia, Davydou plantea que la pregunta decisiva que debemos hacernos es ¿estamos de acuerdo o no con la marcha de las cosas? Dependiendo de nuestra conformidad, tendremos un tipo de actitud y sensibilidad frente a la vida. Para evaluar esta pregunta es oportuno recordar a Jesús. La Pasión de este joven fue la consecuencia de cómo vivió. Es decir, la crucifixión no fue el evento principal; su vida lo fue porque vivió con honradez y fidelidad, superando la tentación de huir de la verdad o de vivir en la mentira. Vivió con espíritu. También nosotros podemos considerar que nuestra muerte no será el evento principal, nuestra vida lo será. Para ello, el primer paso es hacerse las preguntas incómodas.
Los nuestros son tiempos difíciles, pero realmente siempre lo son. El Perú se sostiene entre la depredación de la política, la pérdida de fe en ella y la agonía del espíritu. Algunos amigos me dirán “siempre hay esperanza” y me citarán ejemplos, pero, “una esperanza que se ve no es realmente una esperanza, ¿para qué esperar lo que ya se ve? (Rom. 8,24).
