Religiones, movimientos políticos ultraconservadores y un ateísmo a ultranza, han deformado este Patrimonio de la Humanidad.

En un universo laico, leer la Biblia puede ayudar a construir certezas para vivir, aportar luz y ánimo, y motivar el encuentro comunitario.

Superada una lectura historicista, los avances científicos ayudan a leer la Palabra con sentido crítico y amor social.

La Palabra nos pone delante de la belleza del misterio, el fondo de lo humano y el extraño camino de Dios por la historia.

Aizpurua habló sobre Espiritualidad Bíblica y una lectura lúcida de los textos. – Foto: Iban Aginaga

Fidel Aizpurua Donazar, natural de Villava, es hermano menor capuchino, licenciado en filología hebrea, y doctorado en teología. Profesor de Nuevo Testamento en la facultad de Teología de Vitoria, realiza también tarea pastoral en Logroño, capital de La Rioja. Obras recientes suyas son «Introducción a la Espiritualidad Bíblica» y «Una lectura social del Nuevo Testamento», publicadas por la Editorial Verbo Divino.

-¿Qué ha significado la Biblia en nuestra tradición cultural y religiosa?

-Nosotros no venimos de una tradición bíblica. En nuestras casas no había Biblia, ni nuestros padres nos la legaron en el momento de su muerte. Sí hubo en las escuelas de nuestros pueblos una asignatura, la historia sagrada, que, como decía  Javier Krahe, era sobre todo una historia “sangrada”. Por eso, tal vez, hemos rechazado la Biblia, por venir en el envoltorio de lo religioso, y por habernos quedado en la sangre, en los relatos rechazables. Tal vez hoy, en un ámbito no religioso, y con otra lucidez podamos acometer un acercamiento distinto al texto bíblico que sigue estando ahí por encima de olvidos, vituperios y extrañas adhesiones.

-¿Ha habido una apropiación religiosa de la Biblia?

Bueno… Si hablamos de forma plástica, quizá un tanto exagerada, podemos decir que la Biblia ha sido objeto de un secuestro. La han secuestrado, sobre todo, los diversos sistemas religiosos. La han confinado al ámbito religioso, litúrgico, orante, y de estudio técnico. Si a san Lucas le hubieran dicho que su obra iba a ser secuestrada se habría quedado horrorizado. Para leer hoy la Biblia con lucidez, habría que des-secuestrarla, llevarla al ámbito de lo laico, de la ciudadanía, de lo social, de lo secular, que es el escenario natural de la mayoría de los textos bíblicos. Estos se escribieron con simples fines de humanización.

-¿La Biblia sigue siendo utilizada y deformada? ¿A quién le interesa hacer eso?

-La Biblia, desde sus orígenes, ha sido manipulada, domesticada, reducida, deformada. Eso no debe extrañarnos. La han deformado las religiones del libro que creen que todo lo que hay en la Biblia es bueno, es legal, es voz de Dios. La deformación religiosa de la Biblia ha engendrado increíbles fanatismos. Quizá la haya deformado también un ateísmo a ultranza que, para combatir la religión, ha denigrado un texto de la espiritualidad universal que contiene indudables valores. Y, por supuesto, la deforman los movimientos políticos ultraconservadores (Bolsonaro, Salvini, Jeanine Añiz, Trump, los cargos públicos que juran ante la Biblia, etc.), siendo así que sus programas chocan con no pocos valores de la Biblia. Por eso, hay que tener cuidado de no deformar la Biblia, de no querer ponerla al servicio de una ideología política o religiosa, y de no querer sacar de ella conclusiones que, en definitiva, renten en poder económico o moral.

-Esa colección de 73 libritos ¿pertenece a algún grupo en concreto?

-La Biblia no es patrimonio exclusivo de nadie, sino parte importante del tesoro de la humanidad. Hay que reivindicarla como patrimonio de toda persona que anhele bajar al fondo de lo humano, sea creyente o no lo sea. Por eso mismo, el derecho a leerla desde el lado de la increencia es legítimo. Es un derecho que se han tomado no pocos escritores. Sus lecturas, por paradójicas y pintorescas que nos resulten, tienen un sitio en el panorama amplio de la lectura bíblica y de la ideología que de ella surge. Efectivamente, estos autores creen que la Biblia es una realidad “contada a todas las gentes” y que les asiste el derecho a leerla desde su punto de vista.

Pero, de vez en cuando, algunos creyentes o autoridades religiosas protestan. ¿Por qué?

-A veces algunos creyentes piensan que el tratamiento que los ateos dan a la Biblia y a su espiritualidad no es correcto, porque parten de prejuicios provenientes de una concepción desvalorizada del mito o de la desconfianza ante los datos históricos bíblicos. También eso es preciso encajarlo con paz y verificar, uno por uno, todos los datos antes de poner encima de la mesa la fe en la comunidad creyente que trasmite el Mensaje. Además, ciertos terrenos que consideramos impropios para situar en ellos a la Biblia, como por ejemplo el ámbito del humor (gráfico, teatral, del cine u otros) contienen con frecuencia una carga profunda de reflexión y hasta de lirismo. A su manera, también son  una manera “espiritual” de leer la Palabra.

-Sucede que los textos literarios, también los bíblicos, pertenecen a diferentes géneros de escritura y se presentan huérfanos, para que cada lector los interprete. Pero la posición oficial de la Iglesia –su jerarquía y documentos- tiende a proponer una interpretación que considera objetiva y obligada.

-La Iglesia oficial no supera el historicismo: considera que si  los textos son históricos son válidos, y no lo son si les aplicamos la criba y el caleidoscopio de los diferentes géneros literarios. Eso todavía sigue vigente en casi todos los niveles de la reflexión eclesial. Pero, además, se apropian de su sentido, no los técnicos sino, sobre todo, el magisterio, creyendo que su interpretación es la objetiva y única, la que debe ser aceptada de manera obligatoria. Efectivamente, hay que decir que los textos sufren de orfandad y que su padre o su madre es el ojo lector que se vuelca sobre ellos. No puede haber un sentido objetivado y, menos aún, apropiado. Hay tantos sentidos como ojos, corazones, que leen el texto. Tal aseveración causa perplejidad y rechazo en los lectores desde el lado de la oficialidad, porque, aseguran, este libre examen lleva no solo a la arbitrariedad, sino a la disolución misma de la revelación bíblica. Pero esto no es así, como lo demuestra el hecho de las traducciones interconfesionales que siempre han llegado a buen puerto: la sensatez unifica el sentido de quien lee con buena voluntad el texto y hace que se genere una comunión lectora que no solamente no distancia a los lectores, aunque partan de puntos diversos, sino que produce unidad. Las divisiones históricas que ha sufrido la iglesia no han venido por la Biblia interpretada pluralmente, sino por otras intenciones espurias. El lector lúcido se atreve a palpar el texto directo. Quien lee desde el afán de hacer el camino hacia el misterio, elabora una mística de amor que envuelve la Biblia leída por muchos corazones y sabe que esa pluralidad le beneficiará a la larga.

-Una lectura historicista, como si todo lo que se cuenta hubiera sucedido siempre tal cual, ¿qué riesgos tiene?

-Esa manera de leerla hace que la Biblia quede a merced de una ideología. En tal caso, la Escritura no es el alma de la espiritualidad,  sino que el triunfo de la ideología esclaviza a la Palabra. De ahí a poner la Biblia al servicio del sistema no hay más que un paso. Sin embargo, se puede tomar otra senda: la Palabra como camino que nos ponga delante de la belleza del misterio, del paradójico fondo de lo humano y del extraño camino de Dios por la historia. Una Biblia que nos abra al misterio: esa es la finalidad principal de la Biblia cuando se la lee en profundidad. Por raro que parezca, en las palabras de la Biblia, torpes y equivocadas a veces, se refleja el misterio.  El resultado de una lectura así es que el doble misterio, el fondo de lo humano y el de Dios, sigue siendo inatrapable pero resulta más cautivador, más estimulante y más capaz de reorientar los fondos de la vida hacia esa verdad que no es ideología, sino sentido de la existencia.

-¿Los textos bíblicos son palabra de Dios o más bien palabra “sobre Dios” y los seres humanos?

-Cuando se lee la Biblia en la celebración litúrgica se concluye con un sello de autenticidad: ¡Palabra de Dios! La asamblea responde, más o menos consciente, ¡Te alabamos, Señor! Un refrendo absoluto. Pero, a nada que se piense, la respuesta correcta sería: ¡Según y cómo! Efectivamente, ya se ha superado el viejo imaginario de que Dios es quien escribe dictando al oído de los escritores bíblicos lo que quiere decir. La Biblia contiene tantos desajustes que atribuirlos a Dios genera más perjuicio que beneficio. Por eso, hasta los más conservadores van aprendiendo, al amparo de teorías bíblicas como la de los géneros literarios o la historia de las formas, que es preciso entender la Biblia como Palabra de Dios en modos más espirituales que materiales. El creyente lúcido sigue valorando la Biblia con una fidelidad que nada tiene que ver con terquedades heredadas. Cree, de verdad, que, más allá de matices y variables, la Biblia sigue siendo una de las fuentes principales que alimenta la experiencia cristiana. Por eso se continúa mirando con ojos cada vez más nuevos, aunque sea con perspectivas menos religiosas, los textos que pueden generar luz en el camino de la historia y de la fe de quien se siente atraído por el misterio.

-Un desafío es traer al hoy, y a un tiempo de grandes cambios y avances científicos, palabras escritas hace miles de años. Si no, ¿cómo pueden resultar significativas y decirle algo a la gente  de ahora?

-El lenguaje se inscribe en la evolución cultural y social. Es lógico que los caminos del lenguaje sean tan azarosos como las mismas convulsas sendas de lo humano. Por eso no nos ha de extrañar que el largo camino bíblico esté cuajado de interrogantes, de asperezas, de oscuridades, de heridas, de errores en definitiva. Estas dificultades se presentan nada más abrir las páginas de la Biblia y hay que lidiar con ellas. Tomarla de manera consagrada (¡Sagrada Biblia!) manteniendo sus limitaciones es generar un perfil de Dios extrañísimo. Por eso, la tarea mínimamente iniciada por la comunidad cristiana de adecuar el texto a la psicología cambiante del hoy debe ser potenciada a base de sentido común y apoyada en los avances científicos de que hoy disfrutamos.

-Fidel Aizpurua ha publicado este año un libro titulado “Una lectura social del Nuevo Testamento”. ¿Qué significa y cómo se hace esa lectura social?

Las maneras habituales de leer la Palabra suelen ser espirituales o morales. De la lectura se deducen unas actitudes espirituales que, con frecuencia, al no tener arraigo antropológico, derivan en espiritualistas, sin conexión con la vida. O bien se hace una lectura moral: se deducen de ella unas actitudes y comportamientos morales que, también a veces, resultan algo extremos, fruto de un moralismo que se aleja de la misma Biblia. Pero hacer una lectura social devuelve brillo a la Biblia e ilumina comportamientos de vida. Esa lectura pretende mezclar la capacidad germinativa de la semilla de la Palabra con la tierra de la historia, de la sociedad. Para hacer este tipo de lectura, quienes apuntan a la fe en las afueras saben usar la “benignidad crítica”. Esta es una manera peculiar de leer el hecho social: se trata de hacerlo con sentido crítico y con amor social a la vez. Sin este amor a la vida la lectura de la Biblia será hierática, fría y dogmatizante. Sin sentido crítico se cae en tales contradicciones y simplismos que la persona de hoy se vuelve de espaldas con un gesto de menosprecio hacia la ingenuidad de quien no aplica al hecho religioso los mismos parámetros de adultez que al resto de la vida.

-¿Sigue siendo la Biblia una fuente de espiritualidad?

-Lo ha sido siempre en la tradición judía y cristiana. La religión oficial ha ido otorgando a la Biblia a lo largo de los siglos unas finalidades añadidas que no estaban al principio. Se ha utilizado en la liturgia, en el estudio académico, en la lectio divina de monasterios o círculos religiosos… Esos son usos legítimos y necesarios, que, por supuesto, hay necesidad de seguir trabajándolos. Pero, quien lee en profundidad comienza a entender que la finalidad primigenia de la Palabra es, simplemente, mejorar la relaciones de los humanos con Dios, con los demás, con los pobres, con la creación incluso. Se puede decir que la Biblia es un libro de relaciones. Es muy posible que esta finalidad primaria parezca corta y escasa, pobre incluso, a la persona espiritual que busca hacia afuera y no hacia adentro. Pero hay que preguntarse si el hermoso sueño de Jesús, el reinado de Dios, más allá de teologías esencialistas, no es sino eso mismo: una realidad histórica donde la fraternidad sea el punto central al que se refieren todas las cosas y personas que existen.

-¿Qué puede aportar en un universo laico?

-En el campo de la ética laica sus aportaciones pueden ser muy beneficiosas. En un tiempo de dudas, puede ayudarnos a construir certezas necesarias para vivir con sentido. Sobre todo la certeza de que hemos sido queridos, deseados y amados, y confianza de que el amor tendrá la última palabra.Los humanos hemos avanzado en cuestiones técnicas en estos últimos años más que en toda la historia, pero en valores humanos vamos más lentos. La Biblia contiene valores de hondura. Hombres y mujeres de hoy observan que su búsqueda en las profundidades de la Biblia merece la pena no tanto porque encuentren en ella solución a sus problemas, sino porque hallan en ella luz, ánimo e inspiración. Aunque los matices sean importantes en la diferencia con el modo de leer que tiene el creyente, de hecho la Palabra es un espacio de confluencia desde el que podrían entablar un diálogo fecundo las plurales experiencias de vida y de fe. En una nueva espiritualidad de confluencia habría que centrarse no en  cuestiones religiosas, sino en los grandes problemas de la vida humana y planetaria.

-Usted aboga también por una espiritualidad bíblica comunitaria

Hay que hacer un acercamiento vivencial a La Palabra, personalizado, de modo que los textos no pierdan su sabor. Y una lectura comunitaria, en que cada quien diga lo que el texto le sugiere, y que hable también el que sea considerado “menor” o “más pequeño” (Mc 9, 35). Y vivir juntos la aventura de crear sentido. Como Jesús, que al leer la Escritura, hacía nuevo el texto y “enseñaba con autoridad” (Mc 1, 27). En comunión con el mundo y la humanidad entera, con una mirada benigna y compasiva sobre la sociedad. Recordando a anteriores generaciones, y proyectada al futuro, porque los mismos problemas se presentan constantemente en la historia, y en variedad de formas y culturas, aparece la unidad y solidaridad del género humano.

-Puede que a alguien que lea esta conversación nuestra el asunto le parezca complicado, inaccesible a personas sencillas. Pero las comunidades pobres de África y América Latina saben leer la Biblia y la interpretan cabalmente para su vida.

-Los pobres son evangelizados y evangelizadores. Hay un texto de la pontificia comisión bíblica, del año 1993, que dice: “Hay que alegrarse de que gente humilde y pobre puede tomar la Biblia en sus manos y aportar a su interpretación una luz más penetrante desde el punto de vista espiritual y existencial que la que viene de una ciencia segura de sí misma”

-¿Por qué hay ahora tanta gente interesada en la espiritualidad? ¿Qué puede aportar eso a la vida personal y social?

-La persona es más que carne que se toca y se ve. Hay algo debajo de su piel. Las sociedades no son solamente su mera organización política o económica. Las ciudades tienen alma. Por eso, cultivar la espiritualidad es una actividad perfectamente legal y necesaria. Una sociedad con espiritualidad, la que sea, sentimos que es una sociedad de más calidad humana. Me parece un acierto del foro GOGOA, mezclar aspectos técnicos y culturales con aspectos espirituales, entendiendo por espiritualidad no algo que se relaciona directamente con la religión, sino algo que tiene que ver con el corazón de las personas.